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Mbororé, la batalla que cambió la historia de América

domingo 14 de enero de 2024 | 3:50hs.
Mbororé, la batalla que cambió la historia de América

La batalla del Mbororé es un hecho histórico indudable, irreversible y de gran trascendencia para el devenir de los pueblos americanos que en aquel entonces constituían las regiones del Río de la Plata y del Perú.

Todo esto arranca de las pretensiones de los lusitanos o portugueses que se hallaban en la extremidad oriental del Nuevo Mundo y desde donde, a partir de 1530 -dice el canónigo Ludovico García de Loydi- Portugal inicia una lenta pero constante penetración en tierras que pertenecían a España por tratados preexistentes. Conquista favorecida en primer lugar, por el abandono que los castellanos hicieron de esas tierras y, en segundo término, por el constante accionar de los paulistas, también llamados "mamelucos" o "baindeirantes". Primero se hizo esa penetración desde las costas atlánticas hacia el oeste, al Paraguay. Luego al sur, hacia el Río de la Plata.

"Mientras los jesuitas organizaban sus reducciones en las provincias del Guayrá y sobre los ríos Paraná y Uruguay, un nido de halcones miraba hacia los neófitos de las mismas y las consideraba pichones que engrosaban para ser devorados por ellos, allá en San Pablo de Piratinga, en el Brasil a unas 800 millas de distancia, venía a la vida una comunidad extraña poblada primitivamente por aventureros y criminales portugueses y holandeses, llegó San Pablo a ser nido de piratas y hogar para los desesperados del Brasil y del mismo Paraguay" (Cunningham Graham en "A Vanis hed Arcaidia".)

Extraña población

San Pablo fue fundada originariamente por el padre Nóbregas, según algunos historiadores, o el padre Anchieta, según otros, ambos jesuitas. En un principio fue realmente "idílica", si nos atenemos a lo que afirma Furlong, pero, con el correr del tiempo, se transformó en esa amalgama de habitantes de todas las nacionalidades y de todas las cataduras, para pasar a ser, después de dos centurias, la próspera, moderna e industrializada ciudad de ahora. El lugar donde se fundó era, en el año 1553 una región fértil, de clima ideal. Allí se organizó una de las "reducciones" o aldeas indias propias de los jesuitas. Pero en los años sucesivos fueron invadiéndola inmigrantes europeos; portugueses, españoles, italianos y hasta holandeses. Y así dejó de ser una reducción de indios para transformarse en una Babel.

Como se hallaba alejada de Río de Janeiro, esta circunstancia permitía que fuera refugio de gente de toda laya, como la que puede albergar una ciudad con el mar al frente y la selva en la espalda. Proliferaron rufianes malevos de toda índole. Todo lo que Europa tenía de rezago y todos los que huían de la justicia, encontraban allí la impunidad.

Pero no hay que buscar solamente en este hecho la explicación de lo después sucedió. Es decir, la penetración a sangre y fuego de las verdaderas fuerzas expedicionarias en tierras que pertenecían a España de acuerdo al tratado de Tordesillas. Es evidente que existían propósitos no confesados, pero si prácticos, en el sentido de ese avance, que estuvo a cargo de las célebres "bandeiras" o "malocas", formadas por todos estos elementos a los que se agregaron después contingentes de indios tupi, constituyendo ejércitos numerosos y bien pertrechados con armas de fuego, lanzas y flechas.

Cierto que los españoles, con el abandono de esas tierras, ofrecían la coyuntura necesaria para esas invasiones. En efecto, España no llegó nunca a tomar posesión efectiva de todo el territorio que le pertenecía según el tratado de Tordesillas. Y fueron los jesuitas los únicos defensores del territorio hispano, junto con los indios guaraníes y, esa enconada y heroica defensa, que tuvo su instante de epopeya en la batalla de Mbororé, frenó sobre el río Uruguay, la inexorable expansión de los portugueses desde el oriente.

El baluarte

Por eso Mbororé es el verdadero bastión de la raza hispana. De no haber mediado esa heroica defensa del suelo nativo por los indios seguramente estas tierras serían ahora dominio extranjero y no argentinas pues hubieran escapado a la influencia hispana para pertenecer a Portugal. No hay que olvidar que todas las tierras que fueron tomadas por las "malocas" y que pertenecían a los españoles, no fueron devueltas jamás y constituyen hoy una inmensa extensión de Sud América.

