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El vendedor de humo

domingo 27 de junio de 2021 | 6:00hs.
El vendedor de humo

Los pasacalles con los nombres de los candidatos comenzaron a levantase progresivamente en las avenidas principales de la ciudad. El cotillón promocionando propuestas electorales tomó visibilidad y desfilaba con efluvios amables en cada esquina. El inicio de una nueva campaña política ya estaba en marcha. Lo diversos partidos tejían sus estrategias en territorio, en las redes sociales y los medios masivos de comunicación con el objetivo de captar la atención del electorado y conseguir de su seno la expresión más importante que le otorga la democracia al soberano: su voluntad a través del voto universal, secreto y obligatorio.

En la sede del Partido “Libertad”, el candidato Miguel Ángel Silva dio inicio a una cargada agenda de reuniones con profesionales, dirigentes deportivos, sindicalistas, pastores, referentes sociales y punteros barriales quienes, con expectativas, manifestaban sus intenciones de acompañarlo en esta contienda proselitista. Entre ellos esperaba pacientemente “Gasparín”, un veterano puntero que portaba en su curriculum una arraigada fama de “evasor de la verdad”. De buena presencia, instruida oratoria y rápidos reflejos, cruzó apaciblemente las primeras palabras con el joven postulante para tratar de ganar su confianza.

—¡Buen día Jefe! Me llamo Dalmacio Gasparín, uno de los punteros más serios y recomendados de la zona sur de la ciudad por el permanente trabajo y compromiso con los vecinos, principalmente en los sectores más vulnerables donde las actividades sociales que organizo encienden la llama de la solidaridad y la vocación de servicio. Soy un hombre popular de reconocida trayectoria política en la militancia, de innumerables campañas ganadas y respetado por mis pares. ¡El que no conoce a Gasparín, no vive en esta ciudad! —exclamó el puntero entre risas.

El candidato lo escuchó con cierta cautela. Como no lo conocía y tampoco escuchó hablar de él, decidió indagar un poco.

—¡Un gusto Gasparín! Gracias por acompañarnos en esta gesta electoral. La participación de la comunidad fortalece los cimientos de la democracia. Te hago una consulta para evacuar mi curiosidad. ¿Tan popular sos?

—¡Si jefe! —respondió el puntero con una sonrisa altanera—. Pregúntele a cualquiera de los referentes que están presentes acá, ellos le van a dar fe de mi trabajo. Algunos no me conocen porque son muy jóvenes, como usted por ejemplo. Pero la gran mayoría me ubica. Es más, si trabajamos juntos y me suministra los recursos adecuados para que yo me mueva por los barrios, seguro hacemos “la diferencia” y usted será electo en su cargo, reconocido por la clase política y amado por el pueblo.

Envuelto por esas afables palabras, Silva le entregó entusiasmado un sobre con dinero a Gasparín para que dé inicio a sus actividades en los barrios y difunda sus propuestas. Luego de intercambiar números de telefonía móvil, el candidato lo despidió cordialmente.

—Estamos en contacto Gasparín. ¡Fuerza y a trabajar!

Los días pasaron y Silva no tuvo noticias de su popular referente. Decidió llamarlo, pero las insistencias fueron en vano y la comunicación se extravió en el éter.

Una semana después Gasparín regresó a la sede del Partido. Entusiasta, alegre y jocundo saludó a Silva con una sonrisa que traspasaba el barbijo.

—¡No te imaginas la cantidad de gente que sumamos en estos días! Impresionante cómo recibieron tu propuesta electoral en los barrios. Teníamos que cerrar la cuadra para hacer las reuniones. ¡Demasiada gente! Tanta que en 8 oportunidades la policía procedió a liberar las calles y recordarnos que en pandemia están prohibidas las concentraciones masivas. En tantos años de militancia política te juro que nunca me pasó esto.

Silva lo miró mesuradamente, y sin reserva, comenzó a indagar nuevamente.

—¿Así? Pero yo te estuve llamando estos días y nunca respondiste.

—¡Amigo, no sabes lo que me pasó! —contestó Gasparín mientras se tomaba la frente con la mano derecha— En una de esas grandes convocatorias me robaron el celular. Ahí justo estaban todas las fotos que nos sacamos con “mi gente”. Pero quedate tranquilo que ese contratiempo no detuvo mi planificación, responsabilidad y compromiso con tu noble causa. Voy a seguir trabajando para que los electores exploten las urnas con tu voto.

Silva cinceló una leve sonrisa aprobando la idea y el nuevo pedido de Gasparín no se hizo esperar.

—¡Amigo! Para lograr tu victoria, tu triunfo, tu consagración política necesito en forma urgente más recursos. Me quedé sin celular, sin combustible, sin cubiertas de tanto que anduvo mi autito y ahora también sin batería.

El candidato procesó la narrativa y la vasta demanda, su confianza hacia el puntero caminaba por la cornisa, pero después de un profundo suspiro y al verlo tan entusiasmado retiró de su portafolio una importante suma de dinero y se la entregó.

