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La panadería más antigua que acompañó el desarrollo posadeño

domingo 07 de noviembre de 2021 | 6:05hs.
La panadería más antigua que acompañó el desarrollo posadeño
El negocio conserva la misma fachada desde sus orígenes, hace ya 96 años. Fotos: Marcelo Rodríguez
El negocio conserva la misma fachada desde sus orígenes, hace ya 96 años. Fotos: Marcelo Rodríguez

Desde hace más de 80 años la familia Kowalczyk mantiene en pie una panadería que se convirtió en un verdadero testigo del desarrollo y crecimiento de Posadas, montado sobre la actual avenida Roque Sáenz Peña casi Córdoba. En todas esas décadas, Posceres soportó varias crisis y también vivió años de demanda constante. Y como resultado, se transformó en una marca popular en la capital y en la región.

La fachada del edificio es la misma de hace 96 años, cuando los hermanos Noli eran dueños de la fábrica de panificados, que se puso en marcha en 1925. En ese entonces, se llamaba Ceres.

“Nosotros estamos desde 1938, trece años después de los hermanos Noli, por ellos es el nombre que está en el edificio”, explicó Estanislao Kowalczyk, hijo de los primeros dos panaderos que tuvo la empresa y actual administrador, en diálogo con El Territorio.

Fue su padre quien compró el predio de 1.200 metros cuadrados en aquellos años, renombrando la marca que hoy es un clásico en la capital. Los antiguos nombres permanecen aún escritos en la fachada del edificio, que conserva las características de arquitectura clásica de principios del siglo XX.

Tras la compra, los Kowalczyk tomaron la posta luego de su arribo desde Polonia. En Posadas aprendieron el oficio de la panadería, que transmitieron de generación en generación. “Los primeros años fueron muy sufridos hasta 1950, porque la fabricación del pan era toda artesanal, muy a mano todo. No había máquinas, todo se hacía a mano y solamente había una amasadora y con trabajo a leña, con repartos que se hacían en carros, que nosotros teníamos ocho para la distribución. Eran hasta quince horas de trabajo por día”, relató.

Entre los 50 y los 70 la tecnología fue ganando terreno, aliviando así los trabajos en la panadería, y ampliando la oferta de panificados en el afán de satisfacer esa demanda que fue en ascenso. Facturas, pan dulce, pizzas y galletas eran parte de los pedidos diarios y que se hicieron costumbre en la creciente capital.

El pan de cada día

La panadería se ubicó en un lugar estratégico, a pocos metros del río Paraná. Allí no sólo salían los carros para abastecer a la ciudad sino también arribaban embarcaciones que buscaban los panificados. Celulosa Argentina era uno de los clientes.

“La ubicación siempre fue estratégica, porque estábamos cerca del río y venían los barcos a buscar mercadería”, indicó Estanislao, quien luego recordó que con el tiempo la actual avenida Sáenz Peña fue poblándose hasta llegar a su actual fisonomía.

“En aquellos primeros años, los clientes eran gente que se dedicaba a la cosecha. Venían a buscar el pan en carros. Al lado había un baldío y poníamos agua para los caballos mientras la gente se quedaba en el local. También contábamos con ocho carros para hacer los envíos”, rememoró.

Gracias a la tecnología, la panadería aumentó la capacidad de producción en el afán de abastecer la demanda que fue creciendo y expandiéndose por la capital y zonas aledañas.

“Contamos con una capacidad productiva de 70.000 roscas al año. Ahora, por las máquinas, podemos producir alrededor de 6.000 pandulces”, añadió Estanislao, quien luego recordó que en los años de oro de la panadería alcanzó a vender más de 30 latas de facturas por jornada.

Tiempos compulsivos

Los primeros años de la panadería, primero como Ceres y luego como Posceres, fueron en medio de un contexto complicado para abastecerse de harina de trigo, que mayormente se exportaba. Para el mercado interno, quedaba poco y nada. “Lo mejor se enviaba para afuera y quedaba poco acá. Se usaba una harina negra”, contó Estanislao. Ese panorama se extendió al menos hasta la década del ’70.

Pasaron los años y Posceres fue testigo de varias crisis en casi un siglo de historia. Pero hay dos que Estanislao recuerda puntualmente: a mediados de los 80 y la del 2001.

“La más brava fue la del 2001, luego de la crisis por la Convertibilidad que afectó a mucha gente de varios rubros y que dejó a muchos negocios en camino. No había ventas, no sobraba la plata y se trataba de subsistir, porque eso repercute en la producción y la demanda. Y la empresa tuvo muchos problemas para afrontar. Fue una crisis que nos hizo tambalear, recortando gastos y empleados”, señaló.

Puntualmente la de los 80 fue otra de las grandes crisis, que no sólo involucró a Posceres sino también a todos los panaderos capitalinos. En ese entonces regía un congelamiento de precios, que por su extensión hacía inviable la actividad.

“Había un contexto de crisis generalizada porque subió la luz, el trigo, la harina, la grasa. Todos los costos subían, pero había que mantener el precio. Pero como regía un programa de precios máximos, no podíamos subir. Me acuerdo que exigimos al secretario de Hacienda de esa época que suba sólo un centavo. Un total de 70 camiones adhirieron al reclamo y no nos fuimos hasta lograr ese aumento que era razonable, para el consumidor y para nosotros la parte empresaria”, rememoró.

La más reciente fue la que suscitó la pandemia. Entre marzo y parte de abril cuando debieron reducir el horario de trabajo y la demanda mermó notablemente. Con la mayor flexibilización se fueron recuperando de a poco.

Hacia el final, el empresario consideró: “Posceres es un mito de Posadas. Es casi una madre por la cantidad de años que está y sigue estando. Está como para 100 años más”. 

 

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