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El principio del final

domingo 03 de julio de 2022 | 6:00hs.
El principio del final

Los disparos retumbaron en el aire y el hombre creyó caer de espaldas. Casi instintivamente palpó su camisa con ambas manos en busca de alguna herida, pero los gemidos de dolor no provenían de él, aunque serían igualmente desgarradoras.

Giró bruscamente la mirada penetrante de sus ojos negros y allí, a pocos metros de él, la vio doblarse de rodillas, sujetándose el pecho.

Una mancha rojiza se expandía rápidamente y empapaba la blusa de hilo blanco que cubría los senos cargados de leche materna, una prenda que Abigail Rodríguez Almántara cuidaba con celo, porque se la había tejido su abuela en aquellas lejanas tierras paraguayas de las que debió huir por un amor prohibido llamado Aldo Gómez Balma.

Ese amor prohibido con el que había decidido escapar, por el odio que se prodigaban su familia y la del hombre que cautivó su corazón, el mismo que ahora la sujetaba en sus brazos mientras le susurraba al oído: “quédate conmigo Abigail, no te vayas, no me dejes solo”.

Era un amor no permitido que había herido de muerte el orgullo y el honor de don Alfredo Rodríguez Almántara, amo y señor de la familia aristocrática más adinerada de Caazapá, que juró vengarse al enterarse que esa niña, que crió como su propia hija tras la desafortunada muerte de sus padres, la única que había logrado entibiar su corazón, llevaba en su vientre un hijo “bastardo”, un descendiente de Gómez Balma, una afrenta imposible de permitir.

Abigail, la niña Abigail, que creció alejada de aquella historia recalcitrante de pesares y venganzas entre clanes, hacía un esfuerzo titánico por conservar algo de oxígeno mientras la garganta se le cerraba.

Las lágrimas surcaban sus mejillas y alcanzó a apoyar sus dedos índice y mayor en los labios de Aldo, con una mirada piadosa hacia ese hombre que juró amarla y al que se había entregado por completo.

— Prométeme que cuidarás de Ignacio… que crezca sano, fuerte y feliz, sin rencores ni revanchas… Te amo, siempre te amaré…— logró murmurar en su último halo de vida.

La joven movió la cabeza hacia un costado y extendió su brazo izquierdo hasta tocar la manta que protegía el frágil cuerpo de su pequeño, que agitaba inocentemente las piernas y brazos sin saber que estaba frente a un acontecimiento que marcaría a fuego su vida y su destino.

Fue el último suspiro de una vida demasiado corta, pero vivida con pasión, que cobijó un amor que sólo supo de dicha y felicidad.

Aldo la sujetó contra su pecho, mientras cerraba los ojos sin impedir que un océano de lágrimas inundara su rostro como un dique colapsado.

Suavemente como si manipulara un trozo endeble de papiro, recostó el cuerpo de su amada en el piso de tierra del establo. De repente, recordó que ya no había tiempo, que debía seguir. Levantó a Ignacio, fruto maravilloso de aquel amor inmaculado, al que prometió cuidar a cualquier precio.

Aldo corrió con el bebé en brazos, sujetó la canasta en que descansaba a las bridas del caballo y galopó toda la noche en una carrera alocada por conservar la vida. Se detenía solamente para pedir ayuda en cualquier aldea que encontraba a su paso y conseguir algo de leche para su hijo.

Cada tanto, en ese largo camino de oscuridad, selva y tierra colorada a través del que intentaba escapara del odio y rencor, el rostro se le resquebrajaba por las lágrimas de aquel amor perdido y el viento fresco que golpeaba sus mejillas.

Sentía una sensación asfixiante en el pecho que parecía cortarle la respiración y un sentimiento de ira consigo mismo, porque ahora estaba convencido de que hubiese preferido enfrentar a don Alfredo y morir de un balazo en la frente antes que perder a Abigail.

— Eres un cobarde, no merecías ese amor — se repetía una y otra vez.

— Debiste enfrentar al viejo.

Los ecos de esa obsesión parecían taladrar sus oídos, su mente y su corazón. Entonces, presionaba aún más las riendas del equino mientras los tobillos golpeaban frenéticamente el cuerpo del animal para que galopara casi al límite de la extenuación.

Lo único que parecía reconfortarlo, en ocasiones, era recordar que había iniciado una nueva relación con su madre, Rosa Machado Amín, más conocida como doña Rosa.

En realidad, comenzaban a conocerse porque ella lo ignoró desde antes de su nacimiento.

Esa aparente indiferencia, apatía, fue la tristeza, la cruz que Aldo debió cargar desde que tenía uso de razón. Un sentimiento que lo mortificaba y sumergía en largas noches de insomnio, llantos en soldad y pesadillas de las que despertaba por los sacudones de su padre.

