La piel del odio

domingo 12 de mayo de 2024 | 6:00hs.

En un mundo plagado de injusticias, una de las más atroces y absurdas es la violencia motivada por la raza o la religión. La creencia de que tenemos derecho a arrebatar la vida a otro ser humano por su color de piel o sus creencias es un acto de barbarie que hunde sus raíces en lo más profundo de nuestra oscura historia.

Desde las cruzadas medievales hasta los genocidios del siglo XX, la humanidad ha sido –y por desgracia sigue siendo– testigo de una interminable sucesión de guerras, matanzas y exterminios en nombre de cualquier dios o religión y de la raza. Y aunque algunos se empeñen en disfrazarlo de patriotismo, defensa de la fe o lucha por la pureza racial, la realidad es que este tipo de violencia no es más que una expresión de nuestro lado más bestial, de nuestro miedo a lo diferente, de nuestra incapacidad para aceptar la diversidad como una riqueza.

¿Qué nos lleva a creer que somos superiores a otros por el hecho de haber nacido con un color de piel distinto o de profesar una fe diferente? ¿Qué clase de lógica perversa nos permite convertirnos en jueces y verdugos de nuestros semejantes? ¿Acaso no somos todos hijos de la misma madre Tierra, no compartimos todos la misma humanidad? Matar a un ser humano por su raza o religión es un acto deleznable que no sólo mancha de sangre nuestras manos, sino que también corrompe nuestro espíritu. Es un crimen contra la humanidad, una afrenta a la vida misma.

En la Europa que se ufana de civilización, donde la Ilustración alumbró las ideas de libertad e igualdad, el fantasma del racismo corroe sus cimientos como una hiedra venenosa. En las calles adoquinadas donde resonaron las pisadas de Voltaire y Rousseau, hoy se alzan las voces de quienes claman por un mundo sin discriminación racial.

Las pieles invisibles, aquellas que no encajan en el canon blanco y occidental, son relegadas a los márgenes de la sociedad. Son las que habitan los barrios periféricos, las que se enfrentan a la discriminación en el trabajo, las que sufren el acoso en las calles. Sus historias son un canto a la lucha por la igualdad.

Aminata Diallo, una joven francesa de origen guineano, vio cómo su sueño de convertirse en policía se vio truncado por el color de su piel. Las pruebas físicas las superó con creces, pero su “rendimiento deportivo” fue calificado como “insuficiente” en una entrevista plagada de estereotipos racistas. Aminata no se rindió, denunció la discriminación y se convirtió en un símbolo de la lucha contra el racismo institucional.

En las ciudades europeas, donde se alzan monumentos a la libertad, los jóvenes árabes y musulmanes son objeto de discriminación y sospecha. Sus nombres, sus ropas, sus costumbres, son motivo de recelo y estigmatización. El racismo no es un fantasma del pasado, es una realidad presente en la Europa del siglo XXI. Es una herida que sangra en las calles, en las escuelas, en las playas, en las ciudades. Es una injusticia que clama por un cambio, por una Europa donde todas las pieles sean visibles, donde todas las personas sean iguales.

En la tierra de las barras y estrellas, donde ondea la bandera de la libertad, las sombras del racismo se extienden como un manto de dolor y desigualdad. En las calles donde resonaron las voces de Martin Luther King y Rosa Parks, hoy se alzan los gritos de quienes claman por un mundo sin discriminación racial; las pieles quemadas por el sol de la injusticia, aquellas que no encajan en el canon blanco y anglosajón. Ahmaud Arbery, un joven afroamericano, fue perseguido y asesinado por tres hombres blancos mientras corría por un vecindario de Georgia. Su crimen: ser negro y correr en un espacio que no era considerado “suyo”. Su muerte, un caso más de brutalidad racial, desató una ola de protestas.

