lunes 05 de diciembre de 2022
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La familia Klimiuk elabora té en el establecimiento propio de Campo Grande

Del acopio en el almacén a la presencia en todo el mundo

Vicente Klimiuk y Elsa Kozachek jamás se imaginarían que más de 50 años después de casarse, sus cuatro hijos llevarían adelante un emprendimiento de alcance global

domingo 25 de septiembre de 2022 | 6:05hs.
Del acopio en el almacén a la presencia en todo el mundo
De izquierda a derecha: Félix, Mirian, Cristian, Elsa, Vicente y Jonathan, siempre trabajando a la par. Foto: Natalia Guerrero
De izquierda a derecha: Félix, Mirian, Cristian, Elsa, Vicente y Jonathan, siempre trabajando a la par. Foto: Natalia Guerrero

El almacén de ramos generales era el punto de encuentro. Allí, don Vicente Klimiuk y doña Elsa Catalina Kozachek esperaban a los cientos de productores que les vendían sus escasos kilos de té. Corrían las décadas de los 80 y 90 y el producto valía, por lo que cada colono –a mano– cosechaba lo que tenía para recuperar lo invertido.

A pie, a caballo e incluso empujando carretillas, llegaban hasta el almacén del Paraje Primero de Mayo (en Campo Grande) a dejar la producción. Allí, la pareja los recibía para pesar las ponchadas, que luego era almacenadas en un galpón, a la espera de que llegaran los camiones de Casa Fuentes a buscar y comprar la materia prima.

Fueron años duros, pero la tenacidad de Vicente (75) y Elsa (71) fueron más fuertes. Junto a sus hijos Mirian (49), Félix (47), Cristian (44) y Jonathan (35) supieron superar las adversidades. Y así, sin saberlo, iban escribiendo historia, creando de a poco una gran industria misionera. Hoy la empresa Klimiuk Infusiones llega con variedades de té elaborado a 12 países del mundo. Y aunque atrás quedaron los tiempos de acopio manual, jamás perdieron el valor del trabajo, el apoyo mutuo y el compromiso con los pequeños productores.

En una visita al establecimiento, en Campo Grande, El Territorio dialogó con toda la familia, quienes relataron el camino que se transitó para llegar a ser hoy una de las empresas más reconocidas de la región.

Inicios de acopio

La historia de Vicente Klimiuk arranca con los recuerdos de una multitudinaria familia. Es que su padre había llegado desde Polonia a Brasil escapando de la guerra, para instalarse luego en Olegario Víctor Andrade. Tuvo 24 hijos, uno de los más chicos era Vicente.

Vicente trabajó junto a su familia hasta los 20 años. Luego de conocer a Elsa, se casaron y se mudaron a Primero de Mayo, en 1970, donde instalaron el almacén de ramos generales. Además se dedicaban al acopio de producción. Aunque pasaron más de 50 años, el almacén sigue en pie, abierto para quienes quieran pasar a comprar sus mercaderías en la zona.

El lugar era el punto de encuentro. Allí confluían los productores, pequeños, que llevaban su cosecha para vender. Era un trabajo muy duro, pues todo era manual, ya que no existía aún la maquinaria con la que se cuenta actualmente para esos trabajos. Se acopiaba para Casa Fuentes, que cada tanto llegaba con los camiones a buscar la producción a lo de Vicente Klimiuk.

“Papá acopiaba todo el chiquitaje. Los productores llegaban con su kilito de té. Después llegaba Casa Fuentes con el camión que cargaba 8 o 9 mil kilos, para buscar la producción. Era un mundo de té en el depósito, con un trabajo de 24 horas, ya que se horquillaba durante la noche”, explicaron Félix y Elsa sobre el trabajo. Al tiempo que Mirian agregó: “La producción valía, era un trabajo muy forzado, no era fácil, y se necesitaba mano de obra, pero dejaba una buena ganancia”.

Crisis y boom de demanda

Vicente, junto a sus hijos más grandes Félix y Cristian, llevaba adelante la chacra y el acopio. Desde temprana edad, los hermanos  iniciaron el trabajo y comenzaron a tomar roles protagónicos, encargándose de la cosecha tanto de té como de otros cultivos. “Salíamos de la escuela y nos íbamos a trabajar, desde los 10 años más o menos”, rememoró Cristian. Mirian era entonces quien se hacía cargo del almacén y colaboraba en el cuidado del menor Jonathan. Todo en casa era colaborativo y se trabajaba a la par.

