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La leyenda de San Cristóbal

domingo 28 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Víctor Verón
La leyenda de San Cristóbal

Unas viejas leyendas cuentan que San Cristóbal, antes de ser cristiano, se llamaba Offerus. Offerus era un hombrón de gigantesca figura y dueño de una fuerza prodigiosa. Pero así como descollaba en potencia física el pobre Offerus no resplandecía por las luces de su inteligencia. Cuando Offerus tuvo uso de razón como para emprender las cosas de la vida, se lanzó por los caminos del mundo diciendo a cuantos hallaba a su paso que él quería servir al rey más grande sobre la tierra. Un buen día un caminante le indicó como llegar a la corte de un rey poderoso. Sin perder más tiempo, el buen Offerus reanudó la marcha y no se detuvo hasta llegar a su destino. Se presentó ante el rey y éste, apenas comprobó lo forzudo que era aquel joven tan fornido, se alegró de tenerle por servidor. Pero un día, viendo el cándido Offerus que el poderoso monarca se persignaba horrorizado al oír a un juglar que pronunciaba el nombre del diablo, no pudo ocultar su sorpresa y preguntó inocentemente:

¿Por qué hace el rey el signo de la cruz?

-Porque teme al diablo -respondieron.

Offerus se rascó la coronilla, pensativo. “Si el rey teme al diablo quiere decir que el diablo debe ser más poderoso que él. En tal caso me gustaría servir a ese a quien llaman Diablo”.

Luego de este razonamiento, Offerus abandonó la corte del rey y se lanzó de nuevo a la búsqueda.

Caminó Offerus algún tiempo al azar pensando sólo en llegar a encontrar al Diablo, hasta que un día vio galopar a su encuentro una reluciente tropa de jinetes vestidos de rojo. Al verle, éstos detuvieron sus cabalgaduras ante él. El jefe, que era rubio y vestía de general, le dijo:

Hombre ¿adónde vas?

Ando buscando al Diablo.

¿Para qué?

Para servirle.

Yo soy el diablo. ¡Sígueme!

Así fue que el buen Offerus se incorporó a las huestes de Satán.

Pero en cierta ocasión, después de mucho cabalgar, la temible tropa colorada se encontró ante una rústica cruz clavada en la vera de un camino. Todos tiraron violentamente la rienda y los caballos se encabritaron. Presa de gran agitación, Satán ordenó dar media vuelta y desandar el camino.

¿Por qué hace esto? -preguntó Offerus al Diablo, tratando de entender lo que ocurría.

Porque temo al símbolo de Cristo -barbotó Satán.

Offerus quedó rascándose la nuca mientras veía a la tropa infernal perderse a lo lejos, envuelta en una nube de polvo. Entonces murmuro para sí: “Esta bien, señor Diablo; si temes a la imagen de Cristo será porque eres menos poderoso que él. En tal caso lo buscaré para entrar en su servicio”.

Así abandonó Offerus al Diablo. Miró largamente a la cruz del camino, pasó delante de ella y luego continuó viaje. Tiempo después, encontró a un ermitaño a quien preguntó dónde podía ver a Cristo.

En todas partes, hijo.

No lo entiendo -balbuceo Offerus.

Aunque es difícil poder verlo. Él está en todas partes -dijo el ermitaño.

Si dices la verdad, ¿qué servicios puede prestarle un muchacho voluntarioso como yo?

El ermitaño posó en él su plácida mirada y dijo: Se le sirve con la oración, el ayuno y la vigilia.

¿No hay otra manera de serle agradable? -dijo Offerus haciendo una mueca.

El hombre de la ermita comprendió la índole del gigantón. Entonces, tomándole de la mano, le llevó hasta la orilla de un río torrentoso que traía sus aguas de la montaña, le indicó la corriente y le dijo:

Los débiles que se arriesgaron se ahogaron. Quédate aquí y ayuda a cruzar sobre tus poderosas espaldas a aquellos que te lo pidan. Si lo haces por amor a Cristo, Él te admitirá como servidor.

¡Sí que lo haré! -exclamó Offerus.

Offerus construyó una cabaña en la ribera y desde entonces transportó, noche y día, a los viajeros que solicitaban su ayuda. Una noche que dormía profundamente, abrumado por la fatiga, lo despertaron unos golpes dados a su puerta, oyendo la voz de un niño que le llamaba tres veces por su nombre. Offerus se levantó, cargó al niño sobre sí y entró en el agua. Al llegar a la mitad del torrente, vio que las aguas se enfurecían de pronto, que las olas se encrespaban, se hinchaban y se lanzaban sobre él para derribarle. Offerus trató de aguantar más allá de sus fuerzas, pero el niño le estaba resultando una carga insostenible. Temeroso de perder el pequeño viajero, consiguió arrancar un árbol para apoyarse en el; pero aún así no podía sobreponerse a la corriente que seguía creciendo a medida que el peso del niño se hacía cada vez mayor. Offerus, lleno de temor ante el peligro de que el niño se ahogara, levantó del agua la cabeza y le dijo:

¿Por qué te haces tan pesado? Me parece llevar un mundo sobre mí.

No solamente llevas el mundo, sino también a Aquél que lo creó- dijo el niño- Soy Cristo, tu Dios y Señor. Por tus buenos servicios, yo te bautizo en el nombre del padre, del mío propio y del Espíritu Santo. Y desde ahora te llamarás Cristóbal.

Desde entonces las aguas del río se aquietaron para siempre y Cristóbal se puso a recorrer los caminos del mundo para enseñar la Palabra.

Nota del autor: La “Leyenda de San Cristóbal” es un antiquísimo relato que proviene de la Alta Edad Media y por ello es anónimo, ya que se transmitía oralmente. Con la invención de la imprenta comenzó a publicarse, pero existieron siempre diversas versiones, de acuerdo con el narrador, aunque todas muy similares y con idénticos contenidos y sentido. El nombre “Cristóbal” significa “que llevó a Cristo”. La derivación, a través del tiempo, se produjo así: Christos, CRISTO en griego, y foro, LLEVAR, también en griego: Chistóforo. De Christofor derivó Cristófor, luego Cristóbal: “el que llevó o condujo a Cristo”.

Del libro Los pájaros sagrados. Verón fue periodista, eximio narrador, conocedor de la lengua guaraní, de su cosmovisión y cosmogonía. Formó parte del Centro de Investigaciones del Instituto Superior del Profesorado “A. Ruiz de Montoya”.

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