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En la escuela

domingo 03 de diciembre de 2023 | 3:50hs.
En la escuela

Era uno de esos días en que el Ingeniero terminaba abrumado por el trabajo, los pedidos y los reclamos de su gente. Eduardo se movía a diario entre dos espacios y dos tiempos; la vida urbana con sus urgencias, marcadas por la campana incesante de su celular y la vida rural en la que se sumergía los fines de semana, recorriendo el laberinto de los senderos en la selva que rodeaban su casa en el histórico Km 14.

Cada tanto visitaba a su amiga escritora para contarle alguna anécdota de su niñez, una manera de “escapar” del cansancio o de la desazón ante alguna situación inesperada.

Esa infancia que sabía evocar con la pasión de la inocencia, no siempre era color de rosa. Muchas veces quedaba impregnada de dureza e injusticia. Y así vino a su mente el recuerdo de su primer día de clases en una nueva escuela que relató a su interlocutora:

“Nosotros éramos pobres, vivíamos en una modesta casita de madera y fuimos a la escuela pública más cercana. Pertenecíamos a una colectividad europea, pero no teníamos el dinero para afrontar la instrucción en una escuela privada que la misma administraba. Un día mi padre recibió la visita de un integrante de la comisión directiva de dicho establecimiento insistiendo en la importancia de mandar a sus niños a esa escuela. Ante la respuesta negativa, el destacado hombre de la “alta sociedad” ofreció becarnos a los tres hermanos.  

Mi primer día en el nuevo colegio coincidía con el primer día después de Pascuas; yo era el más pequeño de los hermanos y cursaba el primer grado. Nunca olvidaré como me impactó ese salón de clases, lleno de dibujos, letras y números que desconocía; había plastilinas de colores cuyo aroma aún puedo percibir en mi olfato. Mis compañeros tenían cuadernos con forro de telaraña y una cartuchera doble con 12 o 24 colores, lápices, goma y el correspondiente sacapuntas. Pero lo que más me llamó la atención ese día era que sobre el escritorio de la Señorita había un enorme huevo de Pascuas de chocolate decorado con patitos. Uno solo.

La maestra explicó que el mismo sobró del reparto que se hizo la semana anterior en la que cada niño se llevó uno. Por lo cual decidió hacer un sorteo. Pero dio una consigna para el efecto. El que podía “leer” la palabra que escribiría en el pizarrón se hacía acreedor del premio. Naturalmente que por esa fecha todavía no se aprendía a leer, así que era más bien quien “adivinaba” la palabra ¡y yo acerté! Me levanté a buscar mi trofeo y cuánta fue mi sorpresa cuando la docente (si así se puede llamar) me respondió con voz altisonante: vos no lo podés recibir, los huevos fueron pagados por los padres de tus compañeros y los tuyos no participaron de ello.

"Mis ojos se abrieron y quedaron redondos del asombro al ver que el codiciado huevo terminó por accidente en el suelo rompiéndose en pedazos".

 

 

Karina Dohmann

Inédito. La autora es de Eldorado. Es profesora y licenciada en Historia. Publicó en coautoría con su hermana Martina, “Relatos de Otrolado” y “Amores de Otrolado”.

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