Los portugueses -dice Furlong- dueños de una estrecha franja costera que no llegaba a ser sino una cuadragésima parte de lo que hoy es Brasil fueron avanzando de continuo en dirección al poniente, llegando así a hacer conquistas inmensas en lo que era territorio español.

Claro que las reducciones que los padres jesuitas habían fundado en ese vasto territorio, fieles al rey de España eran un verdadero freno a las tratativas de expansión de Portugal y un serio obstáculo para sus ambiciones más ardientes: la posesión del Río de la Plata.

Toda Sud América

Causa asombro que ese fuera el propósito de los paulistas, pero existen testimonios de la época que así lo corroboran. Dice el canónico Ludovico García de Loydi: “el padre Ruiz de Montoya, en memorial presentado al Consejo de Indias en 1644, solicitando se permitiesen armas de fuego a los indios misioneros. Afirmaba, apoyándose en papeles auténticos y cartas de la Audiencia de Charcas, que las miras del lusitano eran llegar hasta el Perú, apropiándose de todos los territorios intermedios".

 Y corroboraba esa afirmación agregando: "Que la misma ciudad de Asunción corría peligro de perecer en este avance perpetuo de aquellos audaces invasores, como habían perecido no mucho antes las ciudades de Guayrá Villarica y Santiago de Jerez."

A su vez, Arredondo recordaba a su sucesor diciéndole “que las miras de Portugal se han dirigido siempre a hacerse dueño del continente y avanzar después hasta el Perú”… “sistema que desde el principio de la conquista formaron con tanto ardor e injusticia”. “Estas provincias son el blanco a que hacen su tiro desde principio del siglo XVI, sin que los haya cansado la fatiga”.

El ejército indio

Fue entonces que se advirtió la necesidad de que los indios guaraníes de las reducciones poseyeran y manejaran armas de fuego, pues venían a ser los naturales defensores de los intereses de los españoles, que eran los suyos propios, pues ésta era su tierra y sus cuerpos los que se veían amenazados por el invasor y depredador paulista.

Los jesuitas enviaron entonces un comisionado a la Corte, con el objeto de conseguir ese permiso, que realmente se venía gestionando desde 1627 en que tal proposición se había hecho a la Real Audiencia de Charcas y al General de los Jesuitas, proyecto que fue aprobado, si bien el último estimaba que los padres jesuitas no debían ser capitanes de las tropas, ni podrían empuñar arma alguna.

Escribe así el general de los jesuitas: "Lo que la Real Audiencia y los Padres Provinciales Nicolás Durán, Francisco Vázquez Trujillo y V. R. sienten, de que conviene que los indios de las reducciones resisten a los portugueses y no se dejan llevar como corderos de los lobos, bonísimo dictamen, el mismo tengo yo, y pues es de notarse, a ellos les es lícito usar los medios proporcionados y a nosotros el aconsejársele alentándolos, animándolos y esforzándolos, y esto nunca lo he prohibido. Lo que pretendo es que los nuestros no se hallen a la ejecución del negocio ni sean como sus capitanes en las armas. Pueden industriarlos y guiarlos a los indios más ladinos y prácticos, y si hubiese algunos españoles o nacidos en este reino, sería a propósito para que los impusiese para la acción. Que bien me persuado que si alguna vez experimentasen que había dificultad en llevarse a los indios y que se ponen a riesgo de un gran trabajo y de perder la vida, que dejarían la empresa constándoles de la resistencia”. (Leonhart Cartas Anuas II, 612, citado por Furlong).

Bien se verá que los padres cumplieron la orden de su General, pues que se sepa, nunca empuñaron las armas ni estuvieron directamente al frente de los batallones. Pero no hay duda que la estrategia, la táctica, la conducción en general de las acciones fueron trabajo de la madurez y capacidad de hombres acostumbrados a otras disciplinas y a distinta capacidad intelectual que la de los caciques indios. Pero deber es reconocer que las fuerzas de las circunstancias obligaban a esa resistencia después de haber fracasado toda otra forma de defender, no sólo el patrimonio hispano sino la inmolación de tantas vidas humanas, que era lo que costaba cada "maloca".

