Transformó la casa de su abuela en un teatro inmersivo

La memoria de una casona centenaria tejida con un hilo rojo

En una casona de 118 años que pertenece a su familia, Antonella Quintana montó una obra site-specific inspirada en su abuela Chiche, con teatro de objetos, títeres y música en vivo.
miércoles 23 de septiembre de 2026 | 9:00hs.

Antonella se visitó para la ocasión. Cuando abrió la puerta, alta como eran las puertas de antes, todo empujó hacia atrás, ochenta años atrás, como si el tiempo, por una vez, hubiera aceptado retroceder. Adentro esperaba un cuadro. Una mujer en blanco y negro, tejiendo en su sillón de mimbre. De ella salía un hilo rojo, de un tejido que la mujer dejaba caer, hebra por hebra, como quien deja pistas para que alguien las siga.

La casona tiene 118 años. Se construyó en 1908, en Santa Fe 333, entre Colón y Félix de Azara, y todavía hoy es, como dice Antonella, “una casa arquitectónicamente muy conocida en la cuadra”. Hay casas que se habitan y casas que habitan a quien vive en ellas. Esta es de las segundas.

Cuando entramos, el teatro todavía estaba ahí, flotando en el aire. Una de las puertas ya estaba sellada con un ropero. “Ahí está el espacio del cuidador de la casona, y él lo cerró por su privacidad; pero para la exposición estaba abierta”, nos dijo Antonella, y señaló un pasillo por donde continuar, porque la casa tiene forma de L y hay que rodearla para entenderla del todo.

La casona fue una de las sedes del diario El Territorio. Foto: julián Grondona

 

La casona no es pequeña. Tiene cuartos que fueron dormitorios y después fueron escenarios, y espacios que fueron todo eso al mismo tiempo, superpuesto, como las capas de una cebolla que hay que ir pelando despacio. Y son justamente esos cuartos los que van hilando la historia — porque hay un hilo, un cordel rojo, que atraviesa todo esto, la hebra que nos recibió en la entrada. “El cordel rojo une un poco la historia de mi familia: es mi abuela, una especie de reminiscencia a lo que ella fue tejiendo”, dice Antonella. Y después, con los años, fue ella la que tomó ese hilo entre las manos y lo empezó a iluminar, habitación por habitación, como quien enciende velas en un pasillo largo.

Cada cuarto, un dispositivo escénico. Ahí adentro se mezclan los lenguajes y hasta los tiempos: teatro de objetos, performance, música en vivo, monólogos, títulos, y en el medio de todo eso, fragmentos de una historia familiar que insiste en volver. “La casa va recordando diferentes momentos de la historia aquí adentro”, dice Antonella. El espectador, ahí, deja de ser espectador. “Se sumerge como un viajero y como un testigo”, va iluminando lo que ve, y termina sacando su propia historia de la de ella, “para que también de esa manera se vuelva colectiva”.

La puesta parte de su tesis de posgrado y se vivió una sola vez, el 8 de agosto.

 

La obra, el recorrido, el hilo rojo nació al amparo de una tesis: la Especialización en Teatro de Objetos, Interactividad y Nuevos Medios, de la Universidad Nacional de las Artes. “La obra recupera un poco la historia familiar y se vuelve colectiva —dice Antonella—, porque en esta búsqueda uno piensa que está buscando su propia historia, y en realidad se encuentra con un montón de otras personas que también habitaron esta casa”, personas que también fueron parte de la historia misionera: “arquitectónica, política y hasta cultural”.

Porque esta casa tuvo otras vidas antes de ser la casa de la infancia de Antonella. En ese mismo living, en esos mismos cuartos, funcionó alguna vez diario El Territorio — “si no me equivoco, una de las primeras sedes en todo el Nordeste”, dice— y todavía guardan, dobladas con el cuidado con que se guardan las cosas que ya no volverán a imprimirse, ediciones que datan de 1940. Antes de eso, dicen, hubo una imprenta, o tal vez una librería — Antonella no lo recuerda con certeza, y hay memorias que se permiten ese margen de niebla. Lo que sí se sabe es que un día llegó desde España un hombre, el bisabuelo, que cruzó el océano, Buenos Aires, Paraguay hasta llegar a Misiones y compró esta casa.

Esta casona, además, no le pertenece solo a Antonella. Le pertenece al barrio. A los vecinos que todavía se acuerdan de la familia, de cuando era costumbre sentarse en la vereda y compartir la tarde con el vecino de al lado, el del fondo, el de la vuelta. “Eso movió mucho la emoción de la gente que vivió en este barrio y que recuerda a mi abuela ya toda la familia”, cuenta Antonella. Y hay algo ahí, en esa frase, que se parece mucho a Posadas entera: una ciudad hecha de patios compartidos, de puertas que quedaban abiertas, de historias que se contaban en la vereda porque adentro hacía calor y afuera estaba la vida.

Si esta historia tiene una protagonista silenciosa, esa es la abuela Chiche. "Para mí es un placer homenajearla. Yo soy quien soy gracias a ella, porque en esta casa jugaba, acá empecé mis primeros pasos en el mundo del teatro sin saber qué es lo que amaba y me apasionaba", dice Antonella. Volver a esta casa, dice, fue también “un gesto hasta político y poético de resistencia a no olvidar”.

La obra se vio una sola vez: el 8 de agosto, a puertas cerradas. Quince personas, entre familiares y amigos íntimos, y 19 artistas misioneros que la hicieron posible, casi todos por el puro gusto de acompañar. “Me hubiera gustado abrir la obra a todo el público misionero, pero el espacio era reducido”, dice la licenciada en ciencias de la comunicación. Y por ahora no hay planes de repetirla: “no tenemos subsidio y costearlo es muy complicado en este contexto”. Queda, eso sí, el registro audiovisual, porque el teatro —lo sabe cualquiera que alguna vez haya visto caer un telón— “tiene eso de lo efímero”. Lo demás, lo que pasó de verdad aquella noche de agosto, ya solo existe en quienes estuvieron ahí.

Hoy la casona está en venta. “Espero que el comprador haga algo lindo con esto”, dice la joven que alguna vez soñó con convertirla en teatro, en hostel, en bar. Durante mucho tiempo pensé que perderla iba a ser perder la historia, perder la infancia entera. Pero la tesis, la investigación, el hilo rojo la fueron llevando a otro lugar: "Entendí que una casa permanece no solamente en sus paredes, sino en los recuerdos, en quien la recuerda. Y justamente por eso quise hacer este homenaje".

Porque al final, de eso se trata: de casas que se venden pero no se van. De abuelas que siguen tejiendo aunque ya no estén. De un hilo rojo que alguien, en algún momento, tiene que animarse a tomar. 

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