Democracia y Mercosur

miércoles 15 de mayo de 2024 | 6:00hs.

Muchos creyeron que los aires de la democracia, cuyas brisas comenzaron a sentirse desde 1983, traerían por inercia las soluciones a todos los males argentinos. Quienes lo pensaron, se equivocaron de cabo a rabo. La democracia edifica ilusiones, pero no las concreta. Son los hombres los encargados de construirla. Es, en sí, el sistema prevaleciente hasta hoy día en brindar la posibilidad, entre los demás regímenes conocidos, de convivir socialmente y debatir en libertad la mejor manera de ofrecer propuestas, enmendar errores y lograr soluciones. Es un medio de pelea constante sin facilidades graciables ni resultados seguros y exige el esfuerzo mancomunado de todos. Por eso, es necesario el continuo entrenamiento de la inteligencia puesto al servicio del bien común y en la búsqueda de las oportunidades que el sistema permanentemente recrea. Así podremos, con razonamiento y en asociaciones de ideas, incluyendo los disensos, tomar la decisión correcta en cualquier estamento donde cada uno se desenvuelve por humilde que fuere. De lo contrario, entraremos en terrenos pantanosos o en laberintos inexplicables que nos llevarán a discusiones sin sentido y enfrentamientos estériles.

¿Qué nos deparó esta democracia que supimos conseguir? Entre otras, la hasta ahora irreversible globalización de la economía mundial con todas las consecuencias que ello implica, en especial, el crecimiento acelerado del comercio internacional. Significa que debemos luchar, quiérase o no, dentro de este nuevo estatus de relaciones. El modo de hacerlo depende de nuestra exclusiva voluntad y no de otros. Ya sea en forma individual, en bloque regional o en acuerdos bilaterales y hasta con los socios que optemos. Y si de competencia comercial se trata, podemos imponer la velocidad de una liebre o el ritmo de la tortuga y, entre ambos, el punto de aceleración siempre responderá a nuestro libre impulso. En tal sentido, por lo visto hasta hoy día, se impuso el ritmo de los quelonios, el cual dejó al país desbastado en todos los órdenes, tanto en la económico, en la salud, en la educación, reflejados en la tremenda pobreza que azota como un castigo a la clase de los pobres, las más desprotegida del país pues, en el presente, son más del 50% de argentinos. 

La democracia nos indujo a la brillante idea de engendrar el Mercosur como el modelo de asociación que abra el camino en busca de la ansiada unidad Sudamericana primero y Latinoamericana después, tal “como soñaron nuestros próceres mayores”. Muletilla integradora hecha trizas cuando los hijos de los hacedores de la patria desenvainamos el chauvinismo que tenemos dentro y arremetemos a cometer actos contradictorios e inequívocos desencuentros.

Pues bien, ahí nació el Mercosur y expectante lo hemos visto crecer. Al principio se pareció a un adolescente, creció de golpe y anduvo torpe y a los tumbos buscando erguirse. Conspicuos políticos se animaron a pronosticar que el Mercosur encontrará el equilibrio al superar las asimetrías y alcance la edad del régimen cero de los controles aduaneros.

Lamentablemente, no solamente estos factores impiden su correcta postura, ahora se suman las peleas por la contaminación ambiental, el avance de tecnologías modernas, los sistemas energéticos, el gas, el petróleo, el dengue y no se sabe si pronto será otra cosa.

La otra realidad que nos hizo enfrentar la democracia ya dentro del Mercosur fue la caída del muro de Berlín, que arrastró en su derrumbe al sistema hegemónico de planificación centralizada y a la casi totalidad de las barreras del comercio mundial; salvo una: la barrera sanitaria. Cuyo mal empleo en medidas paraarancelarias causa trastornos de imprevisibles consecuencias, principalmente a los países emergentes y productores de commodities agropecuarios como nuestra Argentina.

Sin embargo, con la intención de recuperar el tiempo perdido, superar escollos y cumplir metas pautadas, será necesario encontrar el justo equilibrio de las ideas, la ligazón del conjunto de la sociedad y el punto de partida que abra el surco del progreso. Pero todo esto se diluye en el limbo de las buenas intenciones porque seguimos obnubilados por divisiones internas y peleas estériles que nos impide avanzar, dejándonos en el espíritu máculas de malestar y frustraciones constantes. Y eso no es justo. Si no, debemos echar una hojeada a nuestra actual Sudamérica, donde funcionarios de distintos países emiten procacidades contra otros funcionarios de países hermanos, diluyendo de esta manera acuerdos convenientes que oscurecen el futuro.

 Por eso, cavilando, trato de imaginar cómo interpretarán estas historias presentes los revisionistas del futuro, ante tantos desmadres ideológicos y enfrentamientos sin sentido.

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