Un accidente ya no le permite tocar como antes
Roque Prieto, una vida en la que el trabajo nunca logró callar al arpa
Cuando llegamos a su casa, Roque Prieto ya estaba esperando. Sentado a la sombra en el amplio patio verde que rodea su vivienda en Loreto, levantó una mano para saludarnos apenas nos vio entrar. A su lado, su esposa Francisca Báez y su hija Paola compartían unos mates con miel mientras el viento recorría el jardín y el sol caía con una intensidad impropia de un día de invierno. Parecía una mañana de verano. Sin esperar que nos acercáramos, se levantó para recibirnos personalmente y enseguida comenzó a conversar, como si la entrevista fuera apenas la continuidad de una charla que había quedado pendiente hacía muchos años.
El 16 de agosto cumplirá 85 años, toma medicación solamente para el colesterol, aunque confía más en los yuyos. Nació en Ybycuí, una ciudad del departamento paraguayo de Paraguarí, a unos 123 kilómetros de Asunción, aunque buena parte de su vida transcurrió de este lado del Paraná. Llegó a Misiones en 1972, impulsado por una mezcla de necesidad y esperanza.
“Vine buscando un mejor futuro, porque Paraguay es jodido”, dijo sin buscar eufemismos. Antes de instalarse definitivamente, había permanecido un tiempo en Asunción. Sus padres y hermanos ya habían cruzado la frontera, pero él decidió quedarse porque había encontrado otro motivo para postergar el viaje: la música.

Nunca habla de aquella decisión con nostalgia ni con la sensación de haber perdido una oportunidad. Al contrario, parece haber aceptado hace mucho tiempo que el arpa y el trabajo caminarían siempre uno al lado del otro. “Para ser músico profesional había sido que no tenés que tener casa, familia ni otro trabajo. Hay que dedicarse. Y yo no podía, no iba a abandonar a mi familia y tampoco mi trabajo”, resumió.
Su historia con el instrumento comenzó casi por casualidad. Tocaba la guitarra hasta que los nuevos estilos musicales fueron desplazando la manera tradicional de ejecutarla. Entonces decidió cambiar de rumbo. “Tocaba la guitarra y punteaba con eso y después viene la música ligera y había que puntear con púa. Entonces dejé la guitarra y compré el arpa”, contó.
Aprendió con rapidez primero con Juan de la Cruz, un músico oriundo de Villarrica que vivía en su casa, quien le enseñó apenas la posición de las manos, algunos puntos básicos y la afinación. El resto fue intuición, oído y horas de práctica. Más adelante, ya en Asunción, continuó perfeccionándose junto a Adalberto Ramírez, un músico profesional que tocaba piano y acordeón. Recordó con orgullo que tenía facilidad para reconocer cuándo un instrumento estaba afinado.
Con el tiempo formó, junto a sus hermanos, el conjunto Los Soñadores Misioneros. Él tocaba el arpa; Manuel estaba en el acordeón; Genaro en la guitarra y Julio, el único que aún vive, ejecutaba el bajo. El grupo también estuvo integrado por los hermanos Marcelo y Ramón Meza. Recorrieron escenarios de Misiones y de otras provincias, incluso llegaron hasta Buenos Aires junto al músico Adelio Suárez. En esos años, recordó, las actuaciones eran más una pasión que un negocio: “Nunca tuve ingresos de eso y hay que vivir”.
Cuando los bailes comenzaron a exigir otros sonidos, decidieron reinventarse. Cortaron pinos y vendieron la madera para comprar una consola Yamaha, parlantes, órgano, batería, guitarras y bajos eléctricos. La inversión era grande y las ganancias escasas. “En cada actuación quemábamos parlantes y la plata que ganábamos era para el flete”, compartió.
Aunque comprendía que los tiempos cambiaban, nunca dejó de defender el sonido del arpa y dijo con seguridad que “la cumbia ya no es para el arpa, el arpa es solo para escuchar, no es para hacer ruido”
Entre las composiciones que nacieron en aquellos años figura No creo que te olvide, una canción que décadas después pudo gracias al impulso de Olé Kowalski. Con atención y lágrimas en los ojos, nos compartió esa pieza y otras más que atesora en un pendrive.
Sin problemas para trabajar
Primero fue techador de paja, un oficio que hoy casi desapareció. Explicó que antes las casas se cubrían con paja atada con alambre o con barro y aseguró que podía techar hasta 45 metros lineales en una jornada. Después llegaron las changas, la chacra, los trabajos rurales y finalmente un empleo que marcaría buena parte de su vida.
En el club de campo La Eugenia, sobre la ruta 105, trabajó durante 31 años. No recuerda esa etapa por la dureza física, sino por las distancias, las privaciones y las relaciones laborales que debió soportar; alquiló cerca del trabajo para evitar los largos viajes diarios
“Comí mal, viajé mal, pasé mal. El trabajo no. Hay que aguantar la impertinencia de los alcahuetes, de los capataces, de los administradores y patrón”, contó. Sin embargo, nunca dejó de sentirse orgulloso de haber vivido de su esfuerzo.