Ya con la llegada de los 90 y el denominado “uno a uno”, el té comenzó a tener un quiebre. “El té comenzó a perder mercado internacional, y la actividad se complicó terriblemente, las empresas se empezaron a complicar financieramente y muchas de ellas se fundieron para siempre. Los pequeños productores empezaron a abandonar los teales y surgió la posibilidad de empezar a mecanizar porque no cerraban los números si se seguía trabajando como antes. Fue así que obligadamente se fue reconvirtiendo la actividad para bajar costos. Papá tenía sus clientes de acopio que eran pequeños productores y en lugar de que ellos les traigan la producción, con Félix y Cristian empezaron a ofrecer sus servicios de cosecha”, contó Jonathan.

Asimismo, Félix agregó: “Papá compró máquinas de estirar e íbamos a cosechar, trabajábamos por porcentaje. En esa época ya no le convenía al colono cosechar sólo, no tenía los medios y perdía plata, así que prefería que nosotros hagamos el servicio. Además las empresas no buscaban del acopio como antes, así que los acopiadores tenían que llevar hasta la empresa la producción. En ese momento el té no valía nada, pero como ya estábamos en el baile teníamos que bailar”.

“Fue un momento donde los colonos tocaron fondo, porque para tener las herramientas de trabajo tenían que endeudarse. Pero se empezó a dar la posibilidad de alquilar secaderos, porque muchos habían quebrado y ahí fue animarse y empezar con la industrialización”, contó Mirian.

La época fue muy dura y Vicente tuvo que desprenderse de chacras y ganadería para sostenerse en la actividad. La década de los 90 dejó muchas fábricas cerradas, pero la crisis del 2001 terminó por fundir a las pequeñas y medianas empresas. “Se salvaron muy pocas, las empresas tenían plantel de trabajo, capacidad de elaboración pero debían a muchos productores. Y la ventaja que tenían papá, Félix y Cristian es que tenían mucha materia prima”, relató Jonathan.

 Aunque fue una etapa muy brava, la familia decidió sostenerse en la actividad y dar un paso más. Arriesgar a todo o nada. Fue entonces que decidieron entrar en la industria. Primero comenzaron a trabajar conjuntamente con el marido de Mirian, que tenía un secadero. Luego, a fines de 2002, los Klimiuk comenzaron a alquilar otros secaderos que estaban parados. Allí secaban la materia prima que juntaban y vendían a los principales exportadores de ese momento.

“De corajudo nomás empezamos, a pulmón con nuestro té. Había colonos que nos confiaron su producción. Nos dejaron y nos comprometimos que cuando vendíamos les íbamos a pagar y así fue. Jamás debimos a nadie, por ahí quedábamos nosotros sin nada, pero pagábamos todo. Después la producción empezó a valer más y empezó a haber demanda, así que llegamos a alquilar cuatro secaderos que estaban fundidos”, comentó Félix.

Cuando llegó Duhalde e hizo la devaluación, el té en el mundo quedó barato y de nuevo se daba la oportunidad de una recuperación.  De producir 500 mil kilos, en poco tiempo pasaron a producir más de 5 millones de kilos de té seco en rama. 

La disparada de la marca al mundo

Si bien en 2006 hubo una nueva caída en el té, donde los Klimiuk debieron frenar y repensar estrategias, la actividad se siguió consolidando en la familia. En 2009 comenzaron a construir el establecimiento donde hoy está asentada la marca. Sin embargo, el sueño de la familia siempre fue llegar a la exportación aunque el problema era la sostenibilidad económica.

En 2013 llegó la primera oportunidad con una empresa de Chile con un millón y medio de kilos, lo que le dio oxígeno a la empresa. En 2017 se formó el consorcio exportación –con la vista del ex presidente Mauricio Macri a la empresa– y se comenzó un trabajo intenso pensando en la búsqueda de mercados externos. Hoy, la última cosecha del 2021-2022 constará de 4 millones de kilos de té seco exportables, con presencia en 12 países. El compromiso con los grandes mercados es el mismo que siempre tuvieron con los pequeños productores, con  respeto hacia el trabajo.

Elsa recordó la diferencia con los inicios, cuando se acopiaba a pulmón, con “un mundo de gente en el almacén, a mano. Uno piensa y realmente era difícil”. Mientras, Vicente agregó: “En ese momento se acopiaba un millón de kilos de hoja verde”. Según explicaron los hermanos, se necesitan 4 kilos de hoja verde para hacer 1 kilo de té seco, por lo que la magnitud de crecimiento en todo este tiempo es realmente amplio.

“Uno nunca pierde las esperanzas, porque cuando empezamos a trabajar era más complicado. Ahora hay más máquinas y pudieron salir adelante. Yo no tuve escuela, fui hasta segundo grado nomás. Aprendí a hacer mi firma a los 19 años, apenas hablaba castellano porque nuestro idioma en casa era polaco; pero  la verdad es que nunca perdí las esperanzas”, relató Vicente. Y una lagrimita se derramó por la mejilla de Elsa, con el orgullo de ver -después de tanto esfuerzo en familia- a sus cuatro hijos saliendo al mundo. 

 

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