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El sueño de un barrilete

domingo 11 de julio de 2021 | 6:00hs.
El sueño de un barrilete

Era un agosto en Misiones. Decenas de lapachos estallando en rosalila entre la fronda verde. Días de vientos cálidos y del norte algunos. Otros fríos pero siempre con vientos, días grises y de temperatura irregular. En un lugar de la ruta 12, a la entrada oeste de la capital misionera, había una suerte de arco iris flameando multicolor desde la mañana hasta el crepúsculo vespertino. Era un puesto de venta de barriletes con largas colas de flecos semejando tallarines anchos y azules, verdes,  rojos,  naranjas,  amarillos.

Hoy,  allí no existe ese  atractivo para los niños y también los grandes. En el sitio por donde los domingos la caravana de automóviles  que desfilaba con sus niños hacia el aire y el sol del Aeropuerto posadeño hacía un alto para comprar el barrilete que remontarían padre e hijo,  hijo/s y hasta madres con sus hijas, allí se han levantado otras construcciones,  se ha aprovechado el terreno de otra manera y así, este relato pasa a ser un recuerdo; una de esas pequeñas y simples historias que suelen adornar la vida humana. 

En esos tiempos – pre Mundial del 78 -, allí estaba un vendedor de barriletes llamados también pandorgas, cometas, volantines, de una sola forma, la de un rombo muy colorido, con el dibujo de una imagen de emblemas de fútbol o con personajes de historietas infantiles y también los que lucían los colores argentinos y la imagen del “Mundialito”, símbolo de ese campeonato.

A un lado del tendido de cometas  el vendedor, hacia la media tarde preparaba su mate, ancestral ritual misionero, cuando le faltaban aún un par de horas de trabajo a la espera de compradores. Coincidentemente, un niño se paró a mirar las pandorgas de polietileno exactamente los que mostraban al Mundialito y a personajes de Walt Disney y otros de los llamados ahora “comics”. 

Se adivinan en él unos diez años, tiene el pelo muy corto, mirada muy larga. Con una mano toca disimuladamente las colas de las cometas, con la otra sostiene una canastita con bollos.  El barriletero descorre el repasador blanco que tapa la mercadería del bollero y retira tres de esas masas caseras redondas, dulces y aún tibias que, “hace mi mamá”, diría el chico.

“¿Te gustan los barriletes?”, le pregunta el hombre al pequeño mientras le acaricia la cara en la que dos ojos muy negros brillan con la picardía que sólo se muestra cuando se tienen diez años; una chispa de luz juguetea en sus pupilas al  contestar “¡claro… ¿ me va a regalar uno?

El hombre pone toda su ternura en explicarle sin herirlo, que no puede regalar. El motivo es, dice, “que si regalo algún bollo a alguien,  a alguno de mis hijos no puedo llevarle el pan. Porque vendo para eso para llevar a mi familia el alimento que necesita”.

“Igual a lo que me dice mi mamá”, responde la criatura.

“Si le das un bollo a alguien, tu hermanita se queda sin leche”.

De pronto se anima y sonríe. “Sabe don…, mi papá me prometió que cuando cobre me va a comprar un barrilete. Voy a elegir el de Boca y le voy a  colocar dos ovillos de hilo para que vaya bien alto”. Hay tanto entusiasmo en el chiquilín que no para de hablar. Los temas se alternan entre la elección del barrilete y en contar como es su padre. “Trabaja en Ituzaingó en la construcción”,  dice el gurí y cuenta que, “El domingo va venir en un colectivo de esos grandes y cuando baje me lo compra. Le juro don”.

La semana fue pasando, los días cambiando, pero la conversación del bollero y el vendedor era siempre la misma. Llegaba justo a la hora del mate, como en un bien estudiado rito de experimentado vendedor, vendía los tres bollos al dueño del  puesto y luego miraba los dibujos del pato Donald, Mickey, Larguirucho, el Zorro, el que anunciaba el Mundial del 78 y el resto de los barriletes en exposición.