Lo repitió varias veces durante la conversación, casi como un principio de vida: “Siempre laburé porque yo no soy ladrón. Honestamente y todo lo que yo tengo compré con mi trabajo”.
Sabe carpir, machetear, manejar tractores y motosierras, hacer algo de albañilería y cualquier otra tarea que aparezca. Nunca sintió vergüenza por ningún oficio.
Francisca y los seis hijos
Con Francisca, su esposa, se conocieron poco después de su llegada a Loreto, cuando el pueblo era apenas un puñado de casas rodeadas de monte. “Acá nomás nos encontramos”, dijo mirándola de reojo.
Juntos criaron seis hijos, dos mujeres y cuatro varones. La mayor volvió a vivir a Paraguay, dos residen en Virasoro y los demás hicieron su vida. Habla de ellos con la satisfacción de quien siente que la tarea ya está cumplida. “Todos tienen el pelo blanco ya. Se criaron todos y tienen alas, vuelan”, aceptó.
Además del sueldo, durante muchos años en la chacra donde viven hasta hoy sembraban poroto, mandioca, cebolla y batata. La producción ayudó a sostener la economía familiar y, sobre todo, a que una de sus hijas pudiera continuar estudiando.
A pesar de los años, conserva una rutina que poco cambió desde que dejó de trabajar. Se levanta entre las 6 y 6.30 de la mañana, alimenta a los pollos y a los perros, prende la bomba de agua y mantiene prolijo el terreno con la desmalezadora cuando así le hace saber la naturaleza. No toma mate porque prefiere el tereré, incluso cuando el invierno se hace sentir. “Uno me dijo: ‘Con ese frío lo tomás tereré’, y yo le contesté: ‘Con ese calor lo tomás mate’”.
También disfruta mirar fútbol, boxeo y los noticieros. Durante el Mundial sufrió como cualquier argentino, aunque nunca perdió el acento paraguayo. Habla el guaraní, pero no les transmitió ese legado a sus hijos.
¿Hincha por Argentina?, le preguntó El Territorio. “Toda la vida, hasta la muerte. No soy argentino, pero vivo acá”, resaltó. Su admiración por Lionel Scaloni también aparece de inmediato y de él dijo: “Hay que jugar humilde. El técnico no es orgulloso, nunca se agrandó”.
Extrañar al instrumento
Hay un tema, sin embargo, que cambia el tono de su voz. Hace algunos años sufrió un accidente que le fracturó un brazo derecho y le dejó secuelas permanentes. Los dedos todavía responden, pero el brazo ya no acompaña los movimientos que exige el arpa. “Cuando tengo que mover el brazo queda loco”, describió
No necesita pensar demasiado cuando se le pregunta si extraña tocar como antes, una pregunta tonta, para ser sinceros. “Por supuesto, si a mí me gusta”, dijo. Entonces recordó a su hermano llegando con la guitarra para desafiarlo con las piezas más difíciles y comparó la disciplina de un músico con la de un deportista: “Así como cualquier profesional y futbolista tiene que ensayar todos los días, hay que ser dedicado”.
Mientras hablaba de su vida también reconstruyó la transformación de Loreto. Recordó un pueblo donde apenas había unas pocas casas, la cárcel, caminos de tierra por donde la niveladora pasaba una vez al año y noches en las que casi nadie se animaba a salir porque, según contaban los vecinos, el monte estaba habitado por la póra, es decir, fantasmas, espíritus. Relató historias de caballos invisibles, llantos de recién nacidos y presencias que todavía hoy asegura que no eran inventos. “No es mentira. Si vos no ves y escuchás el ruido, más vale que te va a asustar”, aseguró.
Su fe también cambió con los años. Contó que dejó de asistir a la Iglesia Católica después de un episodio que vivió durante el bautismo de uno de sus hijos y que nunca logró perdonar. Desde entonces encontró otra manera de relacionarse con Dios. “Mi cama ahora es mi religión. Me acuesto para dormir y le rezo a Dios y la Virgen María”, contó.
La conversación se acerca al final y Roque volvió, una vez más, al lugar desde donde parece haber construido toda su existencia: el trabajo. Incluso cuando habló de su jubilación lo hizo con ironía. “Cuando alguien me pregunta le digo que soy fusilado en lugar de jubilado. Una vergüenza decir jubilado”, sostuvo.
Se rió, pero enseguida aclaró que las cuentas alcanzan cada vez menos. Aun así, no piensa en vender las herramientas, los recuerdos o las cosas que fue comprando durante décadas de esfuerzo, aunque admite que nadie sabe lo que puede pasar mañana.
Aunque ya va a llegar a los 85 años, allí sigue viviendo el muchacho que salió de Ybycuí detrás de la música, aunque la vida lo haya convertido en techador, chacarero, empleado y padre de familia. Al escucharlo queda claro que nunca dejó de ser músico. Simplemente aprendió que algunas melodías también pueden tocarse trabajando.
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