Las narraciones de los testigos presenciales del proceder paulista en estas cacerías de hombres, son verdaderamente aterradoras. "Yo vi, escribía el padre Maseta, a una niña de cuatro años arrojada en el campo, machucada la cabeza, y que en las acciones en que estaba el cuerpecito, retorcidos los pies y los brazos, daba bien a entender la cruel muerte que había dado a tan flaco e inocente sujeto".

Era pues necesaria la organización del ejército indio, y éste se formó, porque el permiso del uso de armas por parte de los indios se demoraba ya que el padre Montoya, comisionado a tal efecto, encontró obstáculos para la provisión de la orden que se dio recién en 1643.

El tiempo urgía

Los preparativos de los paulistas para nuevas y devastadoras malocas eran conocidos y entonces el ejército indio se formó con la ayuda del gobernador de Buenos Aires, que evidentemente sentía el apremio de la defensa. Se consiguieron arcabuces y municiones. Se fabricaron cañones de caña de bambú o tacuaruzú (como dicen en la región) forrados de cuero.

Para fabricar las balas de los cañones se montó una fragua en Concepción de la Sierra. Un hermano coadjutor, de nombre Domingo de Torres que había sido soldado en Chile, enseñó el manejo de los arcabuces al futuro soldado guaraní que, como ya veremos, resultó un esforzado y valiente guerrero, defensor de su misma libertad, vida y solar nativo.

También hay otro veterano como instructor de los indios. Es el hermano Antolín Bernal, que también participara en las guerras de Chile y que tenía a la sazón más de sesenta años. Había venido especialmente de Buenos Aires con el padre Díaz Taño para organizar la resistencia.

Caazapá Guazú

 A principios de 1639 se libró el combate de Caazapá Guazú y fue la primera victoria importante de los catecúmenos guaraníes bajo la dirección de los padres jesuitas y los hermanos coadjutores.

La "maloca" invasora fue destruida por una fuerza de 1.500 guaraníes que mataron a nueve paulistas e hirieron a muchos más, consiguiendo liberar a dos mil indios que estaban ya capturados y listos para ser enviados a Brasil.

En la acción pereció el padre Diego de Alfaro, víctima de un lusitano que se hallaba escondido en una casucha. Pero el triunfo fue de los guaraníes, como ya se dijo.

La batalla de Mbororé

En el período de 1639 a 1641, es decir desde la acción de Caazapá Guazú hasta Mbororé, no hay datos de la entrada de ninguna otra "bandeira" en territorio jesuítico. Era indudable que se estaba organizando otra expedición y bien reforzada, en vista de la disposición de los padres y sus catecúmenos de ofrecer resistencia.

El padre Taño, que se halla en Río viniendo de Roma portador de un breve papal por el que se excomulgaba a los cazadores de indios (lo que fue resistido y el Colegio de los Jesuitas apedreado), se enteró de los preparativos bélicos y se puso en marcha en seguida hacia Buenos Aires para prevenir de la inminente invasión. Llegó a tiempo y fue cuando se aceleraron los trabajos para la organización del ejército indio. Se consiguió poner sobre las armas a 4.000 indios, de los cuales más de 300 poseían armas de fuego y contábase también, como ya dijimos, con algunas piezas de artillería, hechas de caña de bambú recubiertas de cuero.

Era tiempo, pues la "maloca", al mando del comandante Gerónimo de Barros, había llegado en diciembre de 1640 a la margen derecha del río Uruguay, donde hicieron campamento.

Dicen los documentos jesuitas que la "bandeira" se componía de 400 portugueses con armas de fuego, muchos mestizos, mulatos y negros, a más de 2.500 indios tupís arqueros. Por su parte, el padre Teschauer, citando otras fuentes, dice que los mamelucos eran de 500 a 600, con más de 4.000 tupís en 700 canoas que tenían preparadas en las márgenes de los ríos.

