Prevenir es escuchar
Terminó el Mes Provincial de Prevención del Suicidio y como Colegio de Psicopedagogos/as queremos detenernos a reflexionar acerca de esta temática, focalizando en el grupo de los adolescentes. Hemos inundado nuestras redes sociales y asistido a varios eventos teñidos de amarillo y naranja en nuestra provincia, pero… ¿cómo seguimos?
La prevención del suicidio adolescente no puede reducirse a una intervención en el momento de una crisis; requiere crear y sostener espacios de escucha y acompañamientos capaces de generar conversaciones en las que los adolescentes puedan sentirse cómodos y en confianza para plantear los temas que les preocupan o entristecen.
Según un informe de la Organización Mundial de la Salud citado por la Comisión de Abordaje Integral del Suicidio (CAIS), que funciona en Misiones, el suicidio es una de las principales causas de muerte entre los adolescentes, a nivel mundial. Aunque el dato refleja una realidad que pertenece a un vasto territorio, no deja de ser preocupante. Detrás de cada número hay una vida; y una vida siempre es valiosa.
La prevención del suicidio puede desarrollarse en diversos espacios en los cuales la comunidad adulta debe asumir la responsabilidad de prestar atención a las necesidades de los miembros más jóvenes de la sociedad, no solo porque las leyes[i] y la moral lo establezcan, sino porque estamos hablando de vidas jóvenes que esperan de nosotros la guía, la orientación y el mismo compromiso que las generaciones que nos precedieron nos brindaron.
¿Seremos capaces de asumir este compromiso?
Ver el árbol y no mirar al bosque
Ver y mirar no son lo mismo, son verbos que designan acciones diferentes.
Ver implica, más que nada, un acto físico o fisiológico ligado al sentido de la visión, mientras que mirar implica ver para comprender: se trata de mirar con atención.
Aquí la diferencia es central, porque podemos quedarnos únicamente con el hecho ocurrido o podemos elegir mirar a la persona que manifiesta la conducta suicida en su contexto e intentar comprender lo que siente, le preocupa o duele.
Muchas veces, intervenir de manera adecuada implica aprender a escuchar más y hablar menos, para dar lugar a que el otro pueda expresarse. Por eso, necesitamos aprender a mirar el bosque y no solo mirar al árbol.
En ocasiones, intentamos acompañar a las personas que sufren con frases positivas o dando consejos que finalmente, minimizan los sentimientos y que obturan el espacio y el derecho a sentir dolor. Nada peor que una mirada que no logra reconocer el dolor por el que atraviesa otra persona.
Frases como: “no llores”, “ya va a pasar”, “no es tan grave “claramente intentan calmar a las personas, pero aun así terminan dejando poco espacio para la empatía y la escucha.
Es importante reconocer que el mundo emocional de los adolescentes se transita con mucha intensidad. Así, una ruptura amorosa, el rendimiento académico que no se condice con las exigencias familiares o una baja autoestima combinada con un comportamiento de los adultos de referencia que registran poco esas condiciones de la vida emocional, puede construir un escenario donde el malestar aumenta junto a la aparición de sentimientos negativos que encierran a los adolescentes en ideas tales como: vivir ya no vale la pena, ya no doy mas, deseo de desaparecer…y no siempre por el deseo de no vivir sino por las ansias de dejar de sufrir.
Los mitos
Los mitos son relatos que suelen funcionar como explicación al origen de algo. En el ámbito de la prevención del suicidio, el término se utiliza para designar a falsas creencias o ideas erróneas que circulan en la comunidad y que obstaculizan la acción preventiva, pues bloquean la comunicación, fomentan el silencio y aíslan a quien sufre.
Por ello, es importante que toda la sociedad reconozca a los mitos más comunes para poder desbloquear las barreras que impiden la comunicación abierta y empática con los adolescentes.
Algunos de los mitos más comunes son: “el que dice, no hace”. Esta idea contribuye a dejar pasar una oportunidad para hablar abiertamente del problema y evita lo que las campañas de prevención recomiendan: “hablar, salva”.
