miércoles 08 de diciembre de 2021
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Amor de carnaval

“…Así como las personas que mueren en su plenitud nos ahorran el recuerdo de su vejez, los amores interrumpidos abruptamente siguen viviendo en nuestro corazón no como brasas agonizantes, sino como horrorosas llamas que queman cada noche… No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los amores que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre pasión…” (Crónica de un Ángel Gris. Alejandro Dolina)

domingo 21 de noviembre de 2021 | 6:00hs.
Amor de carnaval

Yo tuve mi primera novia a los catorce años.

Esa sí que fue mi novia verdadera, porque la acompañé una noche hasta su casa, la tomé de la mano y alcancé a darle un beso. Todas mis novias anteriores, eran así nomás… o sea que nos mandábamos cartitas o nos mirábamos en los recreos, o yo hacía unas pasaditas en bicicleta por la casa solo para verlas. Claro, eso era cuando yo estaba en la escuela primaria.

Y así es la cosa. Uno va aprendiendo desde chico. A mi primera novia verdadera la conocí en un baile de carnaval en el Club Solari. Me acuerdo como si fuera hoy, porque fue además, la primera vez que bailaba con una chica en un club. Tengo que aclararles que no era un principiante en asuntos de bailongos, pero hasta ahí, mis únicas actuaciones como bailarín habían sido en cumpleaños en casas de compañeros de grado o en la escuela, pero esto ya era otra cosa, esto ya era para gente grande. Y yo ya me sentía una persona grande.

Era la penúltima noche de carnaval. Yo por supuesto, no me perdía ni una sola de esas mágicas y maravillosas noches de: “Los bailes carnestolendos del Club Capitán Solari”. Eso ya lo hacía desde los diez años, pero en ese entonces no andaba buscando novia ni queriendo bailar con nadie, apenas si me paraba al costado de la pista para ver y escuchar tocar a la orquesta, o maravillarme viendo bailar a Luciano Vallejos (y de paso iba aprendiendo algunos pasitos).

Todo ese aprendizaje era muy importante, porque poco a poco iba observando el movimiento general en un baile, cómo había que pararse, cómo acercarse e invitar a bailar a una chica, cuando era el momento oportuno para hablar, qué tipo de música era apropiada para bailar sueltos o juntos, en fin, las cosas que debería saber cuando fuera un verdadero muchacho.

Y en carnaval, una cosa fundamental era el disfraz. Si uno quería impresionar a una chica no podía ir disfrazado de mono o de payaso; tenía que disfrazarse de algún personaje heroico o muy impactante. A los bailes de esa época casi todos iban disfrazados, tanto las chicas como los muchachos. Las chicas muy lindas sólo se ponían un antifaz con una pluma en la cabeza y un lindo vestido. Las feas, llevaban disfraces completos, sobre todo una mascara que les cubriera toda la cara. La mayoría de los muchachos se disfrazaban de cowboys, con muchos flecos en los bordes del pantalón y mangas de camisa (era el disfraz que más les gustaba a las chicas); cananas y cartucheras con uno o dos revólveres. Otros se disfrazaban de indios, gauchos, monos, fantasmas, diablos, etc.

Esa noche yo estaba disfrazado de El llanero solitario, o sea todo de blanco hasta el sombrero y con un antifaz negro, igual que los flecos de papel crepé, en los bordes del pantalón y mangas de camisa. Recuerdo que serian las dos o tres de la madrugada, y yo andaba dando vueltas alrededor de la pista, para ver a quien podía invitar. ¡Tenía unas ganas locas de bailar! Ya me sentía totalmente capacitado para lanzarme a la pista. La macana era que presentía que no había muchas expectativas, porque en esa época, las chicas recién iban a los bailes a partir de los quince años ¡y a una chica de quince años no le gustaba bailar con un chico menor que ella! Que rabia que me daba eso. Además, a pesar del disfraz, creo que se me notaba a la legua que era un adolescente.

