Quedó viuda muy joven y crió sola a diez hijos

A los 97 años, demuestra que la longevidad también se cultiva

Cerca de cumplir un siglo, Belmira Fernández de Machado repasa su vida de trabajo en la chacra, su familia y los recuerdos de los primeros años de San Pedro
domingo 19 de julio de 2026 | 6:05hs.
Su familia lo es todo y hoy disfruta de pasar tiempo con los suyos. Foto: Carina Martínez
Su familia lo es todo y hoy disfruta de pasar tiempo con los suyos. Foto: Carina Martínez

Con los brazos abiertos, el mate sobre la mesa, un hablar que parece no conocer de tiempos y una sonrisa que parece contener casi un siglo de recuerdos, una mujer que roza los 100 años recibió a El Territorio y habló sobre su vida. Camina sin bastón, prácticamente no consume medicamentos y conserva una memoria que sorprende. A sus 97 años, Belmira Fernández de Machado disfruta de lo que más le gusta hacer: conversar. Cada respuesta llega acompañada por una anécdota, un consejo o una enseñanza nacida de una vida marcada por el esfuerzo, la fe y el amor por su familia.

Mientras muchas personas buscan recetas para vivir más años, ella parece haber encontrado hace tiempo su propia fórmula. No habla de tratamientos milagrosos ni de dietas especiales. Habla del trabajo en la chacra, de los alimentos que produce la tierra, del respeto por los mayores y de una fe que, según asegura, nunca la abandonó. Con la serenidad que sólo otorgan los años, resume toda una vida en una frase: “Yo soy la semilla de San Pedro”.

No es una expresión improvisada. Su padre fue uno de los primeros pobladores de San Pedro y ella nació cuando el municipio apenas comenzaba a crecer. Por eso cada recuerdo que comparte también reconstruye la historia y afianza el sentido de pertenencia. “Yo llegué en el vientre de mi madre. Mi papá era de los primeros antiguos. En ese tiempo no había médicos, era solo con Dios. Como Dios te proteja, vos vas a tener”, contó mientras volvió mentalmente a Zanja Seca, un paraje que hoy es conocido como Macaco, donde vivía antes de mudarse al casco urbano.

Aquella infancia estuvo atravesada por enormes necesidades. No existían las comodidades de hoy y cada alimento era fruto del trabajo familiar. Sin embargo, al recordar esos años no aparece la queja. Todo lo contrario. Belmira habla de aquellos tiempos con gratitud. “Nuestro pan era mandioca, batata, sopa de maíz verde, pero aquí estamos. Todavía quedamos unos cuantos de mi edad, gracias a Dios”, dice convencida de que esa alimentación sencilla y natural también forma parte del secreto de su longevidad.

La escuela rural donde cursó hasta quinto grado era de tablas, con una parte del piso de tierra. Los caminos eran apenas senderos y los médicos prácticamente no existían. La vida era dura, pero también estaba atravesada por una solidaridad que, según ella, hoy cuesta encontrar. Con apenas 16 años contrajo matrimonio. La felicidad duró poco. Quedó viuda siendo muy joven y debió afrontar sola el enorme desafío de sacar adelante a sus hijos en una época donde no existía ningún tipo de asistencia.

Lejos de victimizarse, recuerda esos años con una fortaleza admirable. “Fui mamá de diez hijos. Todos nacieron con partera y algunos los tuve solita. Yo misma me arreglé sola”, relató con una sonrisa que deja entrever el orgullo por todo lo que consiguió.

Nunca volvió a formar pareja en más de 47 años. “Otro lugar del papá de mis hijos no ocurrió. No nació ese hombre y no va a nacer más”, afirmó con una seguridad que emociona y reivindica al amor por siempre, al amor eterno.

La chacra fue el sostén de la familia. Allí produjo casi todo lo necesario para alimentar a sus hijos y aprendió que el trabajo siempre devuelve dignidad. “Crié a mis hijos con mandioca, batata, choclo, locro, porotos, comida de la chacra. El alimento que mi querida mamá me dio”, contó.

Todavía hoy, cuando siente ganas de revivir aquellos tiempos, pide que le preparen las comidas de su infancia, su preferida es el locro. “Cuando me dan ganas de comer esas comidas antiguas, ellos tienen que rebuscar y traerme. Quizás por eso yo vivo. Tengo 97”, sostuvo entre risas.

La conversación avanzó y los recuerdos aparecieron sin pausa. Entre ellos surgió una historia que todavía provoca carcajadas en toda la familia. Una de sus hijas nació un Domingo de Ramos, antes de que alcanzaran a terminar de cocinar un pollo que preparaban para el almuerzo.

“Mandé que el papá mate un pollo y cocine... pero ella no esperó, nació antes. Desde entonces no come carne de gallina”, cuenta como una anécdota divertida.

Más allá de las miles de vivencias, Belmira deja constantemente enseñanzas. Observa con tristeza algunos cambios que advierte en la sociedad actual y cree que el respeto fue uno de los valores que más se perdió con el paso de los años.  “Hoy los jóvenes sufren porque no respetan a mamá ni a papá. No se quieren, no se aman”, expresó mientras su semblante demuestra tristeza.

Sin embargo, su mensaje nunca parte del reproche. Siempre propone responder al mal con bondad y en eso manifestó está la clave para vivir muchos años. “No tomar mal por mal. Si alguien te tira una piedra, tírale una flor o una hoja y decile ‘que Dios te bendiga’”, aconsejó.

La fe atraviesa toda la conversación. No aparece como una obligación religiosa, sino como la fuerza que la sostuvo durante cada etapa de su vida. “Yo no soy una santa, pero mi fe es todo. Así como me enseñó mi fallecido padre, ante todo rezar un Padre Nuestro, un Ave María y todo sana”.

En su casa, que describió como un palacio, sus días se dividen entre los quehaceres diarios y una de las cosas que más disfruta a esta altura de su vida que es compartir tiempo con personas de su generación. “Me gusta hablar con las personas antiguas, recordar que a veces lloramos juntos y renovamos nuestro corazón”, dice llevando la mano al pecho como si pudiera acariciar su corazón.

Su legado no pasa desapercibido, en dos oportunidades recibió reconocimientos por su aporte al crecimiento del pueblo y ser una de las descendencias de pioneros que lleva latente el ímpetu de un futuro mejor.

Su historia refleja una realidad que viven cientos de adultos mayores de San Pedro. Muchos continúan activos en sus chacras, en pequeños emprendimientos o simplemente cuidando el patio de sus casas porque encuentran allí una razón para mantenerse en movimiento. Otros, aun con problemas de salud, siguen enfrentando cada día con una fortaleza admirable, aunque reconocen que el municipio todavía necesita más espacios recreativos, actividades y propuestas pensadas para la tercera edad.

Esta es apenas una de esas historias, pero representa a toda una generación que construyó San Pedro con trabajo, sacrificio y esperanza. Una generación que todavía tiene mucho para enseñar y que en cada palabra parece recordar que la verdadera riqueza nunca estuvo en lo material. Para Belmira, vivir mucho no consiste simplemente en sumar años. Consiste en conservar la capacidad de trabajar, agradecer, perdonar, compartir un plato de comida, abrazar a la familia y mantener intacta la fe. 

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