Y ahí mismo aparece otro mito: “Si se habla del suicidio, se incita a hacerlo”. Esta creencia obstruye directamente la posibilidad de utilizar la palabra como puente hacia la comprensión y abordaje de un problema, contribuyendo al silencio y al aislamiento de las personas.
Otro mito muy común es el que asocia la conducta suicida con la necesidad de llamar la atención o la manipulación. Esto resulta especialmente doloroso, pues no siempre es sencillo expresar lo que sentimos.
En cualquier caso, estas ideas erróneas dificultan que veamos al bosque e identifiquemos al árbol que necesita ayuda, porque actúan como barreras que obstaculizan la adecuada valoración del riesgo y una intervención oportuna.
Durante mucho tiempo, la prevención del suicidio se organizó en función de los casos ocurridos y, en muchos casos, se reducía a una conversación que no permitía transitar el duelo de manera adecuada. Hoy, si bien hemos avanzado en el abandono de esta posición, aún hay mucho por construir y hacer para darle el verdadero valor a la prevención centrada en el fortalecimiento de los factores de protección y el abordaje de los factores de riesgo.
En este sentido, la posvención es muy importante, pues es necesario ayudar a gestionar el dolor que provoca la ausencia de alguien y más aún, cuando esa ausencia se ha producido a causa de un suicidio.
Frecuentemente, aparece la culpa; la cual debe ser abordada a través de la palabra y ayudando a gestionar las emociones. De este modo, surge la oportunidad de que cada persona pueda transitar el duelo de la manera personal, procurando siempre que nadie quede solo frente a sentimientos de profundo dolor.
La aceptación como parte del proceso de duelo llega en distintos momentos para cada persona; como adultos comprometidos con las generaciones mas jóvenes, cada uno de nosotros, desde nuestros diferentes roles, debemos sostener a quienes más lo necesitan.
Ser adolescente hoy, un rol compleja
Atravesar la etapa de la adolescencia puede ser un proceso complejo que alberga tensiones. Los cambios de orden biológico abren las puertas a los cambios psicológicos que conducen paulatinamente a la construcción y asunción de un rol adulto.
La incertidumbre y la duda atraviesan esta etapa; el permanente desajuste es parte del proceso y, por eso, la palabra y la comunicación fluida con el entorno permite reducir los riesgos relacionados con la conducta suicida.
A medida que el púber construye la identidad de jóvenes-adultos, sus padres y adultos con quienes se vincula , comienzan a exigir grados cada vez mayores de autonomía, lo que genera “asperezas” y momentos en que los adolescentes y padres parecen estar enfrentados.
Esta situación, que es esperable desde el punto de vista evolutivo, puede dificultar la utilización del diálogo como puente para relacionarse. Por eso, los adultos debemos estar informados y formados en estas temáticas para poder atravesar con éxito los momentos de tensión y generar espacios en los que la palabra pueda circular, a pesar de los “desacuerdos”.
Por otra parte, durante la adolescencia el grupo de pares funciona como referencia para las personas…pero ¿qué pasa cuando los grupos no actúan como moderadores saludables para la gestión de los conflictos propios de esta etapa?
Muchos adolescentes pueden sentirse presionados por sus grupos, lo que aumenta su malestar. Si esto se combina con dificultades en la comunicación con los adultos de referencia, de a poco podemos observar la construcción de un escenario en el que se hace difícil sostener un comportamiento saludable.
De ahí, la importancia de estar atentos a las señales de malestar que se sostienen en el tiempo y procurar siempre fortalecer los vínculos. El grupo puede actuar como factor protector o constituir un factor de riesgo.
Aquí se evidencia la importancia de que los adultos generemos espacios de diálogo y estemos dispuestos a ofrecer la palabra para contar, la escucha activa para comprender y la tolerancia para sostener aquello que el adolescente siente que necesita llorar. Sostener y acompañar el dolor de otras personas evita que se sientan desvalidas, permitiendo intervenir oportunamente ante situaciones de mayor riesgo.
Desde la mirada psicopedagógica, podemos contribuir a que esa presión no se convierta en una situación de mayor riesgo, habilitando el acompañamiento y la escucha en los momentos de soledad, promoviendo el cultivo de hábitos saludables y favoreciendo el establecimiento de vínculos positivos.
