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Los Pibes de Malvinas

domingo 31 de marzo de 2024 | 3:50hs.
Los Pibes de Malvinas

La familia en plenitud aferra sus ojos a la pantalla. Cada integrante toma posesión de su lugar respetando la inquebrantable cábala que abraza el folklore futbolero. Los nervios y la histeria colectiva no fueron invitados a presenciar la final de la Copa del Mundo, sin embargo, su visita opresora en el almuerzo dominguero es inevitable.

Osvaldo, un veterano de guerra de Malvinas, no esconde su ansiedad. Envuelto en una bandera celeste y blanca con la estampa de las Islas, sienta sus inquietos ánimos en el sofá. Entusiasmado, hace un comentario cargado de nostalgia:

-Un día 18 los pibes de la selección van a jugar la final. Casualmente también un 18 los pibes del regimiento desembarcamos en Puerto Argentino. Elijo creer. Es una señal.

-¡Si amor, seguro que lo es! -responde Daniela, su esposa, mirándolo con una sonrisa y acariciando suavemente su mano derecha.

Los planteles de Francia y Argentina ingresan al césped de Doha. El cántico “muchachos” estremece cada sector del Estadio Lusail y se replica a viva voz rápidamente por el mundo en bares, plazas, clubes, restaurantes, hoteles, playas, avenidas y millones de hogares. La música de la banda La Mosca, con la letra creativa de Fernando Romero, es una carta de presentación nacional, un grito de guerra para nuestros gladiadores, un fenómeno sonoro que superó las diez millones de reproducciones en Spotify en pocas horas y que se ha convertido en el “hit” del mundial: “En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel, de los pibes de Malvinas que jamás olvidaré…”, se escucha una vez más en Qatar.  El ex combatiente suspira profundo, su patriotismo lo excede y las lágrimas se dejan ver sin inhibiciones. Sabe perfectamente que pertenece a esa generación de jóvenes soldados que combatieron en las Islas, a esa legión de pibes valientes que cargaron el fusil en una guerra injusta, improvisada y carente de estrategia militar, a ese puñado de “gurises” que estuvieron apostados en  pozos de zorro precarios padeciendo hambruna y frío, a esos obedientes “changos” que gritaron con coraje en las noches iluminadas por  morteros “las Malvinas son Argentinas”. El amor a su patria los coronó de honor elevando sus nombres al mayor grado de reconocimiento de una sociedad: héroes.

-Disculpen que me emocione -dijo Osvaldo entre sollozos-. Los pibes de la selección lograron unir a la sociedad. Igual que nosotros, porque nuestra lucha por Malvinas es de todos los argentinos. Esa canción que hoy corean chicos y grandes  nos reivindica. Su rodaje es una caricia al alma y es el mejor homenaje para quienes cayeron en combate.

Daniela lo abraza. Conoce al detalle los padecimientos de su marido quien, semanas antes de cumplir diecinueve años, fue convocado a servir a la Patria. Durante su estadía bélica en el pequeño archipiélago del Atlántico Sur, ella le envió más de una docena de cartas que lo contuvieron emocionalmente. Un bálsamo de esperanza para quien, agazapado como un puma, divisaba diariamente a la muerte en el frente de batalla.

-Durante la guerra también se jugó un mundial. ¿Sabían? -comentó Osbaldo con voz quebrada-. En España. Fue el primer mundial del Diego. Nosotros nunca nos enteramos. Claro, si estábamos peleando por nuestras Islas. Hoy el fútbol nos obsequia este reconocimiento. Ojalá levantemos la copa para alegría del pueblo.

El Partido fue más que emotivo y no apto para hipertensos. El segundo gol de los franceses arrojó el apetito de los comensales al Río de la Plata. El exquisito menú perdió protagonismo frente al dinámico match.

En el tiempo de prórroga el sufrimiento subió de voltaje. Los latidos se podían escuchar a kilómetros. Sin embargo, un contragolpe  del equipo nacional le devolvió la ilusión a todos. El gol de Lionel Messi despertó delirios en masa.

-¡Vamos Argentina! -Gritó Osvaldo apretando sus puños-. Tres goles en la final del  mundial 78. Tres goles en la final de México 86. Tres goles en esta final. Y vamos rumbo a la estrella número tres. ¡Es una señal amor! Y eso que no mencioné que combatí con el Regimiento de Artillería 3 de Paso de los Libres. La copa tiene que ser nuestra. Hay señales claras.

-¡Si amor, claro que sí!

Tras el empate de Francia, los penales pintaron el cuadro de sufrimiento más vasto en la historia del fútbol argentino. El cincuenta por ciento de los televidentes apartó los ojos de la pantalla y activo los censores auditivos. Con la definición de Gonzalo Montiel, otro lienzo se confeccionó, que incluyó trazos gloriosos de una nueva estrella y cientos de pinceladas poco sensatas. Una obra de arte nacional de locura y llantos sin precedentes.

Los vecinos del barrio salieron a festejar alborotados.  El lugar de concentración fue la casa de Osvaldo. Ni bien abrió el portón, al pibe de Malvinas lo embrollaron en abrazos. Su humanidad fue llevada en andas por un torrente de bullicio. En esta Copa del Mundo ellos también jugaron.

No lo busques en el busto de una plaza ni en los libros de historia. Los pibes de Malvinas están a cuadras de tu casa, son tus vecinos y se merecen respeto y admiración.

¡Honor y Gloria a nuestros héroes en los 40 años de la Gesta!

 

 Juan Marcelo Rodríguez

 

El relato forma parte del libro "La Tercera Estrella". Escrito en homenaje a los caídos y veteranos de Malvinas. Rodríguez ha publicado además Cuentos con Esencia Misionera y Poemas con Esencia Misionera

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