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La mentira de los buenos (2)

domingo 16 de julio de 2023 | 4:00hs.
La mentira de los buenos (2)
La mentira de los buenos (2)

Con este mismo título me refería el domingo pasado a un fenómeno mencionado por Jaime Nubiola, el semiólogo que cita a Julián Marías y su promesa –también pacto de hermanos– de no mentir nuca. Lo que le sorprende a Nubiola no es la mentira de los políticos (esa no sorprende a nadie) sino la de los buenos, las de personas de su confianza o de su ámbito más próximo: no me acostumbraré nunca a esto, que personas a las que quiero, por ahorrarse un mal rato o por lo que sea, me digan algo realmente falso. Me consuelo pensando que no pocas veces hasta se creen sus propias mentiras.

Pienso que nadie cuerdo se cree sus propias mentiras. Las decimos conscientes de que mentimos, y nos ponemos colorados o hacemos gestos que conocen bien los intérpretes no lingüísticos. Digo nadie cuerdo porque los psicópatas son capaces de mentir sin que se les note y hay que instalarles un detector de mentiras o hipnotizarlos para averiguar si están mintiendo. La política está plagada de psicópatas a los que nadie hace jamás una de estas pruebas, y a los periodistas nos queda solo la opción de chequear lo que dicen y alertar a las audiencias, pero solemos llegar tarde porque todo el mundo oye a los políticos y casi nadie busca si es verdad lo que dijeron.

Pero volvamos a Nubiola y a la paradoja de la gente buena que miente. Decía al final de la columna del domingo pasado que es incompatible ser bueno con mentir, porque mentir está mal, así que el que miente no es bueno y el que es bueno no miente. Pero me he encontrado muchísimas veces con gente que se cree buena que miente, y con algunos amigos he llegado a la conclusión de que hay toda una generación de esta gente, que coincide aproximadamente con los que son algo mayores que los boomers. Y se nota especialmente en contraste con las nuevas generaciones, a las que les repugna la mentira.

El razonamiento que hacen los de esta generación –lo he oido de sus propios labios– es que para conseguir un bien se puede mentir. Ya se ve que es una mentira selectiva, como la de un jefe que tuve, que inventaba personajes a los que entrevistaba para que dijeran lo que él quería decir. En algunos casos lo hacía con nombre y apellido y recuerdo que uno de esos personajes era alguien real, de carne y hueso, que le había dado permiso para usar su nombre en declaraciones que nunca había hecho. Pero lo más común es decir las mentiras sin nombres: en una reunión muy importante se dijo que... un funcionario del Ministerio aseguró que... un asesor muy cercano al presidente cree que... mentiras atómicas. No crea jamás en estas especies inventadas por periodistas lentos: son todas mentiras.

Ahora imagínese lo mismo pero dicho por un cura, o un pastor, y con la intención de despertar buenas acciones en sus feligreses. ¿Se puede? Claro que no. Nunca se puede buscar un bien con un medio malo. O lo que es lo mismo: el fin no justifica los medios, que es el principio contrario al célebre apotegma de Nicolás Maquiavelo, que se puede enunciar más fácil así: un fin bueno conseguido con medios malos se vuelve malo. Ya que mencioné al cura y al pastor, debo decir que el protestantismo calvinista es mucho más intolerante con la mentira que el catolicismo de la misericordia y el perdón.

¿Y cuál sería la razón para admitir el mal como medio? Hay que bucear en la historia, pero no está tan profundo como para no llegar a ella. Creo que fue una confusión cultural de la generación de la mentira, que entendió que para defender la salud, por ejemplo, se puede mentir. El padre que le pide a su hija que le diga a su vecino que no está, le está enseñando a mentir. La madre que felicita la suerte de su hijo a quien por un error le cobraron de menos en el supermercado, le está enseñando a mentir y a robar. He visto miles de veces estas y otras mentiras en la vida familiar, entre amigos y en la profesión. Mentiras que se celebran como si fueran un premio a la sagacidad del que las dice, que es un mentiroso como cualquier otro.

Tan acostumbrado está el mundo a la mentira que acertamos más cuando sospechamos que nos mienten que cuando creemos en lo que nos dicen. Nuestra sociedad está planificada para la mentira, por eso hay miles de requisitos –y de gastos– para asegurar la verdad en cada trámite, pero así y todo, mentimos.

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