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Ahora

domingo 05 de septiembre de 2021 | 6:00hs.
Ahora

Ahora tenía todo el tiempo del mundo. Del mundo, no. De su vida.

Pensar que tantas veces protestó porque…

Comenzó a buscar.

Lo primero que encontraron sus manos fue la lámina del Sagrado Corazón de Jesús. En el colegio de las hermanas, donde estuvo internada solo un año, le enseñaron a amarlo. Y a encomendarse a él cada vez que tuviera algún problema. Y lo siguió haciendo desde entonces. La ayudaba, le daba fuerzas. Pero esta vez, no.

Siguió hurgando. Ropas. Ropitas. Todas iban a parar a un balde. Sucias. Habría que llevarlas al arroyo, para lavarlas.

Un libro de lectura. Ajadito estaba. Es que pasó de mano en mano, de cada uno de sus hijos. Lo tiró. Ya no servía.

Sus ojos tropezaron con la libreta de casamiento. Importantes, los documentos.

Se había casado, sí. Aunque no lo creyeran. Es cierto que ya estaba embarazada del primero. Su padre quiso echarla. Pero el Venancio se plantó. Nos vamos a casar, dijo. Estoy terminando el rancho, dijo. Y ella se queda aquí, dijo. Que tenía tres vacas, dos caballos, una chancha a punto de dar cría, gallinas, dijo.

Sonríe. Su padre se aplacó. Su madre, siempre en la cocina o en el lavadero, o con la panza hinchada, no abrió la boca. Nunca la abría. Era una sombra. Una bestia de carga – pensó-. Y ella juró que no se sometería así.

Pero el destino.

Venancio era bueno. Y trabajador. Solo que en los fines de semana se pasaba con la caña. Y se propasaba. Solo los fines de.

Tampoco quería tantos hijos. Tres o cuatro, nomás. Para que todos fueran a la escuela. También a la secundaria, ahora que en el pueblo había una. Tan lejos no quedaba. Y a lo mejor, su prima los podía recibir. A los dos más grandecitos.

Suspira y se incorpora. No va a llorar.

A lo lejos ve bultos borrosos, a causa de la lluvia que continúa.

Habrá que, piensa. Pero dónde estará la pala.

Aparta con el pie algunos objetos ya inútiles. La olla negra de tres patas, herencia de su bisabuela, yace en el barro, rota.

Sigue escarbando. Parezco una gallina, piensa. Y se ríe.

Zapatillas. Mojadas, pero pueden servir. Las aparta y las pone en hilera. Siete. Pero a una le falta el par. Estará por ahí.

La lluvia arrecia. Y ella está totalmente empapada. Pero no parece darse cuenta. Qué busca. No lo sabe.

Otro libro.

Ah! El que le regaló su maestra de séptimo, por haber sido elegida mejor compañera. “El Principito”. Lindos dibujos. Le hubiera gustado aprender a dibujar. Porque era muy inteligente; para las cuentas, no.. Pero tampoco una burra. Y terminó la primaria.

Sus padres querían que estudiara para maestra. Por eso la internaron. Con mucho sacrificio, le recalcaron.

Pero en su vida de muchachita de chacra, en las vacaciones apareció el Venancio. Y bueno.

Aparta unas tablas. Algo le llama la atención. Estira y la levanta. Es la muñeca de la más chiquita.

Y entonces, se quiebra.

Emite un solo, largo, aullido.

Como el aullido del ciclón, que se llevó todo: su casa, sus hijos, los animales. Su alma.

(En memoria del tornado que asoló a la Colonia Santa Rosa y San Pedro, Misiones, el 7 de Setiembre de 2009).

Rosita Escalada Salvo

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