Pero igual, yo andaba a puro cabezazo limpio de aquí para allá. Para invitar a bailar a una chica, era costumbre que primero se le hiciera una seña con la cabeza a la elegida, y si ella decía que sí (también con la cabeza) ahí uno iba hasta la mesa y luego los dos a la pista. Esa noche ya me dolía la nuca de tantos cabezazos y nada. Nadie me daba cinco de bolilla. Para hacerme el serio –y parecer más grande- luego del cabezazo, me sacaba el sombrero en señal de saludo y respeto. Pero todo era en vano, ¡y yo me moría de ganas de bailar! porque justo estaban tocando temas de Creedence y de los Rolling ¡que injusticia andar así!

Hasta que de pronto la vi. Una mascarita verde. Estaba sentada al lado de una señora mayor y de otra chica. Era una morenita, con un vestido cortito y sin mangas, de color verde con lentejuelas, un antifaz del mismo color; una vincha negra muy finita y una pluma blanca al costado de la cabeza completaban su disfraz ¡era una verdadera princesa! Tenía el pelo corto con flequillos y su carita por debajo del antifaz era perfecta ¡hasta hoy la recuerdo! Apenas la miré quedé medio turulato, ¡y justo ella también me miró! Ahí nomás le mandé un cabezazo y también me saqué el sombrero y la saludé ¡y me dijo que sí! ¡Qué emoción tan terrible me agarró en ese momento! Primero dudé si no le habría dicho que sí a otro, y miré para atrás y a los costados, pero no había nadie. Ahí nomás me acomodé las cananas y los revólveres y caminé hacia su mesa, creo que atropellé unas cuantas sillas en el trayecto ¡pero a mí que me importaba, yo estaba encandilado y me acercaba mirando sus ojos, que se veían misteriosos a través de los agujeros del antifaz!

Cuándo llegué a su mesa se levantó ¡y me sonrió! No podía creer en tanto éxito y tanta felicidad. Caminamos hasta la pista y empezamos a bailar sueltos. Yo para impresionar, trataba de imitar algunos pasitos de Luciano Vallejos, y estaba seguro que bailar así, disfrazado de El llanero solitario, debía impresionar mucho más.

Cada vez que la orquesta terminaba una canción, se hacía un pequeño descanso y todos los que bailaban se quedaban parados y hablaban un poco. Era costumbre que las mascaritas hablaran distorsionando la voz, para que no le descubrieran la identidad, yo en este caso decidí usar mi voz normal, pero en realidad no sabía qué decir y me sentía incómodo, entonces me paraba con las manos apoyadas en las culatas de mis revólveres y miraba para arriba, hacia las luces, las guirnaldas o para los costados mirando entre la gente, como buscando a alguna mascarita conocida. Luego de la cuarta canción me animé a hablarle,

-Ehh… ¿Cómo te llamás?

-Marina –me dijo con la voz más dulce que jamás hubiera escuchado.

-Ah…

Y ahí justo ya empezó otra canción ¡que suerte! Sino tenía que seguir hablando.

Después de un buen rato, comenzaron con las canciones lentas, que son para bailar juntos. Empezamos a bailar, y yo la pisé algunas veces; me preguntó si sabía bailar, y le respondí que por supuesto que sí, pero no sé si me creyó.

Bueno, la cosa que después de más de media hora me dijo que ya se tenía que ir, porque su tía y las otras chicas que estaban en su mesa, le estaban haciendo señas para irse. Le pregunté si la podía acompañarla hasta la casa. Me dijo que sí.

Ella vivía en el barrio Las Ranas, o sea a unas quince cuadras del club. Que su casa estuviera lejos era bueno, así podía acompañarla un trecho más largo. Salimos y emprendimos la partida. Su tía (sin disfraz), linterna en mano y con las demás chicas disfrazadas, iban adelante. Ella y yo, a unos diez metros.

