Una historia de resiliencia y madurez

El tiempo tampoco pudo vencer a Rafa Noguera

A sus 46 años, el máximo referente del triatlón misionero corre contra los almanaques y las marcas del pasado
domingo 21 de junio de 2026 | 6:05hs.
Hay pibes de 25 años que salen a la largada con el objetivo de ganarle a Rafa.
Hay pibes de 25 años que salen a la largada con el objetivo de ganarle a Rafa.

Tiene 46 años, una lesión crónica en el tobillo, tres décadas de competencia encima y todavía hay pibes de 25 que salen a la largada con un solo objetivo: ganarle a Rafa. No siempre pueden. Jorge Rafael Noguera es triatleta y nadador de aguas abiertas, militar en actividad, esposo y padre de dos hijos. Surgió de la escuelita Tierra Colorada, de Posadas, empezó sin bicicleta propia y hoy compite en natación y triatlón con el mismo chip de siempre: querer ganar.

Ganó una gran travesía en el Paraná, impuso su nombre en cada triatlón que corrió, vio pasar generaciones enteras de atletas y sigue ahí, en la largada, con la misma cara de quien sabe exactamente lo que va a hacer. Lo que cambió no es la ambición. Cambió todo lo demás. En aguas abiertas, el año pasado ganó la travesía de 10 kilómetros en el Paraná -una prueba que volvía a disputarse tras un largo paréntesis- y este año repitió el podio con el segundo puesto.

En triatlón la racha es aún más contundente: viene ganando en todas las competencias que disputa. La última, en el circuito de TriMisiones en el balneario El Brete, la cerró con el mejor tiempo general del día -1h07m35s- entre más de 60 atletas de Argentina, Paraguay y Colombia. Hoy es uno de los referentes del deporte misionero y uno de los pocos atletas de la región que sigue compitiendo en alto rendimiento pasados los 45.

Lo primero que cambió con los años fue la cabeza. “Cuando era joven creía que cuanto más intenso más iba a mejorar”, expresó. “Hacía las pasadas más rápidas pensando que iba a ser mejor. A veces me funcionaba porque era joven; ahora si hago eso me rompo todo”.

Hoy su entrenamiento se sostiene sobre un principio simple: continuidad por encima de intensidad. Si le duele el gemelo, pedalea y nada. Si le duele el hombro, para unos días. “Apuesto todo el tiempo al volumen y a no cortar el proceso”, señaló. “La intensidad para mí ahora es la nada misma, porque las pruebas que elijo son más largas y me permiten desarrollar otras cuestiones: alimentación, noción del ritmo y frialdad”.

Convive además con una lesión osteocondral en un tobillo -una injuria en el astrágalo donde le extrajeron el cartílago- que le genera artrosis y se inflama con la humedad. “La sigo teniendo”, admitió. “La manejo según cómo me siento”. En su último triatlón había entrenado sólo dos meses por esa lesión, y aun así ganó.

Cambio de estrategia

La experiencia también rediseñó su estrategia. Durante años quiso estar en punta desde el minuto cero y terminaba pagando el costo con la frecuencia cardíaca disparada. “Hoy si alguien sale fuerte, que haga su carrera, yo hago la mía”, dijo. “Si en el desarrollo veo que tengo posibilidades de ganar, me entrego al final, pero nunca al principio. Al principio la carrera siempre es mía”.

Tardó años en entender algo clave: “Los segundos que uno pierde en un inicio de carrera los ganás con creces al final”. Antes siempre quiso estar primero desde el arranque. “Después me ahogaba”, reconoció. “A partir de cierta edad dije: tengo que salir a este ritmo y después voy a aumentar. Ya empezás a tener menos preocupación por el otro”.

El día de la charla había salido a hacer 60 kilómetros en bici, no se sentía bien y volvió a la mitad. “El descanso para mí es todo”, afirmó. “Antes era rígido, hoy si no es mi día, suspendo y no me culpo. Si forzás sensaciones, la psiquis empieza a negarse”.