Uno de esos días se puso hablar sentado en la piedra que servía de sostén a la soga de las pandorgas con el hombre que las vendía. ”Tengo diez años” reiteraba, “pero mamá me dice que soy su hombre en la casa. Vendo los bollos y le llevó la plata a ella todos los días”.

“¿Y tu papá?”,  le pregunta el hombre de los barriletes.

“Mi papá viene muy poco porque trabaja mucho, ya lo vas a ver”

.”El domingo –insistía-, va a venir”.

 “Trabaja – relataba-, con ladrillos y hormigón y esas cosas, nunca le alcanza la plata para llevarnos con él; gana poco o a lo mejor, como dice mi mamá, nosotros somos muchos”…

“Con los bollos compramos la leche, el pan, ya te lo dije. El domingo, cuando venga papá, ya vas a ver… ¡me compra el barrilete! …….

Aquel domingo de agosto el bollerito llegó muy temprano, pantalón azul, camisa blanca, zapatillas de salir, todo muy limpio. Los ojos más brillantes que nunca, esperaba el colectivo de los grandes, que traería a su papá. De entrada le pidió al vendedor que le reservara uno de Boca Juniors y los dos ovillos de hilo para remontarlo. En la lucecita de los ojos del pequeño se le leía claramente la ilusión de corretear por los campos cercanos o detrás de del aeroparque viejo o en el parque de la ciudad. Por supuesto que no estaría sólo sino con papá. El tendría el barrilete sosteniéndolo con su mano mientras se desarrollaba el primer ovillo de hilo y esperaban el viento favorable;  cuando las condiciones se dieran se escucharía un “¡soltá papá” y el trapecio enflecado treparía raudamente hacia el cielo. El padre sonreiría  feliz y el niño saltaría de entusiasmo. Todo esto bajo la atenta mirada de mamá, que sentada sobre el pasto, prepararía el mate para tomar -por supuesto-, con bollos.

“Por eso hoy no vendo, porque hoy viene papá”, le dice a su amigo, el barriletero

.……

Muchos autos con familias pasaron por un puesto a y cada uno de ellos uno o dos, dos pequeños recibían la cometa que remontarían  más tarde. Él niño bollero los miraba sin envidia pues sabía que la hora de tener uno ya estaba cerca. Pero esas horas, largas al principio de la mañana, hacia el mediodía empezaron a correr con la velocidad de la incertidumbre y la aceleración de lo que para el bollerito, a esta altura del domingo, comenzaba a ser una duda. Muy entrado el atardecer, un autobús “de esos grandes y de color naranja”, se detuvo y abrió sus puertas. El chico corrió hacia el vehículo como lo había hecho con otros anteriores, al esperado encuentro con el Padre. Fueron varios los que pasaron sin resultado positivo. Pero de pronto, de este colectivo, el chico vio bajar una figura masculina sucia, desharrapada que intentaba bajar del vehículo a duras penas.

“¡Papá!” Papito…” Gritó el gurisito cuando el hombre, borracho como una cuba, trastabilló y cayó en el suelo arenoso. El hombrecito de mamá, el bollerito de diez años, haciendo un esfuerzo tremendo y con ayuda del barriletero, lo levantó. Sostuvo al ebrio como pudo, sacó fuerzas merced a tragar, junto a una saliva gruesa y amarga que le inundaba la boca, la ilusión y le pidió, “Papá vamos a casa. Mamá te espera”.Miró largamente las cometas mientras por su carita de gurí - hombre, una lágrima se escurría lentamente.

Allí iba el sueño de un barrilete cayéndose a la tierra, diluyéndose en el polvo rojizo, ahí quedaban la esperanza de un chico sin remontar y un barrilete sin dueño. Lenta,  trabajosamente,  el hijo y el padre se alejaban rumbo a la casa. Detrás de ellos brotaban puntitos rojos en el piso junto a los pastos arrastrados del borracho. Como florcitas rojas naciendo del desencanto del bollerito que ese domingo ya no tendría la pandorga.

Abad es periodista, ha publicado varios libros y participado de muchas antologías. La ilustración es de Manolo Goires  (1991)

Esteban Abad

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