lunes 17 de mayo de 2021
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La historia de Lucas Ramírez, de 33 años

Superó al cáncer de testículo y se convirtió en padre de tres hijos

A los 21 años le diagnosticaron la enfermedad, en pleno auge de su carrera futbolística, pero se paró de pecho y le hizo frente. Hoy valora el amor de su familia

domingo 04 de abril de 2021 | 6:05hs.
Superó al cáncer de testículo y se convirtió en padre de tres hijos
Lucas tiene 33 años y recuerda la experiencia transformadora que vivió hace más de una década. Foto: Natalia Guerrero
Lucas tiene 33 años y recuerda la experiencia transformadora que vivió hace más de una década. Foto: Natalia Guerrero

Los designios del destino a veces son un misterio. Algunos sostienen que está escrito; otros, que lo escribimos a cada paso que damos. Al parecer existe una hora exacta para cada uno, que nos alcanza solamente cuando tiene que hacerlo.

La historia de Lucas Ramírez (33) es una de esas difíciles de creer, pero es real y él mismo la puede contar. Además, tiene tres pruebas irrefutables para confirmar su veracidad: sus tres hijos, que parecieran haber salido de una fotocopiadora humana.

“Juventud, divino tesoro”, decía el poeta Rubén Darío sin saber que su frase quedaría plasmada en la memoria de todos al recordar las sensaciones que regala la juventud, tiempo en que no existe el miedo y la libertad es una bandera que se sostiene sola.

Cuando todo comenzó, Lucas tenía 21 años. Era jugador de fútbol en el club Guaraní Antonio Franco y toda su energía estaba puesta ahí. Jamás imaginó que en ese momento le tocaría ganarle un partido al rival más difícil: el cáncer.

“Un viernes teníamos que viajar a Tucumán a jugar un torneo. Ese jueves previo teníamos entrenamiento y como había llovido mucho, el pasto estaba resbaloso. En una jugada la quise parar de pecho cuando me hicieron un pase y la pelota picó, me pegó en un testículo y quedé tirado. En ese momento no me alarmé, fue como cualquier dolor de un hombre al que le pegan ahí abajo. Seguí jugando normalmente”, comenzó relatando en diálogo con El Territorio, en el living de su casa.

Fue -quizás- aquel golpe inocente en medio de un entrenamiento lo que lo salvó de la muerte.

En aquel momento el médico del club era Walter Villalba, ex ministro de Salud de la provincia. Después de la práctica, acudió al vestuario para ver cómo se encontraban los jugadores y se encontró con algo que no hubiese imaginado. “Cuando me estaba por entrar a bañar vi que tenía un testículo más grande que el otro, que hasta ese momento no me había dado cuenta. Ahí sí me asusté y le mostré a Walter. Me dijo ‘mañana a primera hora vení a mi consultorio, vamos a hacerte una ecografía’, así que a la mañana estuve allá”, recordó Lucas.

La batalla
Desde el momento en que acudió al consultorio de Villalba, todo pasó muy rápido. “Le dijo a mi viejo que era imposible que viaje, que tenía un quiste. Yo tenía 21 años, en ese momento no pensé en nada peligroso, no le di mucha relevancia, yo estaba más preocupado porque no iba a poder viajar a jugar”, confesó Lucas.

Lucas jamás pensó en la muerte, aunque el cáncer siempre esté asociado a ella. Al contrario: a cada paso pisaba más firme. Incansablemente, asegura que su fortaleza se la dio la juventud, divino tesoro. “Y de nuestra carne ligera imaginar siempre un edén, sin pensar que la primavera y la carne acaban también”, reza en otro de sus párrafos el poeta Rubén Darío.

Una semana después, a Lucas lo habían operado y le habían sacado un testículo. “La operación fue rápida, pero después de eso salió que era maligno el tumor. Yo no entendía dónde estaba parado, pensaba ‘tengo 21 años y no me puede estar pasando esto, esto le pasa a la gente grande’. Pero gracias a mi familia y amigos siempre estuve contenido y salí adelante, nunca decaí”, recordó.