La gran lucha

Un documento de la época dice así: "Insigne victoria que alcanzaron nuestros indios de los enemigos de San Paulo"... "Traxeron nuevas nuestros espías y... baxaban por el río Uruguay un gran exército de cuasi cuatrocientos portugueses y dos mil setecientos tupís... se tocó al arma en las principales reducciones se convocaron con presteza cuatro mil y doscientos indios de guerra... en Embororé, que está... del Acaraguá donde estaba alojado. Salió este del dicho puesto con gran orgullo y gritería, con más de trescientas canoas que llenaban todo el río, apellidando victoria según bogaban ufanos... delante venían a buena distancia cuatro canoas nuestras espiando sus designios, hasta que a boca arrancada, volaron a toda prisa a dar aviso tres cuartos de legua del Mbororé donde estaba aloxado nuestro exército. Deste salieron cinco canoas ligeras y bien armadas a desafiar animosos los contrarios. A competente distancia don Ignacio Abiarú les requirió ... que... no pretendían más que defender su libertad, iglesias y padres. Nuestros soldados que estaban en las demás canoas, impacientes ya de la dilación de la guerra se metieron entre las del enemigo con una bala en la que iba un tiro pequeño de artillería y enarbolando un estandarte con la imagen del Apóstol del Oriente, San Francisco Xavier... dispararon en tan buena hora que echó... a pique tres canoas del enemigo, con muerte de dos portugueses y algunos tupís de los que traían... acudieron luego veloces las demás canoas nuestras con la arcabucería y hicieron notable estrago en el enemigo, el que intentó acometernos por tierra, lanzando en ella a gente de siete canoas, pero salieron de emboscada al encuentro veinte mosqueteros de nuestros indios que al primer acometimiento derribaron dos de San Paulo y los demás se retiraron temerosos de su daño. Pero aviendo saltado en tierra sin ser sentido, el otro mayor grueso del exército enemigo, se trabó una tan sangrienta batalla que duró hasta la noche que con sus tinieblas sólo pudo departirlos, quedando muertos doce portugueses de su parte, con muchísimos tupís, y del nuestro solo tres, con algunos pocos heridos. Casi la misma suerte ambos exércitos otra vez (y aún tres), que se enfrentaron por tierra, siempre con pérdida considerable del enemigo hasta obligarle a pedir tregua por carta, respondiendo los nuestros indios con balas (pues no merecía otra cosa su sacrilego atrevimiento, confirmado con invasiones repetidas tantos años). En este estado se hallaban las cosas de esta batalla que un día después de estos sucesos se armó en las nubes una horrible tempestad que descargó sobre los nuestros al tiempo que estaban haciendo una contrapalizada para obligar al enemigo que cediese, pero ellos, aprovechándose de la ocasión se fueron huyendo y metiendo a gatas por la espesura de un bosque que tenían cerca. Advirtiendo los nuestros la fuga... fueron tras ellos y a distancia de una legua que solamente anduvieron por ser insuperables las asperezas del bosque, les dieron alcance y cercaron y teniéndoles así toda la noche, les dieron el más cruel Santiago que vieron jamás aquellos montes: duró la batalla hasta las dos de la tarde... viendo que entre la espesura de este bosque no podían jugar las armas, vinieron a las manos, pero con mejor fortuna de nuestros indios, pues mientras murieron solo tres, con cuarenta heridos, el daño que sufrió el enemigo fue, sin comparación, mayor pues quedó todo el bosque lleno de cuerpos muertos, principalmente de los indios tupís."

El documento dice más adelante que: los indios guaraníes no terminaron con todos por cansancio, pero la derrota fue tremenda. Y según refirieron personas venidas del mismo Brasil a Buenos Aires, faltaron 120 portugueses y casi todos los tupís, por haber muerto en la batalla o comidos por los tigres al regreso y luego una gran tempestad de piedra sembró la desolación y desamparo nuevamente en los campamentos. Muchos tupís huían y se pasaban a los padres, que los bautizaban. (Padre Pastels, 'Infor- me elevado al Padre Provincial Lupercio Zambrano, sucesor del Padre Diego de Boroa, al M.R.P. Mucio Viteleschi General de la Orden').