— Despierta hijo, despierta — decía el hombre, cuyo rostro parecía envejecer cien años cuando él respondía:

— Soñé con mamá.

La casi inexistente relación con la madre, también despertaba en Aldo un sentimiento de culpa y remordimiento, pese a que no entendía lo que había hecho para merecer tal suerte.

De boca de los sirvientes que trabajaban en casa de sus padres, supo que ella dejó de hablar en el mismo momento en que comenzó a concebirlo. Y el nacimiento había sido un sufrimiento que doña Rosa hubiera preferido evitar. Todo lo contrario sucedió con sus tres hermanos mayores.

Su padre, Anselmo Gómez Balma, se mostraba esquivo para hablar del tema cada vez que él lo requería; o respondía con evasivas como “son cosas tuyas hijo, tu madre te ama desde lo más profundo de tu corazón”.

Cada dos o tres horas se detenía para que el caballo pastara o tomara agua. Pero fundamentalmente, para atender al niño. Escogía la base de algún lapacho en la cima de un cerro, con la finalidad de ver si alguien se acercaba, o en interior de algún monte para esconderse y no ser sorprendido.

Sacaba un diminuto paño de algodón, que guardaba con celo para mantenerlo lo más higienizado posible, y lo empapaba en leche para luego acercarlo a los labios frágiles de Ignacio.

Un poco por milagro y otro tanto por instinto de supervivencia, el pequeño se adaptó rápidamente.

Aldo desapareció sin dejar rastros, al menos para sus perseguidores, pero no sería para siempre. Atrás quedaron siete meses de persecución, con los Rodríguez Almántara pisándole los talones, y con las pistolas listas para disparar.

Don Alfredo Rodríguez Almántara, un sexagenario millonario, de piel curtida por el trabajo rudo bajo el sol y de ojos marrones oscuros, entró al galpón acompañado de sus cuatro hijos.

Se adelantó al resto y se arrodilló junto al cuerpo inerte de su sobrina, aquella niña a la que había criado y educado como a una hija, para la que había imaginado y planificado un futuro de prosperidad, incluso con una vida carente de necesidades en París o Londres.

Se sacó el sombrero tejido en forma artesanal, la apretó junto a su corazón y apoyando el mentón sobre el cabello chocolate de “su pequeña”, lanzó un grito al cielo que pareció sacudir la desvencijada estructura de tirantes y tablas de madera.

El terrateniente se repuso, desenfundó el revólver calibre 38 y disparó a quemarropa a su capataz, responsable de gatillar el proyectil que, por una equivocación macabra del destino, se llevó la vida de Abigail.

El herido se revolcó en violentos sacudones espasmódicos y su alma levantó vuelo a una mejor vida.

Sin que se le moviera un músculo facial, con el rostro pétreo, duro como una roca, un solo chasquido de dedos fue suficiente para que sus hijos comprendieran que debían levantar el cuerpo de la joven para llevarla a Caazapá, donde recibiría cristiana sepultura y pasaría a las tierras sin males junto a los ancestros que supieron amasar una fortuna a fuerza de trabajo, rebencazos y explotación.

Muerta Abigail, don Alfredo regresó a su hacienda de cinco mil hectáreas que comenzaba en Caazapá y se extendía hasta el Guairá.

En el camino no esgrimió una palabra. Una sola idea rondaba su cabeza y amenazaba con convertirse en una obsesión: recuperar a ese pequeño, su nieto, aún a riesgo de su propia fortuna y de ser necesario, de su vida. Para ello, debía dar caza a Aldo, el hijo de su acérrimo enemigo Anselmo Gómez Balma.

Si bien el pequeño Ignacio y su padre habían desaparecido hacía una semana, lapso que él consideró suficiente para rendir luto a Abigail, confiaba en el largo brazo de su poder. Su nombre y fama llegaban incluso a la capital de Paraguay y en cada pueblo tenía un informante. O al menos así lo creía.

— No será difícil saber dónde se esconde ¬—pensó y se puso a trabajar para seleccionar a los jinetes más experimentados y a los mejores tiradores para seguir las huellas del fugitivo.

Sabía que fue un error llevar a sus hijos y al capataz en busca de Abigail, y también el hecho de que hubiera dado la consigna de atrapar a Aldo “vivo o muerto”.

La ambigüedad de esa orden hizo que dispararan a diestra y siniestra en aquel establo a medio caer y que su amada sobrina fuera alcanzada por el proyectil de un calibre 38 en el pecho.

Ahora la vida de su sobrino nieto estaba en juego y no podía permitirse otro error. Por eso lanzó una advertencia al grupo que escogió para acompañarlo:

— Quiero a Gómez Balma vivo.