En ese trayecto hablamos un poco más; me dijo que era de Buenos Aires, que tenía dieciséis años y que había venido de paseo por las vacaciones. En el acto empecé a sentirme triste, porque supe que la perdería. Le conté que ya tenía el título de dactilógrafo y que había pasado a tercer año de la secundaria ¡y que solo me había llevado una materia! Pero creo que no la impresioné con eso. Lo que sí le mentí, fue la edad, le dije que tenía quince años, aunque en realidad me faltaban pocos días para cumplir. Luego de caminar unas cuadras, me animé y le pregunté si podía tomarla de la mano ¡me dijo que sí! Increíble.

Bueno, el asunto fue que llegamos a la casa, y los dos nos quedamos en la vereda charlando. Recuerdo que no había luces en ese humilde barrio, y si muchos perros que no paraban de ladrar. En la oscuridad de la madrugada, solo la luna iluminaba su rostro y su antifaz, haciéndola más misteriosa y linda todavía. Le pregunté si se podía quitar el antifaz, y se lo quitó, y sus hermosos ojos negros parecían brillar con un resplandor que me hipnotizaba. Le pregunté si podía darle un beso y me dijo que sí. ¡Increíble!

Fue el beso más lindo de toda mi vida. El más tierno y emocionante que pueda uno imaginarse. El beso que uno nunca olvidará.

Y allí estuvimos un buen rato, hasta casi la aurora. Mientras la tenía entre mis brazos y la miraba hipnotizado, grabando a fuego los contornos de su hermoso rostro, comencé a imaginar un mundo maravilloso a su lado, un futuro con hijos y nietos, una vida feliz y dichosa para siempre.

En medio de esa ensoñación, me dijo que debía entrar y se despidió con la promesa de vernos la noche siguiente… en la última noche de carnaval.

Me encaminé hacia mi casa en ese fresco amanecer de verano, respirando ese olor a tierra y rocío, mirando el cielo límpido y la resplandeciente luna que no quería irse. Estaba tan contento, que saqué los revólveres y mientras caminaba iba haciendo piruetas con el armamento. Me sentía la persona más feliz del planeta, aunque en el fondo de mi alma, la tristeza y la desdicha querían aflorar… sabía que la perdería.

No pude dormir de tanta emoción, y durante toda la mañana estuve con la cabeza llena de su antifaz verde y de sus ojos negros. Al mediodía no comí ni una miga, porque tampoco tenía hambre, y mi mamá me preguntó si me dolía algo. Le dije que no. A la siesta llevé un catre al patio y allí bajo la sombra del paraíso me acosté a pensar en ella. La veía entre las hojas del árbol y trataba de recordar y revivir el momento del beso.

Al atardecer, le pedí a mi mamá que me planchara mi camisa floreada y mi pantalón a rayitas de botamanga ancha, para el baile de la noche. Esa era mi mejor ropa. Pero después lo pensé mejor, y decidí ir nuevamente disfrazado de El llanero solitario. Al fin y al cabo así la había conquistado, y no quería arriesgar vistiendo de civil.

A la noche, me sentía muy nervioso y noté que temblaba, tenía palpitaciones y cosas raras en la boca y en el estómago. Percibía una extraña mezcla de sensaciones, como muy placentera y agradable, pero a la vez una especie de miedo a lo desconocido. A las diez ya estaba disfrazado y caminaba por la vereda del club. Un rato más tarde decidí entrar. Creo que fui uno de los primeros en ingresar. Poco a poco fue llegando la gente, y para las once ya estaba casi lleno. La mayoría estaban disfrazados. Un rato después, apareció ella con sus amigas y la tía ¡pero ninguna llevaba disfraz! Eso me confundió un poco, pero esperé y las seguí con la mirada para ver donde se sentarían. Cuando ya estuvieron ubicadas en una mesa, me quedé un rato embobado mirando su hermosa carita ¡por primera vez la veía a cara descubierta y a plena luz! ¡¡Era mil veces más linda de lo que había imaginado a la luz de la luna!! Después reaccioné y como un cohete salí del club rumbo a mi casa a cambiarme. Me sentía ridículo. Por suerte mi casa quedaba a media cuadra. En cinco minutos me quité el disfraz y me puse la camisa floreada y el pantalón a rayitas de botamanga ancha. Volví al club con mucha ansiedad y temiendo de si ya no la habrían invitado a bailar.