Otra versión

En Misiones y sus pueblos guaraníes Furlong dice: “La batalla de Mbororé fue la primera de los fastos navales argentinos. Gracias a los espías, llamados entonces bomberos, los jesuitas de las reducciones supieron que a principio de 1641 que Uruguay arriba los bandeirantes Jerónimo Pedroso de Barros y Manuel Pires preparaban innumerables barcazas para invadir pueblos misioneros. Como ha expuesto Jaeger, querían borrar la ignominia de las derrotas de 1639 y echar más accidente al odiado español; querían además aprovisionarse de indios para su pingüe comercio humano. Los jesuitas contaban a la sazón con 4.000 combatientes, 300 de los cuales tenían armas de fuego, pero incrementaron cuanto les fue posible ese ejército e hicieron construir barcos y canoas de variada índole; fortificaron además un punto adecuado sobre la margen derecha del río Uruguay, un poco al norte de San Javier, junto al río Mbororé, actualmente llamado Acaraguá. Tenían noticias de que los enemigos se acercaban y en los primeros días de marzo de ese año 1641 estaban los soldados de infantería dentro de la empalizada o fortaleza y marinos en sus barcos y botes. El viernes 8 de marzo se acercaron cien barcos paulistas y les salieron al encuentro treinta barcos misioneros con 250 indios, con el objeto de hacer que viraran cerca de la costa occidental, para allí acribillarlos por los soldados de tierra. La lucha duró dos horas, con grandes pérdidas enemigas. Estos, muy a pesar suyo, tuvieron que reconocer que los indios no eran los indefensos de años atrás. El lunes 11, el padre Romero alma de aquella resistencia, había tripulado setenta barcos con abundantes soldados, de los que cincuenta eran arcabuceros. El jefe de todos ellos era el cacique Abiarú. El hermano Domingo de Torres comandaba la tropa terrestre. Y Abiarú, que iba en un barco con parapeto y con un cañón abrió el fuego."

"Tres naves paulistas se fueron a pique y la batalla se inició con furor. Los tiros eran abundantes de una y otra parte, con evidente superioridad misionera. Trató entonces Pedroso de Barros de envolver a la escuadra guaraní y con sus hombres lo obtuvo por unos minutos, pero fueron arrojados bien pronto a sus posiciones y obligados a aproximarse a la estacada desde la que los indios misioneros los barrieron con sus armas. Alejados de la costa los bandeirantes, las 130 barcas y canoas de los mismos, tripuladas por 300 blancos y 600 tupís, entraron en la lucha contra los 70 barcos misioneros tripulados por 300 indígenas". "Habiendo perdido 14 barcos y con no pocos muertos y heridos, se retiraron a la costa oriental los bandeirantes. Pretendieron allí fortificarse, pero acosados por los indios, escribieron a los jesuitas una carta llena de sentimentalismos, reconociendo su error y pidiendo que no los acosaran más.

El padre Ruyer, buen testigo de los sucesos, asegura que sólo pretendían ganar tiempo para caer, mejor equipados, sobre los misioneros.

"Al recibir esta misiva, el padre Romero manifestó a los indios su contenido y la rompió en pedazos, a la vista de todos. Volvióse a la lucha el día 13 de marzo y los reveses de los bandeirantes fueron terribles y aún en la noche de aquel día, los indios misioneros los acosaron ferozmente. Quisieron entonces los enemigos parlamentar, pero viendo que ni esa gracia se les otorgaba, se desbandaron por aquellos campos, perseguidos tenazmente por los indios de las misiones."

"Tal fue la gran victoria de Mbororé, cuyas consecuencias fueron muy grandes y cuya repercusión llegó hasta la Corte, donde el rey dispuso un acto de culto en el que se dieron gracias a Dios por tan insigne victoria."

La historia patria hasta ahora no registra como es debido, este momento crucial, ya que, si no eran contenidos los invasores en su camino al Río de la Plata, el curso de la historia podría haber variado fundamentalmente, y estas tierras no conocerían tal vez el idioma español, ni la bandera argentina sería su pabellón. Y, lógicamente, no podría haberse dado la formidable epopeya de San Lorenzo, Salta, Tucumán, Chacabuco, Maipú, Ayacucho, etc....

 

Salvador Lentini Fraga

Artículo publicado por primera vez en 1970 en la revista Apuntes. Lentini Fraga fue periodista, poeta e historiador. Nació el 19 de septiembre de 1915 en San Javier y falleció el 16 de abril de 1972 a los 56 años. Trabajó en El Territorio.

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