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Vuela conmigo

domingo 17 de abril de 2022 | 6:00hs.
Vuela conmigo

Ya había observado hace unas semanas su cunita que colgada de una rama se hamacaba con el soplo de la tarde. Estaba envuelta por un fino capullo tejido por un hada que dejaba traslucir su interior. Y allí estaba como si fuera una niña envuelta, acurrucada en una hoja seca, transformándose en sueños, lentamente. Esperó la medianoche para salir de su lecho, y así pasar inadvertida al intentar sus primeros aleteos. En la selva escuchó la sinfonía de su entorno, con el canto del grillo y del urutaú. Así nació esta mariposa de un fulgurante brillo en sus alas: Panambí hovy, Morpho Aquiles, la reina de las bellas azules.

Cuando una mañana otoñal la encontré pegada al monte que rodea el yerbal, ya había envejecido. Se notaba por los extremos de sus alas que ya estaban resquebrajadas y por la pérdida de su intenso resplandor. ¡Cuántas veces la había visto pasar en sus tiempos juveniles, perdiéndose en la selva con su zigzagueante vuelo, sin poder seguirla con la mirada! O reposando sobre una hoja al borde del camino con sus alas plegadas y mimetizadas disimulado su presencia.

Pero ahora estaba cansada y ya no podía volar en las alturas. Se buscó una enredadera casi a ras del suelo para su descanso. Y allí la encontré. Puse mi mano quieta bajo su cabeza. Ella tanteó con sus palpos y con su fina trompa la desconocida superficie, antes de mover sus patas. Yo le susurré para que no se asustara de mi cámara que llevaba en la otra mano. Ella no se inquietó cuando empecé a caminar despacio por mi habitual sendero. La llevé conmigo con la suavidad de la más frágil y maravillosa carga que jamás había experimentado. Ella se fue acomodando cada vez mejor en la palma de mi mano y cada tanto abría sus alas tornasoladas para demostrarme lo feliz que estaba. Estaba agotada de tantos vuelos en su vida y ahora “volaba” conmigo, sintiendo el aire fresco de la mañana al compás de mis pasos.

La llevé hasta su deshecha cuna, para despedirla en algún lugar. Ella se bajó despacio y titubeante de mi mano, esperando el final de su destino.

 

Crepúsculo

El destino del ejemplar de pino ya había sido decidido. Marcado con una pincelada blanca por el Ingeniero al caer la tarde, entraba en la selección de los “raleados” por su escaso porte y bifurcado tronco. Junto con otros compañeros, emprendió el camino rumbo a la fábrica de Celulosa. Lo subieron a un camión y lo vi pasar delante de mi casa apretado junto a centenares más que corrían ahora la misma suerte.

Su pie cortado casi al ras del suelo, exhibió todavía por un tiempo un líquido transparente, algo espeso y muy perfumado que cubría sus anillos como última exudación. Lentamente se fue oscureciendo y desprendiendo sus últimas escamas. Yo lo veía todas las tardes luchando por vivir un poco más, aferrándose a sus raíces aún frescas, aunque debilitadas, bajo la tierra.

Pero el destino era inexorable. Apenas empezó a perder fuerzas, fue atacado por un hambriento hongo amarillo que lo cubrió en sus costados y bordes, dispuesto a reproducirse allí sin más y cumplir con lo que la naturaleza le tenía asignado: descomponer en última instancia aquello que se resistía a morir.

El pino juntó su última energía, y cual lágrimas de sangre, atravesó con su preciada resina el cuerpo del intruso. Dos lágrimas oscuras se convirtieron en los ojos del hongo que también llegaba a su crepúsculo. Pronto estas se secaron y así muy juntos fueron a la misma sepultura.

Karina Dohmann

Karina Dohmann, es de Eldorado. Es profesora y licenciada en Historia. Publicó en coautoría con su hermana Martina, “Relatos de Otrolado” y “Amores de Otrolado”.

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