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El lenguaje secreto de los animales

domingo 19 de febrero de 2023 | 3:03hs.
El lenguaje secreto de los animales
El lenguaje secreto de los animales

Dejo constancia que no estoy loco. La decisión que tomo ahora es producto de varias circunstancias acumuladas desde aquella tarde. Lo ocurrido fue culpa de la prisa, no miento.

Limpié los restos del paragolpes y las ruedas al regresar a casa. Olvidé por completo el asunto cuando, entre el verde linóleo de la selva, me tumbé a dormir bajo el canto dulce de las chicharras. Era el final del domingo, al siguiente día estaría en el trabajo, descansado y guardando el secreto de aquello.

Le resté atención a esa primera noche, cuando comenzaron sus golpeteos en el techo. Culpé a los gatos callejeros y sus juergas el mantenerme despierto. Al día siguiente trabajé malhumorado y soñoliento.

A la hora de la siesta, me recosté bajo un frondoso cocú, sobre la tierra roja.

Aunque dormir fue inútil, pues me incomodaban unos constantes arañazos en el suelo. Es verdad, les aseguro, me levanté varias veces, pero no había nada alrededor excepto retozos de lejanos perros pulguientos.

Molesto regresé al taller, deseaba tanto estar en casa, con mi soledad y mis pisos de madera.

Volví al final del día, y tras una fugaz cena, apagué la radio para deleitarme con el canto de los grillos en un terraplén de silencio. Cabeza en la almohada, mientras la brisa del ventilador refrescaba mi piel húmeda, un inusual frío empezó a crecer hasta volverse témpano. Los vidrios se empañaron haciéndome tiritar por una manta y al querer alcanzarla en la oscuridad, salté como apere’a asustado, cuando una superficie peluda me rozó la palma.

Estoy en mi sano juicio mientras les digo que, tras la ventana empañada, algo o alguien me observaba. Una figura monstruosa, amarillenta y alta se agachó al ser descubierta y no pude dormir más.

Después de un horrible día, llegué casi muerto a la tercera noche. No apagué las luces, ni encendí el ventilador por las dudas, y cerré los ojos a medio morir de sueño. Creía estar dormido cuando los golpecitos en la cabecera de la cama se intensificaron. “Serían ratas”, supuse en mi cansancio. Pero los quejidos in crescendo dentro de las paredes, cada vez más ásperos y rechinantes, repicaban en mi mente hasta volverse insoportables. No era yo mismo, les aseguro, tomé el hacha y abrí un agujero entre las tablas, solo para encontrar nada.

Tras las cortinas, esa figura amarillenta me escudriñaba distante. Salí cauto, arma en mano, para buscar al posible ladrón entre la maleza. Sin embargo, de nuevo nadie. La noche paranoica privaría otra vez de melatonina a mi cabeza.

Aun así, podría haberme acostumbrado a los jadeos en el techo o la interrupción de los sueños. Lo consideré hasta la cuarta noche, cuando todo fue empeorando. Probé la hipnosis narcótica el jueves, no obstante, al despertar en plena madrugada, encontré mi habitación cubierta de ranas y luciérnagas. Al día siguiente, por la resaca, casi me despiden del trabajo.

En la sexta noche, la niebla de la habitación se llenó con cantos de aves en el baño. Desmonté cada pluma de la almohada, saqué el entrepiso, el cielorraso.

Ojeroso y en la oscuridad sentado, observé el infinito cielo de estrellas, abrazado al rifle y con temblor en las manos. A medida que pasaban los minutos, me vencía el cansancio, pero los ronroneos otra vez me despertaban.

En la séptima noche, algo volvió a mirar por la ventana. Me llamó con un rugido desde los árboles. Afuera, en tinieblas lo busqué por horas, sin encontrar nada.

La soledad era un demonio sordo que me acompañaba con sueños lúcidos de madrugada. El agotamiento era implacable a esta altura, y en mi cuerpo el proceso de esqueletización avanzaba. Tapé de algodones mis oídos y decidí dormir ese domingo de mañana. No me importaron ruidos ni ranas, pero ellos me esperaban en el último lugar donde nunca podría escapar.

En sueños volvía al hogar de mi infancia, era similar en todo, excepto esa ruta que lo atravesaba. Había mil voces, yo estaba solo, junto al cadáver de mi madre que yacía al medio seccionado, mientras la sangre empezaba a teñir con escarlatas sombras lo profundo de mi alma, algo comenzó a perseguirme, ¿era un Mboreví gigante que parecía Tamanduá de a ratos? Duermo y despierto a intervalos, preso del terror y del pánico.

Sin comer, espero el ocaso, ni bajo los párpados, cuando esos rugidos se endurecen a mi espalda. Las paredes chorrean implosiones gelatinosas y un eco cavernoso despide otra vez el vapor asfixiante que, cuál aliento perruno, me ensaliva la piel y los pisos de mi ahora engritecido cuarto. Para estas alturas ya no sé si sueño o estoy despierto.

Las luces del atardecer me reaniman y en silencio me cobijo agazapado. Me espera aún la noche del domingo y tengo miedo. Así transcurro, con ojos bien abiertos, amanezco y voy al trabajo.