Me posicioné para estudiar toda la situación y ver el momento justo de acercarme. Algunas de sus amigas ya estaban bailando; las restantes, poco a poco –a medida que las invitaban- iban yendo hacia la pista. Esa noche –por ser la última- había una multitud impresionante. Yo rezaba para que nadie la invitara a ella. En ese mundo de gente y muy apretujado, comencé a aproximarme a la mesa, tratando de ponerme a cierta distancia y frente a ella para que me viera, así le hacía señas para bailar. Tenía un poco de temor de que no me viera entre tanta gente o lo que es peor… que no me reconociera. Cuando ya estuve posicionado y solo esperaba que levantara la vista... ¡apareció un intruso! Efectivamente, apareció de pronto un muchacho que directamente fue a invitarla hasta la mesa y me doy cuenta que… ¡era un profesor de mi colegio! Casi me muero de celos, de angustia, rabia e impotencia ¡¿Por qué no se iba a bailar con una profesora o con la directora de la escuela?! ¡Qué injusticia! ¡Qué desubicado!

Fueron hacia el centro de la pista ¡y comenzaron a bailar juntos! ¡Qué barbaridad! No podía creer lo que me estaba ocurriendo. Yo no le sacaba los ojos de encima, a pesar de que tenía que esforzarme por observar, ya que de tanto en tanto se me perdían entre la multitud de parejas, y yo mismo era desplazado por el mar de gente que se movía a mi alrededor. Rogaba al cielo que comenzaran a tocar algún rock o alguna canción bien movida ¡así el desgraciado la soltaba y bailaban separados! Pero todo lo contrario, cada vez la música era más romántica y apasionada ¡y el tipo cada vez la abrazaba más! Yo tenía un nudo en la garganta porque me sentía traicionado, abandonado y humillado. ¿Cómo podía ser que en una sola noche me enamorara, me ilusionara, hiciera planes para el futuro junto a ella y unas horas más tarde todo se derrumbara como un castillo de naipes? ¿Así era el amor?

¡Oh no! ¡¿Qué veía ahora?! ¡Que el tipo apoyaba su frente contra la frente de ella y le hablaba mirándola a los ojos! ¿¡¡Ehh!!? ¡Y ahora ya la estaba besando! ¡Qué tragedia! Que tortura y qué crueldad. Me hervía la cabeza pensando en toda esa macabra realidad y buscándole una explicación. ¿Sería su novio y no me había dicho nada, o lo conoció esa noche y se enamoró velozmente? Yo estaba desolado. ¿Es que ya me habría olvidado? ¿Se acordaría de que la había besado la noche anterior... que nos miramos bajo el crepúsculo del amanecer? ¡¿Y si no me reconocía sin el disfraz de El llanero solitario?! Me sentía aturdido y aplastado.

Sin darme cuenta me había recostado contra un poste al costado de la pista, sentía un frío puñal que me atravesaba el corazón, la boca seca y me temblaban las piernas. Estaba sufriendo la pena más grande de mi vida.

No sé cuanto tiempo habré estado así, y cuando reaccioné, el baile ya estaba terminando y la gente comenzaba a salir. La busqué nuevamente con la vista y alcancé a ver que salía con el maldito profesor. Salí hasta la calle, para ver si él la acompañaba, y ahí el golpe ya fue fulminante. Se dirigieron hacia su auto, subieron y partieron. Yo me quedé ahí, parado en la vereda con mi infinito dolor y la angustia que me atenazaba el cuello.

