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Ñande Reko Rapyta (Nuestras raíces)

Quince minutos de fama

sábado 18 de mayo de 2024 | 6:00hs.

Cuando se habla de literatura misionera es inevitable mencionar a Horacio Quiroga, aquellas primeras décadas del siglo pasado resultan más bellas desde la pluma del uruguayo, aunque no fue el único, sí el más popularizado; una selva más hermosa y menos salvaje, animales al alcance de todas y todos y cuentos que, aunque produzcan escozor, son de difícil lectura en los tiempos actuales.

Esa Misiones de Quiroga se diluyó en el siglo XX …, y quedó la impresión que todo ese universo murió con él.

Quiroga y la muerte, siempre rondándolo, siempre acechándolo, desde el accidente mortal de caza de su padre Prudencio cuando era un bebé de pecho, el suicidio de su padrastro Mario Ascencio Barcos en el año 1896, el fallecimiento de sus hermanos Prudencia y Pastora por las secuelas de fiebre tifoidea, el lamentable accidente de su amigo Federico Ferrando mientras preparaba el arma para un duelo, la muerte dudosa de su primera esposa Ana María Cires; su propio suicidio en 1937, el de su hija Eglé un año después, la muerte de Leopoldo Lugones, de Alfonsina Storni, el suicidio de Darío su único hijo en 1952 y el de Pitoca la hija menor en 1988.

¿Destino? ¿Karma? ¿Casualidad?... ¡vaya uno a saber!

En esa vorágine de destrucción y muerte, solo dos personas se salvaron de esa especie de “final cantado”: Jorge Lenoble y María Elena Bravo.

Lenoble nació en París, el 26 de enero de 1905, vino a Argentina como especialista en producción e industrialización de té, por cosas del destino se instaló en Misiones en el año 1928, trabajó para la Cooperativa Tealera de Oberá y Martin & Cía.; fue en una cancha de tenis que esta firma patrocinaba en San Ignacio, donde Jorge conoció a Eglé Quiroga, se casaron en enero de 1934; se instalaron en una sector de la propiedad que compró en sociedad con su cuñado Darío, conocida como Osonunu, a corta distancia de la casa paterna de ella.

Cuentan “las lenguas de doble filo” que cuando cumplieron el primer aniversario de la boda, la pareja estaba rota y distanciada, tanto, que Eglé se mudó a la ciudad de Buenos Aires, se instaló con una amiga, hermana del afamado escritor Roberto Payró -; nada se sabe sobre la relación entre Lenoble y su suegro, aunque no tuvieron mucho tiempo para afianzar el vínculo, ya que Quiroga se suicidó en 1937.

A pocos años de enviudar, se casó en segundas nupcias con la posadeña Sara Vivanco, vivieron en San Ignacio, en la vieja propiedad; Jorge trabajó para la firma Diorente de Aristóbulo del Valle, después de la jubilación, la pareja convivió tranquilamente por allá, hasta el fallecimiento de ella en 1989; Lenoble volvió a Posadas, a la casa de la avenida Roque Sáenz Peña N° 345, el departamento porteño de Callao 1958 -el “13 B”- lo esperó en vano; falleció pocos años después, el matrimonio fue sepultado en Osonunu.

En el año 2005, un sobrino de Lenoble donó la propiedad del Cerro Victoria -o una parte de ella- a la Fundación Temaikén con fines ecológicos.

En cuanto a María Elena Bravo su rastro se diluyó en el tiempo, conocí su voz a principios de la década de 1990; entonces vivía en la ciudad de Asunción, una amiga de ella que residía en Posadas me puso en contacto, mis expectativas eran indisimulables; sin embargo la comunicación telefónica duró  menos de un minuto, la señora me dejó en claro que no hablaba “del señor Quiroga” y cortó la llamada; joven e impertinente me molesté, mucho tiempo después supe del suicidio de la hija de María Elena, de su avanzada edad y me avergoncé de mí misma.

En una de esas charlas que suelen darse como quien no quiere la cosa, Julio Ramírez me contó, que en la década de 1960, conoció a María Elena, para sus nueve o diez años la vivencia resultó impactante; resulta que por entonces se decidió poner en valor la casa de Horacio Quiroga, hasta ese momento casi abandonada, ubicada en las inmediaciones del Escuadrón N° 11 de Gendarmería Nacional, con sede en San Ignacio; en general, el inmueble era habitado por efectivos de esa fuerza, destinados a nuestra provincia, que no encontraban casa para alquilar en el pueblo; se instalaban en el lugar hasta solucionar el tema habitacional.

Alrededor del año 1964 o 65, un Comandante de apellido Quiroga -no hay certeza de parentesco o casualidad homónima- consideró que era momento para recuperar las pertenencias del escritor que se sabían dispersas por todo el ejido del pueblo y realizar una especie de acto devolución de tan valioso patrimonio de los misioneros; poco a poco varios objetos, muebles y fotografías regresaron al Teyú Cuaré; para verificar la autenticidad de los elementos, se convocó al hijo de Isidoro Escalera -el gran amigo del literato- para, memoria mediante, reconociera el mobiliario y enseres otrora propiedad de Horacio Quiroga.

El acto inaugural se realizó una tarde, todo el vecindario acudió a la cita, en ese tiempo San Ignacio no tenía mucha actividad cultural así que la convocatoria popular era masiva; la invitada especial al acontecimiento fue María Elena Bravo, la segunda esposa del escritor, con quien se casó siendo ella muy jovencita, Quiroga era un “pretencioso de amores nuevos” y se deslumbró con esta amiga de su hija Eglé, con ella cursó la segunda y última estadía en Misiones.

Retomando el relato, aquella tarde de recuperación histórica, la viuda bajó de un lujoso automóvil negro -posiblemente un último modelo marca Ford o Chevrolet-, según recordó Julio, tenía el aspecto de una estrella de cine, el cabello platinado, ataviada con una camisa o blusa inmaculadamente blanca -de esas que en la provincia no se acostumbraba, especialmente por los caminos terrados, las altas temperaturas y “los bichos”-, completaba el “outfit” un detalle en el cuello de la prenda, lo que llamamos hoy “animal print” y que muy posiblemente fue un aplique de piel  legítima de leopardo o similar, más un sobre de charol que brillaba bajo el sol misionero.

Los dos fotógrafos de San Ignacio -también gendarmes- plasmaron el evento, en algún álbum familiar, en algún estante de las instalaciones del Escuadrón de Gendarmería, posiblemente estarán olvidadas esas imágenes, como testimonio irrefutable de tan importante evento.

Hasta donde podemos acceder en los años posteriores a la desaparición física de Horacio Quiroga, nadie se ocupó de hablar con estos sobrevivientes del universo quiroguiano y dejar plasmadas sus experiencias para los interesados futuros, o tal vez, ni Jorge ni María Elena quisieron tocar el tema, a lo mejor el fabuloso escritor no fue tan buena experiencia como pariente…

Un gracias gigante a Julio Ramírez por su generosidad de siempre y un recuerdo para Elba Street.

¡Hasta la próxima semana!

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