Sin dudas, él se encargaría de matarlo con sus propias manos.

El último adiós

En la Milagrosa nadie sabía qué sucedía con la persecución que había iniciado don Alfredo, sus cuatro hijos y el capataz. No había manera de estar al tanto. La información circulaba con demasiada lentitud en aquellos tiempos. Desde un principio, doña Matilde, madre de don Alfredo y bisabuela de Ignacio, supo que aquella decisión era una locura. Intentó persuadir a su hijo de que desistiera de esa acción, pero sus palabras, como siempre, cayeron en saco roto. Era una mujer supersticiosa y creyente. Se lo advirtió a su esposo:

— Virgilio, lo que mal comienza, peor acaba.

Y una vez más no se equivocaría.

Como un mal presagio, aquella mañana amaneció nublado. Todo estaba excesivamente tranquilo, como la calma que precede a la tormenta.

Doña Matilde se encontraba en la cocina. Terminaba de desayunar cuando escuchó un tremendo alboroto y los gritos desesperados de La mamúa, como ella llamaba a esa mujer que la asistía en todo y que, con el devenir del tiempo, se convirtió en su amiga y confidente.

Salió presurosa a la sala principal de la casona y el corazón se le aceleró casi al límite del infarto al ver que su hijo y sus nietos descendían de los caballos. Junto a ellos, el ama de llaves lanzaba alaridos desgarradores, mientras se aferraba a una manta que cubría lo que parecía un cuerpo.

La temperatura corporal trepó al doble y los latidos golpearon como pistones en su pecho, amenazando con colapsar el corazón. Abrió la puerta y corrió al límite de sus posibilidades, con una mano en la boca, hacia el equino que sostenía ese cuerpo inerte.

Retiró la frazada y descubrió los cabellos castaños de su amada Abigail. Trastabilló y creyó morir, pero se mantuvo en pie. Dio un par de pasos hacia atrás, se desplomó de rodillas sobre la tierra colorada y quedó en silencio por breves segundos, tapándose el rostro con ambas manos. De repente lanzó un alarido que brotó con furia, como lava de volcán, desde las entrañas de un alma destrozada y atravesó las fronteras de Caazapá. Hasta las aves parecieron levantar vuelo asustadas por aquel grito estremecedor.

Don Virgilio intentaba consolarla tomándola de los brazos, pero la mujer lo apartó de un manotazo con la fuerza de un demonio. Pasaron varios minutos antes de que doña Matilde pudiera reincorporarse, hasta que lo hizo. Se paró y limpiándose las lágrimas, caminó hacia don Alfredo. El mundo no existía para ella en ese momento. Sólo el rostro de su hijo mayor aparecía en su mirada de hielo. Se acercó tanto que parecía percibir su respiración y de dos cachetazos le dobló la cara de un lado al otro, como el efecto de una puerta vaivén.

— Tú eres el culpable —gritó mientras lo tomaba de la camisa dándole de puñetazos en el pecho. Giró hacia el otro extremo y lanzó una mirada devastadora a su esposo.

— Y tú eres el peor de todos. Los dos son del mismo palo, están cortados por el mismo odio y resentimiento —aseveró antes de caer desvanecida en medio de un escándalo que llegaría hasta la mismísima Asunción.

El funeral duró menos de ocho horas porque el cuerpo estaba en avanzado estado de descomposición, producto del tiempo que tardaron en llevarlo a La Milagrosa. Las últimas palabras de despedida, en el cementerio de la familia, no las dio don Virgilio como patrón de estancia, sino su esposa, bajo una pertinaz llovizna.

— Los ángeles lloran tu partida mi chiquita amada. Descansa en paz Abigail, junto a tus padres que seguro te recibirán con los brazos abiertos. Ahora encontrarás la dicha y felicidad que otros te arrebataron en esta tierra. Eras un ángel que no merecía vivir entre la maldad y el rencor, por eso Dios quiso llevarte. Te pedimos que intercedas ante Nuestro Señor y perdones a los que te llevaron en nombre del odio y la venganza. Danos paz y fortaleza para soportar lo que no aceptamos ni compartimos y sobre todo, para perdonar. Hasta que volvamos a encontrarnos.

Era un golpe devastador, el segundo en su vida después de la partida inesperada de los padres de Abigail, diecisiete años antes. Por eso, doña Matilde se recluyó en su habitación por meses, lapso en que sólo abría la puerta para higienizarse y recibir la comida que le acercaba La Mamúa.          

Fragmento de la novela Portón viejo, que representó a Misiones en la Feria Internacional del libro en Buenos Aires. Galeano es periodista y docente. Ha publicado además los libros La puerta azul y La venganza de Su Señoría

Elvio Marcelo Galeano 

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