Mi apariencia destrozada autorizó el llamado del jefe y mi despido subsiguiente.

Preferí no decir nada. Era un esquelético observador. Como si estuviera dentro de mi cerebro en una habitación trasera y comenzara a contemplar la escena a través de un vidrio. Sin perder la conciencia ni el sentido, pero siendo un espectador de lo que hace tu cuerpo, hecho una fiera imparable que todo rompe a su paso.

Esa noche, tras discurrir el día recostado sobre el húmedo piso del calabozo, la policía me llevó a casa. Recomendaron al patrón, no denunciarme, que un estado agresivo esquizofrénico era el causal de mis actos. Pero, se los juro, esos no saben que fueron otros los que, a actuar así me empujaron.

Marchados los oficiales, me recosté en el sillón para que la somnolencia me sumergiera en un sueño calmado. Pero, tras despabilarme, sobre mi regazo el ocelote me acechaba. Estuve así hasta que el Mono Carayá me destrozó los tímpanos con un grito y en el suelo los Aguará Guazúes con negros Pecaríes me empujaron al colchón de animales que me esperaba afuera. Anguyá, guaikíes, Mbicuré-íes y Guaiquicas me levantaron, las patas de Mbicurés, monos titíes y Coatíes ayudaron mientras los ojos de Pacas, Lechuzas y Comadrejas observaban. Al segundo estaba solo en la carretera y me abatían dos faroles que no daban tiempo a reaccionar.

A un costado agonizaba destrozado y todos esos animales aparecieron junto a mí, aplastados. Ni el Taguató con sus alas escapó, Comadrejas overas, Zorros de monte y Mulitas se descomponían a mi lado. El Aguará Popé incluso perdió su antifaz en la banquina imaginaria de un sueño.

Despierto otra vez en el umbral de mi casa. Ahora sí, les juro, no duermo. Pero, créanme, Aguará-íes y Zorros pitocos que aparecieron me ahuyentaron, escapé hacia la selva perseguido por Yaguapés, Zorrinos y Jaguaruzúes que me cerraban el paso.

Capturado, soy llevado a rastras por Tiricas, Gatos Onzas, Margays, Yaguarundíes, fuertes Tatetos, Jabalíes, Tapitíes gigantes y Cuendúes se distribuían mi peso. Los ojos de la Corzuela y el Boyero indicaron el fin del camino.

De rodillas y rodeado, al fin con claridad vi a la figura amarilla que por días me cazaba en sueños. “¿Por qué haces esto?” inquirí mientras él me veía deshacerme en hebras marchitas de existencia y con el corazón disuelto.

El Jaguareté exhalaba ectoplasma por sus fauces cuando me miraba, exige que lo siga, tras de mí los Pumas se aseguran que obedezca.

El aire está cargado de olor antiguo, algo que se aferra a las sombras y casi puedo tocar. Sin saber adónde me lleva, solo intuyo el hecho, de que no hay vuelta atrás. Caminamos por el monte frondoso hasta el sitio en que la selva se partía con una herida de asfalto y acero. Entonces, les juro que lo viví tal un espectador de mi propio recuerdo. Acelero y con el teléfono en mano escojo las letras, mi pie no aminora. Los carteles brillan a la luz de los faroles y silenciosos marcan “30”, en una reserva que vida burbujea. Los mensajes entran y salen corriendo como el caucho gastado de mi camioneta, a una velocidad inflamable e innecesaria. De repente el estruendo, estaciono y bajo.

Por esas pupilas Élan se le escapa y la muerte es, luego, un hedor que todo envuelve con silencio y desesperanza.

Es carne, igual a cualquier otra, pero entre ella y yo no hay conexión alimenticia. Mientras conducía a ciento veinte, ciento treinta, ciento revienta, poco me importó su abultado abdomen donde los cachorros no nacidos se ahogaban. Enroscado en las ruedas, los ojos del Jaguareté se apagan. Lo extraigo como basura, me manchan la sangre, el olor, sus pelos y escapo; limpio el vehículo, no digo nada.

Reconocí ahí mi oprobio y me percibí menos humano que ellos, si no inferior a un animal. No sentí la transición cuando de un segundo a otro, yo también soy el felino que, en la ruta, intenta alcanzar el extremo opuesto.

Supe entonces lo que significa estar indefenso ante la gran maquinaria, contra un negro telón de fondo y la oscuridad sin fin afuera.

Entendí el mensaje, al caminar frente a los faroles que sin aminorar me alcanzan. Comprendí al fin el lenguaje secreto, de los animales.

"Nota del diario, día martes...de febrero:

HOMBRE MUERE ATROPELLADO EN LA RESERVA PUERTO PENÍNSULA

Esta madrugada una persona falleció víctima de un accidente de tránsito en el Km... Según los oficiales, habría pretendido trasponer la Ruta Nacional 12, cuando un vehículo lo embistió a 160 Km/h. 'Pensé que era un animal salvaje, por eso no intenté frenar', dijo el conductor".

Lucas Oscar Yuge

 3º premio del X Concurso Internacional de Cuentos en Homenaje a Horacio Quiroga”

con la Temática “Rutas conscientes en la selva” Edición 2023.

Lucas Oscar Yuge, es de Posadas, Misiones.

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