—Primero comprate un celular así nos comunicamos —le indicó Silva con recia mirada—. Después invitame a alguna de esas colosales reuniones así paso a saludar y a hablar con los vecinos antes que llegue la policía.

—¡Si jefe! Así se hará.

Los días fueron pasando y la permanente ausencia del puntero caldeó los ánimos de Silva. El contestador era quien atendía sus llamadas. Su paciencia se declaró en rebeldía y un mal presentimiento tomó la Bastilla de su mente.

En la última semana de campaña electoral Gasparín regresó a la sede partidaria, pero el postulante, desencantado con su silencio, no lo quiso recibir. El puntero insistió y aguardó pacientemente más de tres horas para poder narrarle lo sucedido.

—¡Amigo! Más que amigo ¡Hermano! ¡No te imaginas lo que me pasó! Me contagié de coronavirus. Me tuve que aislar y pasé tan mal que me internaron unos días en el hospital. ¡Casi me muero! Tuve que gastar todo lo que me diste en mi propia salud. Seguramente me contagié en alguna de las tantas reuniones que organicé para vos. Es el riesgo que uno corre cuando trabaja seriamente en una campaña. Gracias a Dios mejoro día a día. Y te cuento que estoy ultimando detalles para que el domingo obtengas un triunfo histórico. Necesito por favor un último aporte, nos quedan solamente unos días más y no hay tiempo que perder ¡Vamos por la victoria mi amigo!

Con paciencia y tolerancia Silva escuchó al puntero. Dubitativo lo miraba con recelo. Pero el tiempo electoral apremiaba, la cuenta regresiva aceleraba la ansiedad y necesitaba imperiosamente sumar voluntades para el domingo venidero. Carecía de alternativas. No podía darse el lujo de descartar adhesiones. Debía creer en Gasparín. Con mirada adusta le entregó un último sobre no sin antes indagar.

—¿Dónde vivís vos?

—Cada barrio es mi hogar jefe. Mis amigos y amigas me abren siempre las puertas de sus casas. Así somos los hombres populares. Pero si me quiere visitar lo esperaré el sábado por la tarde previa a las elecciones en la esquina de Juan José Paso y Cornelio Saavedra, en Villa Cariñito. Tomamos unos mates, analizamos las tareas de fiscalización de mesas y de paso me lleva algo más de recursos para la movilización ¿Le parece?

—Te veo el sábado por la tarde entonces. Llevate ahora unos 5.000 votos y entregá en mano a los vecinos por los barrios difundiendo mis propuestas. Quiero verte esta semana trabajando a full.

—¡Claro Jefe! Así se hará.

Al día siguiente una consultora contratada le acercó a Silva una encuesta que derrumbó su humor. La baja intención de votos y el alto porcentaje de indecisos colmaban de incertidumbre el resultado electoral. Pensativo, digirió la noticia flemáticamente. Debía inyectar más recursos en la recta final para mejorar su performance. Pero la intensa campaña lo obligó a tomar varios créditos. Estaba prácticamente quebrado en sus finanzas y sin posibilidades de tomar nuevas deudas. Decidido, resolvió ir anticipadamente el jueves a visitarlo a Gasparín y entregarle un último sobre con la expectativa de intensificar el trabajo en los barrios y retomar la esperanza de un resultado positivo. Al llegar a Villa Cariñito, Silva golpeó las manos en la dirección indicada por el puntero, pero nadie atendió. Dos vecinas reconocieron al candidato y rápidamente salieron a su encuentro.

—¡Buen día señor! ¿A quién busca?

—¡Buen día vecinas! En vísperas de las elecciones sigo trabajando en toda la ciudad como les habrá contado Gasparín. Por las dudas ¿No saben si está aquí, o si fue a llevar mi propuesta a otro barrio?

—¿Gasparín señor? —preguntó sorprendida una de las vecinas— Él ayer se mudó. Dijo que se iba a vivir al sur de Brasil. No sabemos cómo hará eso porque las fronteras están cerradas, pero fue lo que nos dijo. También estaba contento porque había hecho unos buenos pesitos trabajando en los barrios para el candidato Hugo Márquez, uno de sus adversarios políticos.

Miguel Ángel Silva quedó estupefacto, atónito y desconcertado. Incrédulo, se refugió en el silencio unos segundos tratando de encontrar alguna respuesta que no desembocara en la senda del engaño. Pero todo estaba más que claro. El grado de culpabilidad de Gasparín en este ardid era inapelable.

Sin reparos, se despidió respetuosamente y mientras se dirigía fastidioso a su vehículo murmuró con bronca.

—¡Increíble! Habiendo tantos referentes honestos y comprometidos fui a depositar mi confianza en un “vende humo”.

Una de las vecinas, al escuchar su enfado, comenzó a reír a carcajadas.

—¿De qué te reís comadre? ¿Qué te resultó tan gracioso?

Recuperando una bocanada de aire y con ánimo jocoso, la vecina respondió.

—Su comentario de disgusto me hizo acordar a un refrán que repetía mi abuela: que “el muerto se asusta del degollado’.

Juan Marcelo Rodríguez

El presente relato es parte del libro
“Cuentos con Esencia Misionera”.

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