martes 16 de abril de 2024
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De Yaguarazapá a Piray Guazú

domingo 10 de marzo de 2024 | 3:50hs.
De Yaguarazapá a Piray Guazú

La vuelta a la costa se efectuó del mismo modo. El Decauville rodó por sus rieles, la mayor parte del tiempo sin necesidad de mulas, porque el terreno tiende siempre a bajar hacia ese lado.

Cerca ya oímos varias detonaciones. Se estaba pensando en prepararnos un plato más para nuestro almuerzo; un buen número de loros cayeron a los tiros y la cacerola se encargó de transformarlos en sabroso guiso; a falta de papas, la mandioca las reemplazó.

A la tarde, al lado mismo de los galpones del aserradero, hicimos unos sondajes en el suelo, enterrando repetidas veces verticalmente un machete, y tuvimos la suerte de volver a hallar algunos ejemplares de la cerámica de los antiguos habitantes del Alto Paraná.

Era una urna grande con su correspondiente tapa, bastante tosca, de forma cónica y de base convexa, de 0,33 de altura y de un diámetro en la boca de 0,42.

Las paredes están cubiertas por un dibujo simple de líneas rayadas en sentido diagonal.

Dentro de esta urna hallamos dos más pequeñas, una baja y con una faja blanca alrededor de la zona superior cerca del borde, sobre la cual se ven aún rastros de un dibujo negro, en forma algo parecida a una guarda griega.

Esta se hallaba boca abajo tapando otra más pequeña, casi esférica y cubierta de un dibujo, resultado de numerosas impresiones de uña.

La colección aumentaba y todos estábamos de felicitaciones.

El resto de la tarde lo empleamos en liar nuestros equipajes para hallarnos prontos al día siguiente, a fin de seguir nuestro viaje aguas arriba hasta el puerto de Piray Guazú, desde el cual debíamos internarnos hasta el corazón de Misiones a la aldea de indios kaingángues, cuyo estudio etnográfico me tenía hacía tiempo preocupado.

A la noche llegó el vapor Ayacucho visto desde la casa del Dr. Bertoni; mientras se acercaba, parecía un castillo de fuegos artificiales. De su alta chimenea un volcán de chispas se escapaba abundante y sin cesar, chispas que viboreaban en el aire en todas direcciones produciendo un maravilloso efecto.

Para no perder tiempo esa misma noche embarcamos todo, y después de despedirnos de nuestro amable huésped y de su familia, nos fuimos a dormir a bordo, armando nuestros catres sobre la cubierta del Ayacucho, oyendo el murmullo de las aguas del Paraná en medio de su faz límpida y anchurosa, cubiertos por ese cielo peculiar de los trópicos, azul profundo, lleno de millones de estrellas; envueltos por el pálido resplandor de la luna que veíamos a través de las copas de algunos corpulentos árboles, rodeados por el silencio imponente de la naturaleza dormida, pasamos un gran rato antes de cerrar los ojos.

No por mucho madrugar amanece más temprano, dice el proverbio, y esto muchas veces resulta cierto: temprano todos estuvimos en pie, el fuego se encendió en un momento, las calderas con su ruido peculiar del vapor que se escapa nos indicaron que cuando quisiéramos podíamos marchar, pero toda nuestra buena voluntad de partir se estrellaba con un inconveniente que no estaba en nuestros cálculos: la niebla.

Un tul opaco e impalpable nos envolvía, cubriendo al río, las costas y todo, a cuyo través nada o casi nada se alcanzaba a distinguir, a no ser masas oscuras e deformes, las que no podíamos tomar en cuenta para nada.

Ese ambiente húmedo persistía con tenacidad, sin quererse resolver, dando una nota de tristeza al conjunto frío que nos rodeaba.

A fin de esperar mejor, tomamos mate, gran expediente para matar el tiempo y fortificarnos un poco, haciéndonos echar de menos el peso de los dos ponchos que nos habíamos puesto para contrarrestar los efectos del fresco agudo de las mañanas misioneras.

Las nieblas en el Alto Paraná se producen casi todo el año de mañana, acentuándose más en los meses de invierno.

Un baqueano me refirió que cinco años atrás, viajando con el vapor Caremá, en la cancha de Ñacánguazú, la niebla duró hasta la una de la tarde, hora en que recién pudieron marchar para fondear de nuevo a las cinco. Esto sucedía en el mes de junio: en ese mismo viaje, en la de Iroy Guazú, duró la cerrazón hasta las nueve de la mañana.

Paulatinamente, como un telón de teatro levantado muy lentamente, la niebla fue disipándose, mostrándonos primero la superficie del río, luego el pie de las barrancas y poco a poco los árboles de aquellas.

Aquel cortinado de tenue gaza seguía subiendo despacio, arrancando el tono gris que cubría los objetos hasta que como encanto se disipó; mientras el sol radiante invadía con sus rayos de fuego, incendiando los colores y bruñendo la superficie líquida que culebreaba delante de nosotros.