El adolescente necesita pertenecer y, como especialistas en el aprendizaje, podemos colaborar para que ese logro se desarrolle de manera segura y saludable.
La conducta suicida nunca es unívoca, sino que responde a un contexto complejo. Esto explica la razón por la cual, para los adultos, es muy fácil caer en el error de ver al árbol y no mirar el bosque.
Debemos cambiar esa mirada. Y el aprendizaje es una herramienta fundamental para ello.
El papel de la escuela y la comunidad
Prevenir significa actuar antes de que ocurra algo; implica anticiparnos y desarrollar estrategias destinadas a reducir los riesgos y fortalecer los factores de protección. En materia de prevención del suicidio podemos desplegar diversas estrategias conjuntas y articuladas que permitan hacer realidad esa aspiración.
Por todo lo expuesto, consideramos que la prevención es una tarea de todos.
En este sentido, resulta fundamental pensar también en la capacitación de todos los actores que forman parte de la comunidad educativa. Docentes, preceptores y personal de maestranza mantienen un contacto cotidiano con los adolescentes y, en muchas ocasiones, pueden ser quienes primero adviertan cambios en sus comportamientos, estados de ánimo o formas de vincularse.
Pero, además de observar, es importante que cuenten con herramientas que les permitan saber cómo acercarse, escuchar y actuar responsablemente frente a una posible situación de malestar.
La capacitación no debería limitarse únicamente al reconocimiento de señales, sino incluir herramientas para habilitar conversaciones, evitar respuestas que minimicen o invaliden el sufrimiento y conocer los circuitos institucionales de orientación y derivación. Esto adquiere especial relevancia en el caso de los preceptores y personal de maestranza, quienes, por la cotidianeidad de sus vínculos con los estudiantes, pueden convertirse en adultos significativos y referentes de confianza. No se trata de convertirlos en profesionales de la salud mental, sino de brindarles conocimientos y recursos que les permita constituirse en una primera red de sostén y saber cuándo y a quien recurrir ante una situación que requiera intervención especializada. Contar con un protocolo de intervención es una gran ayuda.
Fortalecer estas capacidades dentro de la institución educativa implica ampliar la red de cuidado. Cada adulto que forma parte de la escuela puede contribuir, desde su función específica, a construir un espacio donde los adolescentes sepan que pueden ser escuchados y acompañados. De este modo, la prevención deja de ser responsabilidad exclusiva de un determinado profesional o equipo y se transforma en una construcción colectiva, que se sostiene en vínculos cotidianos y por una comunidad educativa preparada para actuar de manera articulada.
Los psicopedagogos/as podemos ayudar a generar situaciones que fortalezcan los factores protectores, especialmente cuando:
-mantenemos una actitud de atención y escucha permanente hacia las personas, sobre todo en aquellos casos en los que hay antecedentes de desregulación emocional, desafíos en la resolución de conflictos interpersonales, baja autoestima, desesperanza.
-miramos (y no solamente vemos) a aquellos adolescentes que provienen de contextos familiares invalidantes o que evidencian dificultades en su papel de cuidado afectivo o material.
-promovemos hábitos saludables en contextos escolares que evidencian situaciones de acoso, ciberbullying, violencia.
La prevención surte efecto siempre que haya una comunidad dispuesta a escuchar y a cuidar…porque, tal como aprendimos durante todo el mes de septiembre: “el silencio no protege, los vínculos sanos, si”. Y por eso sostenemos que “del suicidio, sí hay que hablar”.
-Lic. Mercedes Ríos Matric. N° 190-Ex Presidente Colegio de Psicopedagogos
-Lic. Agustín E. Quiñonez Matric. N° 924
Comisión de Psicopedagogía Socio Comunitaria y Forense del Colegio de Psicopedagogos de Misiones.
[i] Nos referimos a la Ley Nacional Nº 27.130 y a la Ley XVII Nº214 Digesto Jurídico de Misiones
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3765481000
Servicios de emergencia:
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