Tiene una mirada crítica sobre la cultura del sacrificio sin límites. “Esa motivación de los videos que dicen que hay que sacar el león en los peores momentos funciona una o dos veces; en alto rendimiento te lesionás o la cabeza se bloquea”, señaló. Lleva 30 años de práctica y tiene claro dónde pone la última gota: “En las competencias, no en los entrenamientos. En la competencia te vaciás. Lo más lindo es el proceso, no el resultado, porque el resultado es un ratito”.

Desde 1996 vio pasar generaciones de atletas. Muchos dejaron el deporte hace tiempo. Él sigue. “Lo que me sorprende es que todavía tengo el chip de querer ganar, al menos a nivel provincial y regional”, reconoció. “No sé si es ego, pero el deportista siempre quiere demostrar algo. No quiero dar lástima”.

Sabe que hay chicos de 20 y 25 años que salen a competir con el objetivo explícito de superarlo. “Me entero por lo bajo que dicen: ‘Le quiero ganar a Rafa’”, contó. “Eso me motiva. Trato de estirar ese tiempo lo más posible antes de que me pasen el trapo”.

“Antes te decían: ‘dejá de joder’”

Hoy se ve cada vez más gente de 40 y 50 años compitiendo en alto rendimiento. Para Noguera hay una razón clara: la información. “Cuando un atleta empieza a tener ciertos dolores, enseguida empieza a buscar y encuentra una solución más inmediata”, explicó. Antes no era así. “Ibas al médico y te decía: ya estás grande, cuidate, porque si no en 10 años no vas a caminar. Mi tío me lo decía cuando yo tenía 20 años”, recordó.

“El primer dolor de rodilla o de tobillo y el consejo era: dejá de joder porque te vas a quedar sin caminar”.

Hoy el atleta entiende que el gimnasio y el trabajo de fuerza son preventivos, que hay grupos musculares invisibles que sostienen todo lo demás. “El atleta tiene más información, más recursos, más tratamiento, y se anima y apuesta”, señaló. Eso cambió todo.

“Corrí triatlones a los 17 años sin bicicleta propia y siempre ganaba en mi categoría”, recordó.

“Si hubiera tenido las herramientas en esa época, no sé a dónde hubiera llegado”. Hay una historia que lo ancla desde adentro y que explica parte de esa motivación: se crió a base de reviro, polenta y mate cocido. Dos años en un orfanato, comiendo arroz pálido y calabaza. “Nunca comí bien proteínas de chico”, dijo. Lo siente en los huesos. Y aun así, compite... y gana.

Hoy tiene equipamiento de calidad, pero el tiempo escasea. “Ahora tengo el dinero para las carreras, pero el laburo y los hijos hacen que el descanso no sea el preferido. Hay que convivir con ese engranaje sin volverse loco”.

El próximo gran objetivo está en Brasil, en junio de 2027: su primer Iron Man. La inscripción salió 1.500 dólares y el cupo de 2.500 lugares se agotó en 20 minutos. “Quiero experimentar la distancia y tener la anécdota”, dijo. En el camino también anotó el 70.3 de Paraguay para octubre.

En 2018, en una nota, Noguera dijo que quería seguir compitiendo para que sus hijos lo vieran, y no sólo mostrarles recortes de diario contándoles que su papá era atleta. Delfi todavía no había nacido. En el último triatlón que ganó, en mayo, su hija lo acompañó en su bicicletita los cinco kilómetros finales de carrera. “Iba al rojo vivo la polaca acompañándome”, contó. Y Santi corría al lado. Lo que prometió lo está cumpliendo.

El plan es rendir hasta los 50. Cuando la mayoría piensa en el retiro como sinónimo de descanso, Noguera lo imagina distinto: entrenar de mañana, comer bien, dormir la siesta y competir fuerte. Vivir, por fin, como un triatleta profesional. Después viene otro sueño: una chacra, una cabaña, el monte. El mismo monte donde lo crió su abuela.

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