Opinión

Educar en tiempos de pantallas: la necesidad de unir criterios entre la escuela y la familia

Desde el Colegio de Psicopedagogía de Misiones emitieron una reflexión
domingo 27 de septiembre de 2026 | 6:05hs.
Propone volver a mirarse a los ojos.
Propone volver a mirarse a los ojos.

Por Natalia Aída Papatolios
Lic. en Psicopedagogía
M.P. Nº 073 (Colegio
de Psicopedagogía de Misiones)

Hay una escena que probablemente se repite en muchos hogares: un niño haciendo la tarea, el celular cerca, una notificación que aparece, una pausa para mirar un video y, cuando quiere volver a la actividad, ya perdió el hilo. Del otro lado, un adulto que insiste: “¡Concentráte!”. ¡prestá atención! Y la escena vuelve a empezar.

Como psicopedagoga, me pregunto cada vez más qué hay detrás de ese “no presta atención”. Porque quizás el problema no sea solamente cuánto puede atender un niño, sino qué tipo de atención estamos construyendo entre todos.

Vivimos rodeados de estímulos. Las pantallas nos acompañan desde que despertamos hasta que nos vamos a dormir. Nos informan, entretienen, conectan y también nos resuelven muchas cosas. Sería absurdo pensar la educación actual como si la tecnología no existiera. Pero también sería ingenuo creer que su uso permanente no modifica nuestras formas de relacionarnos con el tiempo, con los demás y con el aprendizaje.

Aprender requiere atención. Y atender no significa solamente mirar. Significa poder escuchar, seleccionar información, sostener una consigna, esperar, equivocarse, volver a intentar y permanecer un rato frente a algo que no necesariamente produce gratificación inmediata.

Ahí aparece uno de los grandes desafíos de la escuela actual: enseñar en un mundo que funciona a una velocidad muy diferente de la que necesita el aprendizaje. Y en medio de este escenario llegó la inteligencia artificial.

Para muchos docentes y familias todavía genera preguntas, incertidumbre e incluso temor. ¿Qué pasa si los chicos le piden a una IA que haga la tarea? ¿Cómo sabemos si comprendieron? ¿Tiene sentido seguir pidiendo determinados trabajos? Creo que la pregunta más interesante no es si debemos permitir o prohibir la inteligencia artificial. La pregunta es qué hacemos pedagógicamente con ella.

Un estudiante puede utilizar una herramienta de IA para buscar una explicación diferente, formular preguntas, encontrar ejemplos, revisar un texto o comparar ideas. Pero también puede copiar una respuesta, presentarla como propia y no haber aprendido absolutamente nada.

La diferencia no está solamente en la herramienta. Está en la intención y, sobre todo, en la capacidad de quien aprende para pensar sobre aquello que recibe.

Por eso la escuela tiene un enorme desafío por delante: no competir con la inteligencia artificial, sino enseñar aquello que permite utilizarla de manera crítica. Preguntar. Dudar. Contrastar. Argumentar. Crear. Explicar con palabras propias.

Pero hay otra pregunta que, como sociedad, necesitamos hacernos: ¿Puede la escuela exigir determinadas dinámicas de atención y aprendizaje cuando esas mismas experiencias casi no tienen lugar fuera de ella?

No podemos pedirle a un niño que tolere una hora de lectura, una explicación o una actividad sin interrupciones si cada momento de espera en su vida cotidiana está ocupado por una pantalla.

Esto no significa responsabilizar ni culpabilizar a las familias. Las familias también están aprendiendo a vivir en este nuevo escenario. Muchas veces las pantallas aparecen porque los adultos trabajan, porque necesitan resolver situaciones cotidianas o, sencillamente, porque también forman parte de nuestra cultura. Por eso creo que necesitamos menos discursos de culpa y más conversaciones. La escuela y la familia no tienen que convertirse en policías de la tecnología. Tienen que construir criterios compartidos.

Porque educar también es enseñar a esperar. A aburrirse. A conversar. A escuchar una historia completa. A jugar sin que una pantalla organice cada minuto. A disfrutar del juego al aire libre. A aceptar que no todo tiene que ser inmediato.

Y esto empieza muchas veces en los adultos. Si queremos que nuestros hijos puedan levantar la mirada de una pantalla para escuchar al otro, necesitamos también nosotros poder hacerlo. Si queremos que lean, necesitamos que nos vean leer. Si queremos que puedan sostener una conversación, tenemos que regalarles momentos en los que no haya una notificación interrumpiéndola.

No se trata de demonizar las pantallas ni de idealizar un pasado que ya no existe. Se trata de enseñar a convivir con ellas.

Tal vez el verdadero desafío educativo de nuestro tiempo no sea sacar las pantallas de la vida de los chicos, sino lograr que las pantallas no ocupen el lugar de la vida.

Porque ninguna tecnología puede reemplazar la experiencia de sentirse escuchado, de descubrir algo por uno mismo, de equivocarse y volver a intentar, de conversar con alguien que nos mira a los ojos.

Y allí, justamente allí, seguimos teniendo mucho para enseñar. 

Temas de esta nota
¿Que opinión tenés sobre esta nota?