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Más allá de la esquina

La alternativa en situaciones límite y las labores domésticas esclavizantes

En las zonas rojas de Posadas las mujeres cis viven y sobreviven a la noche para que durante el día haya un plato de comida en la mesa. Sus hijos son la principal razón

domingo 24 de abril de 2022 | 6:05hs.
La alternativa en situaciones límite y las labores domésticas esclavizantes
La tarifa promedio es de 3.000 pesos, pero el cliente debe pagar también el motel. Foto: Natalia Guerrero
La tarifa promedio es de 3.000 pesos, pero el cliente debe pagar también el motel. Foto: Natalia Guerrero

Noemí trabajaba mucho por poco dinero como doméstica en una casa posadeña. Entraba a las 6 de la mañana y no paraba ni para comer hasta las 13, cuando se retiraba. Una vez, con una milanesa que había sobrado, se hizo un sanguche y su patrona se lo reclamó.

“Nunca más vuelvo a trabajar en casa de familia, prefiero sufrir en la calle trabajando de prostituta, pero nunca más en casa de familia”, se dijo a sí misma masticando la bronca, cansada de, cómo define, la esclavicen y traten mal.

Hablaba en serio. Salir a prostituirse es una de las formas que tiene de ganarse la vida y mantener a sus hijos desde hace muchos años. Y sin bien alterna, deja, busca y pelea por otros ingresos, siempre vuelve a la avenida Uruguay, de Posadas, a fin de recaudar dinero para comer al otro día.

El Territorio hizo un recorrido por la denominadas zonas rojas de la capital provincial en busca de testimonios y opiniones en primera persona del trabajo sexual, el de las trabajadoras. El hermetismo por el miedo a ser descubiertas por la sociedad que las rodea, la timidez, la desconfianza y la negativa a interrumpir su jornada fueron las barreras más habituales.

Sin embargo, entre las voces recolectadas, emergieron algunas conclusiones y puntos comunes. Las mujeres cis - su identidad de género y sexo asignado al nacer son el mismo- nombraron a sus hijos como las principales razones para estar allí, ya sea para sumar un dinero extra a sueldos precarios o como ingreso principal. Señalan que prácticamente no tuvieron otra opción.

Revelaron la hostilidad de la noche y la calle, con peleas entre ellas misma, la Policía y el accionar de los hombres, que principalmente durante los fines de semana. Como Noemí, hay mujeres que se dedican desde hace décadas a esta profesión, pero ella dice que son cada vez más jóvenes, “de 17, 18 años”, las que se inician.

Las aplicaciones para celulares están ganando terreno, pero esa posibilidad generalmente está reservada para una clientela exclusiva y hay que tener un espacio propio a donde recibirlos. No sólo recorren y llegan a sus esquinas hombres, también mujeres e incluso parejas.

Camila tiene 26 años y trabaja desde la 19 hasta las primeras horas del día siguiente, aunque si hace mucho frío decide volverse generalmente a la medianoche. A sus clientes, que se encargan de pagar también el motel, les cobra 3.000 pesos, les pide que se bañen y los obliga a usar preservativos. No trabaja con borrachos.

En su casa, sus hijas menores se quedan al cuidado de su hermana, a quien le da un dinero por el servicio de niñera. “No alcanza para sobrevivir, más si uno tiene hijos no alcanza. Yo soy una mina que vengo, hago mis cosas, mi plata y me voy. No fumo, no me drogo, siempre cuidándome, como todas, todas se cuidan”, repitió.

Sobre sus inicios, expresó: “Empecé a trabajar cuando me quedé en la calle con mi hija más grande. Entonces dije: ‘Yo tengo que darle una casa para que viva’. A veces los padres te ayudan y otras veces no, como te tocan maridos buenos o a veces maridos malos”.

Contó que desde que empezó a trabajar en la calle, no tuvo más pareja y se lo tuvo que contar a su madre porque sabía que en algún momento se iba a enterar. Insistió que lo hace por sus hijos, debido a que los padres de ellos nunca se hicieron cargo.