En las aulas de Estados Unidos, donde se imparte la lección de la democracia, los niños negros e hispanos se encuentran con una realidad que les niega esa misma democracia. Las escuelas con menos recursos, con profesores menos preparados y con libros de texto que apenas reflejan su historia son el pan de cada día para estas comunidades. Se les margina, se les priva de oportunidades. En las calles de Minneapolis, George Floyd fue brutalmente asesinado por un policía blanco. Su muerte, grabada en video y compartida por millones de personas, se convirtió en un símbolo de la violencia racial que azota al país. Su nombre, un mantra en las protestas por la igualdad (...).

En las aulas de Myanmar (Birmania), donde la educación se utiliza como herramienta de control, los niños de la etnia rohinyá son privados del derecho a la educación. Se les niega el acceso a las escuelas, se les obliga a aprender en un idioma que no es el suyo, se les inculca el odio hacia otras razas. La violencia budista ha teñido de rojo la tierra, la minoría rohinyá es víctima de una limpieza étnica. Se les queman sus hogares, se les asesina sin piedad, se les niega el derecho a la vida. Son los grandes olvidados en la lucha por la paz.

En las calles de Venezuela, donde la crisis económica y social ha calado hondo, los indígenas venezolanos son víctimas de discriminación y violencia. Se les niega el acceso a la tierra, a los recursos naturales, a la justicia.

En las ciudades de China, donde la vigilancia es omnipresente, la minoría uigur se encuentra en una situación de apartheid. Se les priva de la libertad de movimiento, de la libertad religiosa, de la libertad cultural. Son los represaliados del régimen chino.

En Afganistán, a las niñas se les ha prohibido el acceso a las escuelas, se les obliga a aprender una visión única del mundo, se les inculca el desprecio hacia otras religiones. La toma del poder por parte de los talibanes en agosto de 2021 supuso un punto de inflexión, un regreso a un pasado que muchos afganos creían haber dejado atrás. Las mujeres son las principales víctimas de este nuevo régimen. Se les ha privado de sus derechos básicos, como el acceso a la educación y al trabajo. (...)

En las aulas de Ruanda, donde la educación se convirtió en un arma de odio, los niños hutus fueron instruidos para exterminar a sus vecinos tutsis. Se les inculcó el desprecio, se les envenenó la mente, se les convirtió en instrumentos de una barbarie sin nombre.

En las calles de Srebrenica (Bosnia), donde la protección internacional brilló por su ausencia, miles de hombres y niños musulmanes fueron masacrados por las fuerzas serbias. Una limpieza étnica que grabó en la memoria un capítulo infame de la historia. Entre 8.000 y 8.372 bosnios musulmanes fueron brutalmente asesinados por las fuerzas serbobosnias bajo el mando del general Ratko Mladic. Srebrenica había sido declarada “zona segura” por la ONU en 1993, pero las fuerzas de paz holandesas presentes no pudieron evitar la caída de la ciudad ante los serbios. Tras la toma de Srebrenica, miles de hombres y niños buscaron refugio en la base de la ONU, mientras que mujeres, ancianos y niñas fueron forzados a huir a través de los bosques. Las fuerzas serbobosnias seleccionaron a los hombres y niños musulmanes de entre los refugiados y los ejecutaron sistemáticamente en los días posteriores. Los asesinatos se llevaron a cabo en diferentes lugares, incluyendo Potocari, Kravica y Bratunac.

La piel del odio no es un accidente, es una construcción social, un producto del fanatismo, la ignorancia y el miedo. Es hora de que despertemos de este letargo de odio y barbarie. Es hora de que abramos nuestros ojos y nuestros corazones a la belleza de la diversidad. Es hora de que comprendamos que la única raza que realmente importa es la raza humana, la única religión que realmente nos une es la del amor y el respeto por la vida.

Sólo entonces, cuando seamos capaces de mirarnos a los ojos sin importar el color de nuestra piel o nuestras creencias, sólo entonces habremos dado el primer paso hacia un mundo verdaderamente justo y fraterno.

Por Nora Vázquez
Para Ethic

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