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El precio de la historia

martes 08 de junio de 2021 | 6:00hs.
El precio de la historia

La Guerra Franco-prusiana fue uno de los conflictos más importantes que se libraron en Europa, después de las guerras de Napoleón Bonaparte. En 1870, París quedó sitiada por el reino prusiano y Napoleón III terminó rindiéndose ante el rey Guillermo I, que en 1871 proclamó su nuevo imperio desde los salones del palacio de Versalles. Atrás, y hasta el río Rin, quedaba un tendal de edificios históricos y monumentos completamente destruidos. 

En Bruselas, en 1874, el zar Alejandro II elaboró un proyecto para ordenar las leyes y costumbres de la guerra, principalmente lo que se buscaba con este documento era dejar clara la diferencia entre los ejércitos con una historia y un uniforme y las milicias de civiles armados, y -en especial- cómo tratar a cada uno de esos grupos en un conflicto.

Sin embargo, una parte interesante de ese proyecto también proponía que en el bombardeo a posiciones enemigas se respetara, en la medida de lo posible, iglesias y edificios utilizados para propósitos artísticos, científicos y caritativos. Nada de todo esto prosperó, había intereses encontrados y no se llegó a un acuerdo. Sin embargo, fue un antecedente muy influyente en las Conferencias que se realizaron en La Haya en 1899 y en 1907.

Allí, el zar Nicolás II y el presidente estadounidense Theodore Roosevelt lograron convocar a la participación de numerosos países, aumentando de 25 naciones en el primer encuentro a 43 en la segunda ocasión, incluida una delegación argentina. 

Allí se ratificó de forma vinculante el respeto a los edificios históricos que se había propuesto en Bruselas, y se agregó el deber de “señalar la presencia de dichos edificios o lugares distintivos visibles, notificándolo al enemigo de antemano”. También se hablaba de limitar los armamentos y aceptar arbitrajes internacionales, pero desafortunadamente fue todo de difícil implementación. Poco y nada se recordó de todo esto después, en la Primera Guerra Mundial. 

El suceso más trágico llegaría en 1937, cuando en plena Guerra Civil Española, aviones alemanes e italianos bombardearon la ciudad de Guernica, lugar emblemático de las libertades vascas, destruyéndola por completo y matando a cientos de civiles.

Sucedería lo mismo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando en junio de 1940 la aviación alemana bombardea la ciudad inglesa de Coventry, causando la muerte a centenares de civiles. Allí será recordada la imagen de Winston Churchill visitando la Catedral del lugar, donde apenas algunas columnas habían quedado en pie. Hitler quería eliminar la cultura del enemigo y ya había reducido Varsovia a cenizas en septiembre de 1939.

Pero lejos de evitar caer en la misma tentación, los aliados comprendían del impacto emocional que le generaba al enemigo destruir sus edificios emblemáticos, y decidieron devolver con la misma moneda bombardeando un enclave simbólico para las juventudes hitlerianas: el palacio de Würzburg.

Era la más bella del sur de Alemania, su función había sido principalmente la de servir de residencia a los obispos de esa ciudad. Una obra de comienzos del siglo XVIII que Napoleón calificó como “la casa campestre más bella de Europa” quedó reducida a escombros por la Royal Air Force en septiembre de 1940. Sólo quedó en pie el 2% del conjunto. La misma suerte correría la ciudad alemana de Colonia, en mayo de 1942, donde la catedral, aunque sufrió graves destrozos, quedó milagrosamente en pie.

El gobierno democrático alemán decidió reconstruir este palacio barroco en 1987, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y actualmente la catedral de Colonia sigue ese mismo proceso. Paradójicamente, la cúpula del parlamento democrático de Alemania que los nazis habían incendiado en 1933 fue reconstruida por un londinense, el arquitecto Norman Foster, que en 1999 inauguró una de sus obras más memorables: el domo de la Reichstag New Parliament, en Berlín.

A modo de conclusión, podríamos afirmar que los edificios emblemáticos europeos lamentablemente no pudieron quedar por fuera del botín de ningún adversario, aún queriendo acordarlo así de antemano. Sea que siguen en pie y sirven para la propaganda del vencedor, o sea para desmoralizar las tropas enemigas con su destrucción, las joyas de la arquitectura terminan siempre pagando el precio de la historia.   

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