miércoles 10 de agosto de 2022
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Habeas corpus

domingo 13 de marzo de 2022 | 6:00hs.
Habeas corpus

Era una siesta de enero, tórrida. Bochornosa.

El sol caía como al mediodía, perpendicular al hombre que junto a la ruta caminaba con una gruesa carpeta bajo el brazo izquierdo, un portafolio de grandes dimensiones en la mano derecha y a la espalda una gigantesca mochila que le daba aspecto de caracol.

Pero algo había en ese hombre que no condecía con la escena.

Por ejemplo: no transpiraba.

Al llegar a un cruce de camino, posiblemente la entrada a un pueblo, el caminante detuvo su marcha. Miró sorprendido una mariposa multicolor posada en la carpeta y observó su reloj.

Al menos, el movimiento del brazo y de la cara así lo indicaban, pero la muñeca izquierda del hombre no sostenía ningún medidor del tiempo.

Entonces apareció el taxi.

Uno de esos taxis de campo; auto grande, de varios modelos atrás, pero muy bien cuidado. Chofer maduro, de gorra, camisa a cuadros y mameluco.

 “¿Lo llevo a algún lado don Martín García?”

“Gracias buen hombre” respondió García y cargó sus bártulos en el taxi. Le costó recordar adonde iba, pero el chofer lo ayudó, “¿A la escuela don Martín?”.

Martín seguía sin transpirar y con esa rara sensación de somnolencia, de modorra, que sentía cuando estaba parado al sol en la ruta.

“Tengo sueño” respondió.

El conductor solícito dijo entonces “Lo llevo al hotel, se duerme un rato y después lo paso a buscar para llevarlo a la escuela”.

El pasajero asintió complacido, pero sin dar muestras de mucho entusiasmo. Para sus adentros, pero firme al volante, el chofer se preguntaba qué diablos iba a hacer el director de la escuela en enero y con ese calor agobiante.

Al llegar al hotel, Martín sintió que ese lugar le resultaba conocido.

Bajó del auto, pagó y se encontró de pronto acostado en una cama limpia y sencilla, con una sola sábana a la usanza del interior. Durmió o creyó dormir, la cosa es que le hizo bien. Se sentía contento de estar por ahí. El entorno le resultaba muy familiar.

Le gustaba.

De pronto se presentó en escena Laura. “Hola” le dijo desde la puerta, se acercó a él lentamente con andar felino, se sentó en el borde de la cama y lo besó suavemente.

“¡Por fin!” se alegró la chica, una morena de ésas con todo el encanto de la mujer misionera, de unos 22 años, ojos negros como una noche en la selva, la mirada clara como una noche de luna en cataratas, el pelo oscuro y brillante como una noche de amor bajo las estrellas.

“Martín - dijo la chica -, ya creía que no volvías más”.

Hubiera tenido que decirle a Martín que ella era Laura, hija del remisero, la que muchas veces lo llevaba de la ruta a la escuela haciendo el trabajo de su padre. Que no se veían desde el final de clases, que cuando cruzaban uno de esos pinares que surgieron donde antes estaba el monte fresco y fragante junto al arroyo, en noviembre del año pasado se habían besado sin importar la diferencia de edad (El tenía unos cuarenta y algo, dieciocho y pico más que la muchacha).

Y que más adelante en el yerbal cercano a la ruta fueron cada uno del otro como si no quedara ni uno más ni algún otro en el mundo.

Pero Laura había notado que Martín estaba raro, como enfermo o como poseído por una extraña perturbación. Y olía mal. Sin apuros, pero sin pausas, Laura le fue quitando la ropa.

 Cuando ya estaba casi desnudo Martín le preguntó que iba a hacer. “Te voy a bañar” fue la respuesta. Y del dicho al hecho no hubo más tiempo que el que Laura invirtió en quitarse su propia ropa ni más trecho que el que los separaba del baño.

Metió al hombre debajo de la ducha, soltó un poco de agua y comenzó a aplicarle champú, restregó los cabellos entrecanos con deleite. Lo enjabonó desde los hombros a los tobillos revisando minuciosamente cada rincón, cada pliegue, cada lugar - por secreto que fuera -, del cuerpo de Martín. Incluso le cepilló los dientes, le lavó los pies y finalmente lo secó, lo envolvió en un toallón y lo acostó de nuevo.

“Gracias” contestó lacónicamente el recién bañado. Laura se sintió humillada a juzgar por un extraño rubor, un relajante dolor en el vientre y un sobrecogimiento muy particular.

“Martín ¿dejaste de ser humano? ¿Ya no te impresiona una muchacha no muy fea como yo, desnuda junto a tu cuerpo? ¿Ya no te gusto Martín?”

Y agregó tantas otras preguntas que el hombre decidió salir de su aparente letargo y dijo, “No, no es eso, sólo que estoy cansado, no obstante hay que reconocer que eres muy bonita, muy bonita”.

Y le contó que había llegado hasta allí para participar de un encuentro de escritores y certamen de textos literarios presentados por los chicos. Que él debía estar porque era el encargado de llevar los trabajos de los alumnos de la escuela. Y de entregarlos al jurado del certamen escolar.

Que le parecía raro que no lo estuvieran esperando en el cruce del camino al pueblo y a la escuela con la ruta.

Laura - cuando Martín se durmió plácidamente-, revisó la mochila y ahí estaban los cuentos. Firmados cada uno por los chicos. Y la lista del jurado. El programa del encuentro decía “17 horas del sábado 17 de diciembre - Martín García, director de la escuela de Puerto Soñado presentará al jurado los cuentos de sus alumnos para el concurso”.

Entonces él había vuelto después de esa tarde en el pinar y el anochecer en el yerbal. ¿O no? Salió disparada hacia el auto y fue en él hasta su casa.

 Su padre conservaba los diarios como un coleccionista.

 El del 17 de diciembre daba la noticia de un accidente en la ruta a unos cuarenta kilómetros de donde había alzado a Martín. Y un comentario en el ejemplar del día siguiente decía de la inquietud de los maestros, padres y alumnos de la escuela porque el director no había presentado al jurado de escritores los cuentos. Se preguntaban si estaba en los vehículos siniestrados el día antes, si no era así ¿dónde estaba su cuerpo? “Habeas corpus” se titulaba el suelto.

Laura recordó que en esos días visitaba en Buenos Aires a su mamá. La visita era porque se sentía desairada ya que Martín no había venido como prometiera para su cumpleaños el 15 de diciembre. Cuando regresó a principios de enero y en plenas vacaciones nadie estaba para contarle nada. Ni siquiera su padre que al llegar ella, viajó a su vez a Buenos Aires.

Volvió al hotel con los diarios; en la cama no había nadie. Martín no estaba allí.

El baño estaba seco. La toalla prolijamente doblada a los pies del lecho. Los dueños de la pensión de campo se asustaron de verdad cuando Laura comenzó a gritar, gritar, gritar.

 

. . . . . . .

 

La muchacha de blanco sonrió al verlo, “Hola Martín García ¿así se llama?” “Eso creo“, respondió el hombre entrecano y continuó con la infaltable frase “¿Dónde estoy?”.

“En el hospital de San Ignacio, sufrió un golpe de calor severísimo, hace dos días que está aquí, recién despierta y se encuentra, creemos, muy bien; ¿qué qué día es?, 9 de enero, uno de los eneros más calurosos de Misiones. La enfermera no creyó prudente preguntarle quien era esa Laura que nombraba permanentemente cuando la fiebre lo hacía delirar.

 

Inédito. Abad es periodista, ha publicado varios libros y participado de muchas antologías.

Esteban Abad

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