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Eclipse de mujer

domingo 05 de marzo de 2023 | 4:05hs.
Eclipse de mujer

¿Por qué se escribe la reseña de un libro, se lo intenta interpretar? Y ¿a un lector imaginario le contamos que hemos leído un relato que a él podría gustarle? ¿Intentamos compartir un goce personal? ¿Apoyamos la venta de una publicación? ¿Deseamos socializar una experiencia literaria íntima? Quizás sean preguntas sin respuesta y sólo podamos conformarnos con el reconocimiento que nos lleva a escribir sobre lo que otra/o ya ha creado como ejercicio explorador. Como si fuéramos los descubridores privilegiados de alguno de aquellos cuadros, donde una maravillosa pintura olvidada se revela oculta bajo la que vemos en primer plano.
Eclipse de mujer de Francisco Tete Romero (Ed. Contexto, Chaco – Corrientes, 2022) no es un libro fácil de abordar. Tiene una prosa compleja, pensamiento narrado, recursos literarios, figuras retóricas que durante páginas comienzan los párrafos con una misma palabra (Hubo – Hay). Juego verbal y temporal que nos lleva y trae en el tiempo.

El autor utiliza la segunda persona del singular, el “tu”, y va contando, describiendo situaciones estados de ánimo, trazando paisajes, meditaciones. Va enhebrando su trama, o mejor dicho la trama de su personaje principal, pero con la característica estroboscópica de cuentos dentro de otro cuento y de héroes que mentan a otros: Beatriz, Muriel, el libro del Chaco o del abuelo, etcétera.

Juan Basterra, el prologuista, sintetiza los momentos históricos que transitaremos: “El lapso abarcado por la novela es de casi 12 años: julio de 1977 a mayo de 1989”. Con Seba, una suerte de Caronte, barquero de Hades, atravesaremos las brumas del tiempo desde el golpe militar de 1976, la Guerra de Malvinas y el copamiento del regimiento de La Tablada. Al desplegar su historia durante una cronología novelesca de años incorpora varias subtramas algunas de ellas llenas de poesía, por ejemplo, durante la primera página del primer capítulo nos regala frases como “Oleaje de rumores funestos”; “superficie acuosa de los faros de ese portero de burdel”; “un cielo de mujeres que simulan desearte”; “baldío irremediablemente argentino”. Son líneas que enseguida nos atrapan.

En un país con “cielo de burdel”, leeremos una genuina “historia argentina” como una protagonista pide que le cuenten en el libro. País cabaret, donde sus habitantes son una comparsa de carnaval que desfila con las caras maquilladas. Como los payasos, las putas y los militares carapintadas. Territorio hembra roturado-torturado con surcos de heridas en las mejillas y los corazones. En un creador como Romero, se expresa el costado político de la narración, además el personaje principal transita un tiempo convulsionado y ese tiempo lo vive con pasión y contradicciones.

Ciertos escenarios y circunstancias: los rings de box, las redacciones, las identidades múltiples (Personajes duales: Muriel-Scheherezade, o Manetti-el Sultán de Las mil y una noches), las ciudades, las búsquedas y las pérdidas nos sugieren reminiscencias de Piglia. Pero Eclipse de mujer no permite una clasificación de género terminante. Puede ser un noir latinoamericano, una novela río, un relato coral a varias voces, no se deja sujetar voluntariamente, porque, precisamente: desazona, incomoda.
Sexo y deseo

Eclipse de mujer toca un palo sensible durante un alto porcentaje de sus páginas, una sensualidad erótica expresada a través de imágenes donde la metáfora o la elipsis cómplice deja lugar a palabras contundentes. Podríamos mencionar una cierta lascivia del espanto y la soledad. Una voluptuosidad del naufragio y la agonía, dos coordenadas kantianas de la historia argentina. En palabras de Mark Fisher la novela de Romero explora los contornos de lo que “podríamos llamar el Tánatos espeluznante, una pulsión de muerte transpersonal (y transtemporal) en la que lo psicológico emerge como producto de fuerzas exteriores.”

Esta novela afirma los derechos de una sensualidad encarnada donde nada inspira mero placer si no, por el contrario, una sexualidad compleja, que quizás represente nuestra secular impotencia social y política. Inquietante música incidental sobre ese cuerpo de mujer que, alguna vez, se la recuerda como pura vitalidad y hoy es crimen. Nuestra celebración de las mil y una noches, en que cíclicamente nos hundimos, para revalidar el desprecio histórico por la vida. Porque la literatura de Francisco Tete Romero conecta con Mariana Enríquez, cuando considera que le interesa explorar los terrores locales. Que nos bastan y sobran para rastrear el regodeo argentino con la sombra. Aunque brille un sol en nuestra bandera.

En los escritores como Tete Romero la necesidad de objetivación, digamos el esfuerzo creativo de esa segunda persona ya mencionada, hace al sentimiento salir hacia las cosas y estructurarlas de modo intencional, para volver al lector a ese edificio del idioma y transformarlo en estremecimiento. Observamos en Eclipse de mujer esa construcción, y no solamente la mera percepción, porque el modo en que escribe el autor no solo nos induce a componer la realidad que nos plantea la novela, sino, además, a relacionarnos con lo caótico de aquellos tiempos cruzados de tragedia y dolor. Con épocas de transformación que, en sí mismas, forman una figura de sentido. Aquí se da el ideal clásico de la forma, que consiste en anular todo conflicto entre las leyes heterogéneas que concurren en una narración común, y en obtener -en cambio- de cada una de las páginas, de cada uno de los aspectos del libro, un multiplicador expresivo de la intención literaria central. Para eso la forma es perfecta, cada elemento está allí como parte de un todo con sentido unitario, desde el trozo de mundo en un burdel, hasta la última partícula material de las palabras con que se cierra la historia.

Neaconatus

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