El silbato del vapor saludó. Desde lo alto de la barranca, el doctor Bertoni y su familia nos respondieron, y el Ayacucho largando sus amarras, tomó dirección aguas arriba al compás de los paletazos rítmicos de su potente hélice.

Sobre cubierta todo era animación, las libretas funcionaron de nuevo tomando abundantes notas, y después del lavaje reglamentario matutino, nuestro cordón bleu se puso a la obra aderezando un magnífico pacú y unos bagres que con habilidad había pescado en Yaguarazapá.

A poco más de una legua y media adelante fondeamos en el Puerto de Tabay, costa argentina, punto importante en la navegación del Alto Paraná, por ser la boca de la picada que conduce a los yerbales de Campo Grande y por el cual se hace la exportación de la mayor parte de las yerbas que se cortan en ellos.

Una larga picada, muy mala en general, se internaba hasta Campo Grande o Ñu-guazú, que es su nombre en guaraní.

Los yerbales de Campo Grande están en su mayor parte destruidos, pero más adelante se hallan los otros abundantes del Yerbal Nuevo, que es donde se trabaja actualmente, unas quince leguas al NE.

En el capítulo X he dado ya las razones principales del por qué esos grandes yerbales han sido destruidos, y del vandalismo que ha concluido con ellos, privando a Misiones de un producción anual de 100.000 arrobas de yerba que ya se han perdido para no recuperarse más.

Esperamos que las nuevas disposiciones que se han tomado, tendentes a facilitar su corte, y poniéndolo al alcance de todos los trabajadores, salven del destrozo los yerbales que aún quedan en el corazón de Misiones.

Esto, unido a la buena voluntad y previsión de algunos vecinos que se dediquen a hacer plantaciones de este precioso vegetal, dentro de pocos años, quizás tendremos en aquel territorio aumentada la producción como merece.

Por los últimos datos que poseo, muchos pobladores radicados ya definitivamente en los centros poblados y mensurados por el Gobierno, han empezado a hacer plantaciones no despreciables de yerba, valiéndose principalmente del trasplante de las plantitas huachas.

Nunca me cansaré de repetirlo: el porvenir de Misiones está en sus cultivos y, entre ellos, el principal debe ser el de la yerba mate, cuyos resultados dejarán a quien lo emprenda pingües ganancias.

Terminado el ferrocarril a Posadas, muchos propietarios de grandes extensiones podrán cómodamente visitar sus latifundios, y entonces, conociendo de visu aquella maravillosa región, se darán cuenta de la importancia de lo que dejo dicho y procederán a hacer algo por el progreso de Misiones.

Tabay quiere decir ‘pequeño pueblo', y el origen de esta palabra se debe a que los jesuitas fundaron allí una pequeña reducción de indios. Según me dijeron, se hallan cerca unas pequeñas ruinas, que no visitamos por no perder tiempo y porque no valían la pena de verse.

Continuamos nuestra marcha aguas arriba.

El río sigue estrechándose, tomando cada vez más su carácter salvaje e imponente.

Las costas se elevan con su estupenda vegetación cargada de parásitos. En la Argentina, a retazos predomina el mamón, ambayo yarazatiá con sus troncos grises, y sus copas llenas de hojas plateadas, que resaltan curiosamente del fondo verde obscuro de los demás árboles.

Varias canchas vamos dejando atrás, la de Cuñapirú, (mujer flaca), Capioví, cuyos verdaderos nombres, según el doctor Bertoni, son Güêêy y Aguapé (camalote pequeño) y la de Pirayuí (del Dorado). En algunas de estas hay establecidos varios obrajes de madera que aparecen como una mancha clara, rompiendo la monotonía de las costas.

Por fin fondeamos en la de Mbopicuá (cueva del murciélago), sin atracar a la costa, para evitar la visita nocturna de algún felino hambriento.

El tema de la conversación rodó esa noche sobre estos animales. Una gran cantidad de hechos acaecidos salieron a relucir, de avances y saltos audaces de tigres dentro de las embarcaciones que habían tenido la imprudencia de atracar a la costa, cuentos todos que nuestro baqueano, un siciliano, antiguo marino del Alto Paraná, nos refería con detalles y colores demasiado vivos.

Don Salvador, que así se llama, como buen meridional, era sumamente supersticioso y no sólo poseía el caudal de creencias que había importado de su tierra, sino otro mayor aún adquirido en su larga estadía en el Alto Paraná, en donde, además de las innumerables leyendas guaraníes, no faltan tampoco las brasileras, de modo que los caiporas, los yaci yeterés, los fantasmas diversos y demás representantes del pintoresco Folklore le eran bastante familiares.

Después de comer, rodeando la mesa bajo la toldilla del Ayacucho, en medio del silencio solemne de esas noches tan espléndidas, y alumbrados por la luz mortecina de un farol, oíamos con placer perorar a nuestro don Salvador, sobre las hazañas de los tigres y otras cosas por el estilo, con el laudable propósito de matar el tiempo.