Lo que siguió después fue la quimioterapia, el tratamiento por el que atraviesan miles de enfermos de cáncer mediante el cual se introducen fármacos que buscan eliminar las células cancerígenas. Aunque ya le habían extirpado el testículo, la quimioterapia era necesaria para terminar de eliminar los restos que se habían esparcido.

“En aquel momento me encontré con un chico que jugaba en Villa Cabello en el club La Picada y a él le había pasado lo mismo. La diferencia es que él venía de una familia muy humilde y como no tenía los recursos, cuando se hizo la quimio conmigo ya era tarde. Falleció una semana después de que terminamos el tratamiento. Ahí empecé a maquinar”, contó Lucas.

La experiencia de su compañero, por primera vez, le infundió cierto temor. Pero no fue suficiente para dejarse caer.

“De lunes a viernes me atendía con el doctor Marcos Ortiz en el IOT, iba a las 7 y salía a las 13. Eran cinco sueros por día. Era toda una semana de suero y a la siguiente una inyección por día. Así durante dos o tres meses”, detalló.

Después de eso llegaba a su casa, comía y se acostaba a dormir toda la tarde. Luego se levantaba a cenar y se volvía a dormir hasta el día siguiente para encarar una nueva sesión de tratamiento.

La paternidad
“Antes de arrancar la quimio consultamos con tres oncólogos, algunos me dijeron que tenía que congelar espermatozoides porque iba a ser muy difícil que pudiera ser papá. Fueron varias experiencias fatales hasta que llegó Ortiz. Él me sacó el miedo, me dijo que iba a poder seguir mi vida normal sin problemas”, especificó Lucas.

Y agregó: “Me dijo que en dos años más o menos ya iba a poder tener hijos, pero seis meses después de la quimio mi ex esposa quedó embarazada de mi hijo más grande, Enzo, que está a punto de cumplir diez años”.

Además de no poder creer lo que le había sucedido, para toda la familia fue una noticia con mucho significado. “Hacía seis meses había fallecido un primo que era como un hermano así que para toda la familia fue un regalo del Señor”, aseguró. Después llegaron Mateo (7) y Emma (4).

Desde aquel día en el vestuario del club, donde descubrió algo “raro”, hasta que todo terminó, pasaron solamente ocho meses. Después siguieron durante años los controles. “Ahora tomando distancia y viendo la situación de lejos creo que si no fuera por mi familia y mis amigos no hubiese sido lo mismo. Creo que por ahí si te pasa esto de más grande te rendís más fácil, yo sentía que tenía todo por delante”, reflexionó.

“Mi angustia más grande era que no podía jugar al fútbol. Después seguí jugando pero de otra manera, la quimio te destruye, después ya no tenés la misma fuerza. En un momento enseñaba a los chicos de Atlético Posadas, el fútbol no se fue de mi vida nunca. Ahora juego con amigos”, dijo.

Loana Irala, su actual esposa y madre de su tercera y última hija, acotó mientras presenciaba la entrevista: “Cuando lo conocí le pregunté si tenía miedo a morirse, y él me respondió que no pensaba en la muerte porque era muy joven”.

Loana y Lucas se conocieron a través de la mamá de ella. “Él trabaja en la oficina de mi mamá, así que ella me contó su historia, estaba muy conmovida, me dijo que era un luchador del cáncer y que ya tenía un hijo”, rememoró.

Hoy son padres de Emma, quien según contó Loana, llegó antes de lo previsto y los obligó a adelantar su casamiento. “Creo que ambos somos muy fértiles”, comentó ella entre risas.

A sus 33 años, Lucas es padre de tres hijos y lleva una vida totalmente normal. Trabaja en la Contaduría General de Misiones y en sus tiempos libres juega al fútbol. “Agradezco a mi familia y a mis amigos. Yo llegaba a casa destruido y ellos estaban todos ahí sentados esperándome. Me agarraron a tiempo, siempre le agradecí mucho a Walter Villalba, si no fuera por él no le iba a dar bolilla a la cosa porque yo no sentía dolor. Al hombre además le cuesta ir al médico”, cerró Lucas.

Desde aquel momento, su madre hizo una promesa y viaja todos los años a ver a la Virgen del Cerro Salta -además de coordinar estos viajes para la iglesia San Miguel- y en algunas ocasiones él la acompaña.

 

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