“Trato de trabajar de limpieza, limpio casas, trato de estar trabajando. Esto es tipo una ayuda, porque en el rubro de limpieza por ahí se retrasan los pagos, no es que te dicen una fecha exacta y vos vas y cobrñas. Gracias a todo esto (además cobra la asignación) pude hacerme mi casa, no es ‘guau’, pero eso es lo principal”, destacó, detallando que construyó en la parte posterior del terreno de su madre.

Señaló que en la calle vio de todo y “corre de todo”. Hay muchas peleas entre otras chicas en situación de prostitución.

“A mí me dicen que soy rara porque estoy acá sola, pero prefiero no tener problemas con nadie, hago lo mío y me voy”, afirmó.

Sobre si se asume como objeto de deseo, la joven concluyó: “No lo pienso, trato de olvidar. Vengo, hago lo mío y a la mañana siguiente agarro mi rumbo, porque yo trabajo en una empresa de limpieza. Después vuelvo y llevo a mis hijos a la escuela, no es que yo pienso con cuántos me acosté, porque si lo pienso iba a ser una re drogadicta”.

En las casas, esclavas
Noemí también tiene tres hijos, también con padres ausentes, pero en su caso la más chica es preadolescente. Ella lo dice claramente, no le gusta estar en situación de prostitución y lo hace solamente por necesidad: “Es una elección de vida que uno tiene que hacer por su hijo, hay chicas que vienen porque alquilan y tienen que pagar alquiler. El trabajo en casa de familia no te paga nada y encima te esclavizan”.

La crisis, la mala paga y la falta de oportunidades también la hacen pensar en las noches de frío que se avecinan, cree que será inevitable. “De esto nosotras siempre llevamos para la comida al otro día y si trabajamos en casa de familia no, en casa de familia ganamos lo que sacamos algunas noche acá. Uno tiene que volver, uno trata de dejar, pero no te conviene, no te sirve y entonces qué hacés”, se pregunta.

“Fui a trabajar en casa de familia y dije ‘no vuelvo a trabajar nunca más en casa de familia’. Trabajé con dos abogadas distintas y me esclavizaron, tenía que trabajar desde la 6 de la mañana hasta las 1 de la tarde sin comer y de ahí tenía que esperar a mi hija, que era chiquita, toda la tarde”.

Noemí señaló que mediante iniciativa de algunas referentes hoy pueden ofrecer servicios sexuales en la calle sin que la Policía las moleste o las lleve detenidas, como ocurría hace muchos años.

Consultada por la regularización de esta labor, señaló que lo ideal es generar empleos dignos con un sueldo fijo para tener la posibilidad de abandonar la calle.

“Esta vida acá no es fácil, hay que aguantar muchas cosas, hay que tener ovarios para estar acá”, reafirmó.

Describió robos, situaciones de violencia entre las mismas trabajadoras y de terceros. “Los fines de semanas no me gusta trabajar, pero son los días que hay plata. Se emborrachan los hombres y son pesados. Pero uno siempre tiene que estar más fuerte que ellos, porque si vos les mostrás debilidad, ellos abusan”, reveló.

Asimismo, siguió: “Lo mismo pasa con las chicas, les mostrás debilidad y te pisan la cabeza. 17 o 18 años tienen las chicas que trabajan y que son violentas, por eso uno siempre tiene que estar alerta y fuerte a la vez, no hay que bajar la guardia acá”.

Consultada sobre sí les contó a sus familiares, la mujer detalló que es su hija mayor quien lo sabe. “Le dije para que no se entere por otra persona, porque esto no es oculto, es público. En algún momento se va a enterar. Ella estudió muchas cosas y no tiene trabajo, entonces estamos en la misma, yo sin estudios y sin trabajo y ella con estudios. ¿Qué hacemos?”, concluyó.

El frío y la violencia son los principales enemigos. Foto: Natalia Guerrero

 

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