Caminé no se cuanto tiempo por esas calles polvorientas de mi pueblo, rumiando o tal vez llorando, hasta que con los primeros rayos del sol, me fui a mi casa. Desde ese día, todos los atardeceres pasaba por la casa de su tía con la secreta esperanza de verla y también de hablar. No me animaba a preguntar por ella en la casa y tampoco sabía cuando partiría hacia Buenos Aires. Recuerdo mi penoso andar por ese barrio, pedaleando de aquí para allá por esas calles de tierra blanca, deseando verla en cualquier esquina.

El tercer o cuarto día no aguanté más, me detuve, dejé mi bici en la cuneta y golpeé las manos. Salió una chica, una de sus primas… y le pregunté por Marina. Me dio la respuesta más triste y dolorosa que yo podía escuchar (y que ya la presentía), me dijo que el día antes había partido hacia la capital. Pero aún me aguardaba un dolor más cruel y perverso. La prima me preguntó,

-¿Vos sos El llanero solitario?

-Sí… ¿porqué? ¿Ella te habló de mí? –respondí con el corazón en la boca.

-Ella se había enamorado de vos, y la última noche de carnaval, estuvo esperando que aparecieras. Y te mintió, no se llama Marina, se llama Miguelina. Pero bueno, las mascaritas siempre mienten…

-Pero si yo… yo estuve la última noche, pero sin disfraz. ¿Ella no me reconoció? –hablé con un hilo de voz y al borde del desmayo ante tan brutal y cruel ironía.

-Ella esperaba que aparecieras esa noche… Nos pidió a todas que le avisáramos si veíamos al Llanero solitario…

Yo me sentía desfallecer y se me aflojaban las piernas.

-Pero… si ella bailó toda la noche con ese profesor… -agregué, para tratar de entender un poco.

-Ah, sí, pero ese era un amigo nomás, además mientras bailaba te buscaba en la pista.

-Pero… si yo vi que se besaban –alcancé a balbucear, en medio de un torbellino de emociones y contradicciones.

-No. Te habrá parecido nomás. Ella te esperaba a vos –me respondió con seguridad.

Y yo, completamente confundido y mareado por tantas emociones encontradas, ya comenzaba a dudar de lo que había visto ¿y si no la había besado? ¿Y si todo fue fruto de mi imaginación y celos? Si me estaba esperando, es porque me quería, y si me quería no podía estar haciendo eso. Ya no sabía qué pensar. Empecé a dudar de lo que había visto con mis propios ojos y a creer ciegamente en su prima.

-¿No te dijo cuando vuelve…? –pregunté con un hilo de esperanza.

-No. No creo que vuelva. A fin de mes, se iban a mudar al sur. Al papá le ofrecieron un trabajo en Santa Cruz.

Y una sensación helada comenzó a recorrerme las venas y el corazón, y luego la médula y los huesos. Después sentí que un gran abismo se abría ante mis pies y la mente me quedó en blanco. Cuando reaccioné, estaba pedaleando sin rumbo con algunas lágrimas que no podía contener. A esa edad, ya comenzaba a comprender en carne propia lo que era el amor, sobre lo fugaz y breve de la felicidad, y lo infinito y doloroso de la tristeza.

No sé cuanto tiempo anduve con mi pena y mi dolor, ni cuando se me fue el nudo que tenía en la garganta, solo sé que por muchos años, en cada carnaval, la buscaba con el corazón en la boca.

Nunca más volvió y nunca más la vi. Nunca más supe nada de ella.

Ella, quizá –por esas cosas del destino- alguna vez lea esta confesión y se acuerde y me recuerde-, y si así fuera, no quisiera volver a verla. No quiero que me quite el melancólico recuerdo de sus ojos y su antifaz.

Ella ha sido el primero y el más grande de mis amores imposibles, y así vivirá en mi corazón…


Este relato pertenece al Volumen 2 de la Serie “CUANDO ERA CHICO – Relatos de aventuras, humor y melancolía”. Editorial De La Paz – 2012. Resistencia – Chaco.

Iustración: Maco Pacheco

Hugo Mitoire

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