En el momento culminante de una escena horrible que nos refería, sentimos sobre la cubierta metálica del Ayacucho el ruido de un cuerpo pesado que se desplomaba, y un barullo de algo que se debatía furiosamente.

Como por un resorte nos pusimos de pie, y al mismo tiempo, revólveres, cuchillos y otros aparatos ofensivos se vieron relumbrar en las manos de todos, mientras rodaban por el suelo las sillas y taburetes.

Una carcajada unánime rompió la solemnidad de nuestra actitud bélica al ver aparecer al cocinero con un magnífico armado que acababa de pescar.

Amaneció otra vez con fuerte niebla y con mayor frío que en Yaguarazapá.

Cuando escampó, continuamos nuestro viaje, entrando en la gran cancha de Pai Curuzú (Cruz del cura) una de las más largas.

La navegación es fácil porque tiene pocas piedras y la máquina potente del Ayacucho puede hacernos ganar mucho camino sin grandes cuidados.

El río hace una gran vuelta dirigiéndose del Este al Norte, formando la cancha de Carú abapé. En este viaje, he podido una vez más asegurarme de que este es su verdadero nombre, debido a un arroyo que desemboca sobre la costa argentina, y no el de Carú aguapé como erróneamente muchas veces se escribe.

La navegación se hace más difícil, necesita de mayores rodeos y zigzags para salvar algunas piedras y las fuertes caídas de agua.

A la altura del arroyo Tembey (del labio) el río vuelve a tomar rumbo Este y se entra en la gran cancha de San Rafael.

Después del Tembey se encuentra el arroyo Yatítay o del caracol, cuyo nombre es debido a una gran caída de aguas que producen grandes remolinos sobre el río, los que debemos cortar.

El agua presentaba un aspecto aceitoso de un verde especial, girando con gran rapidez en muchos puntos diversos, como si hubiera sido una inmensa marmita en que la hubieran estado hirviendo.

La causa de estos remolinos es la desigualdad del fondo por las grandes piedras que hay, contra las cuales choca esa gran masa de agua, que bajando tiene que torcer violentamente, entrando en un saco que forma la costa paraguaya en la desembocadura del Yatitay.

El Ayacucho con su quilla afilada, cortaba los remolinos, pero estos, actuando sobre los costados de ella, lo hacían rolar con fuerza y ese balanceo unido al ruido característico del agua revuelta tenía algo imponente, tanto más si se tenían en cuenta los esfuerzos del baqueano en el timón para poder conservar el gobierno del buque.

Esta cancha de San Rafael es el principio de una serie de otras bastante bravas, abundantes en piedras, remolinos y caídas de agua y, sobre todo, de mucha corriente, dado lo encajonado del río.

Al entrar en la cancha del Paraguay, el río da vuelta al Sur concluyendo el gran seno que ha empezado a hacer en Caru-abapé.

Al enfrentar la boca del río Paranay, que corre en el valle del mismo nombre, cuyas cabeceras empiezan en la campiña de Fracrán (127), en el interior de Misiones, una de las corrientes de agua más grandes que posee el territorio, los remolinos son muy fuertes, causados por un gran banco de piedra que se halla colocado cerca de la costa argentina.

El río toma la dirección Este; más adelante la abandona y toma por un trayecto N derecho, en el punto llamado Mbay buzú (remolino feo), cuyo nombre se debe a otro banco de piedras, un verdadero paredón sumergido del lado argentino, a cuyo frente se forma un remolino de los mayores que hay en el Alto Paraná.

En este paso es necesario ser muy baqueano, puesto que la fuerza de las aguas y los rolidos sucesivos pueden hacer perder el gobierno al buque, y la caída de agua puede echarlo sobre el paredón.

El río se inclina un poco hacia el Este y tiene un ensanchamiento para dar cabida a la Isla de Caraguatay que se levanta casi en medio de él.

La isla tiene un aspecto cónico redondeado, se eleva cubierta de vegetación impenetrable, su forma es casi ovalada y se halla unida a la costa argentina por un gran desplayado de piedra que la rodea en su parte N y E.

Este desplayado es visible con el río bajo y tuve ocasión de admirarlo en mi segundo viaje en el mes de agosto de 1892.

De Caraguatay llegamos a San Lorenzo o Huirapaí donde hay una pequeña población yerbatera y una autoridad paraguaya.

El río, desde este punto, toma rumbo NE; la navegación se hace más llevadera; pocas horas después llegábamos a Piray Guazú, término por ahora de nuestro viaje fluvial.

Fondeamos y como era ya tarde, resolvimos dormir a bordo.

 

Juan Bautista Ambrosetti

Del libro Tercer viaje a Misiones 1896. Ambrosetti fue uno de los primeros en recorrer esta región y dejar testimonio de lo que vio, escuchó y pudo experimentar. Autor de innumerables trabajos, folklorólogo, historiador, etnólogo, dedicado a la arqueología y antropología del Alto Paraná

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