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Libros de acá / Reseña

Los protocolos del tiempo en fuga

miércoles 17 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Alberto Szretter / Carlos Piegari
Los protocolos del tiempo en fuga

El escritor Heraldo Giordano nos presenta un libro de cuentos cortos agrupados en I.- Ha sido inevitable; II.- Lo intachable y casual; y III.- Los bordes del tiempo. Cada una de estas secciones posee cinco relatos donde se alternan la primera persona y la tercera para contarnos historias apasionadamente fuertes, donde no hay muchas precisiones de sitios y tiempos concretos. Sus personajes están. Y están en las páginas de una manera intensa. Podrían persistir en cualquier parte y en cualquier tiempo verbal. Esto le da al conjunto una valía general que excede lo anecdótico o circunstancial.

La primera parte es la más intensa desde el punto de vista dramático. Ocurren cosas de modo ineludible, fatales. Suceden hechos sin explicación clara. Se describen situaciones que parecen derrumbarse. “Hay una desolación que invade a los habitantes de este mundo” (pág. 28). Los sufridos héroes del autor “miran sin ver”, es gente desengañada, amarga, que reflexiona sobre la vida de una manera brutal, sin filtros atenuadores. En todos ellos, y en todo el libro, existe una apelación constante al esfuerzo del cuerpo y del alma por superar infinitos obstáculos. Una demanda de energía inmensa para traspasar escenarios donde se observa el humo de las batallas, la pelea de la propia humanidad (palabra que se reitera) contra el desánimo, el cansancio, la rutina de la cotidianeidad, el tiempo. Posiblemente el tiempo sea justamente el personaje principal, ya “nunca más será hoy”.

En la segunda parte hay visos más fantásticos. En todos estos cuentos flota una sensación de extrañeza. Hay acontecimientos raros, semejan pesadillas. Se plasma de una manera minuciosa el anhelo de volar, como símbolo de una libertad ansiada con obsesión. Los hombres somos buscas de cielos, pero nos topamos con la corporeidad, con los horarios, los compromisos, la comprensión-incomprensión del resto de los mortales. Y con los intríngulis de una realidad aplastante. Ahí está como resumen del desconcierto, el juego hacia la libertad, los contratiempos de la materialidad, el hombre del laberinto de ligustros. Ligustros, algo que parece banal, en la superficie, pero el personaje se introduce en el mundo subterráneo, tal vez representando un teatro de su propia interioridad. Allí abajo todo se complica y se hace aleatorio, tomando caminos a la derecha a la izquierda y viceversa en un meandro que parece infernal, agobiante, sin atmósfera.

El sistema agobia y posterga, y crea situaciones anómalas, donde el tiempo y el cuerpo,  lo material (al fin y al cabo lo único que tenemos) de nuevo adquieren un papel principal, rige la tercera parte. Alguien deambula por una ruta solo deseándole ganar al reloj, alguien sufre en la sala de espera de un odontólogo anhelando abstraerse de ese ambiente, alguien corre, corre sin cesar, solicitándole al físico que resista en una realidad alterada por el desplazamiento, por los ensueños, por los vecinos, por el que nos está contando esa desesperación insoportable. Hay otro que junta objetos. Este paciente del síndrome de Diógenes también descubre, o siente, la cruda realidad como un latigazo en el rostro, y ve que se deforma y modifica en cada cosa juntada en la calle. Todos los personajes del libro de Giordano semejan estar tras un designio como el del último cuento, La Frase, el último mensaje. Un hombre que busca la frase, la luz, el alivio y durante todo el relato se la cambia el rostro, el ánimo, las expectativas. Va cada vez más pálido y amarillento a resolver el acertijo, angustiado sin seguridad de lograrlo. En ese intento hasta se olvida de “vivir”.

Autor de varios libros de excelente poesía, Heraldo Giordano, escribió ahora una prosa brillante y profunda. No apta para estómagos ligeros, para aquellos que buscan leer superficialidades de vacaciones, tirados en una burbuja playera. Ha escarbado en el alma de personajes que luchan contra un destino aciago, el de sus propias vidas, el de sus íntimas convicciones, temores y ansias. Sus héroes nos hacen acordar a Sísifo, castigado a subir eternamente una piedra a la cima de una montaña, sólo para que se desmorone una y otra vez. Son Sísifos, no en el sentido Camusiano de realizar un trabajo inútil y sin esperanza, sino en la idea de que el destino humano, por ser justamente humano, es tratar de levantar una piedra inmensa que nunca llega a la cima, y que si la alcanza vuelve a rodar para abajo. Esa piedra es la vida. El tiempo, los avatares de los días, las fronteras corporales y sociales, la rutina, coagulan en lo pétreo de las horas, del trabajo, hasta en lo nimio o pasajero, o fortuito. Sentimos que Giordano nos pone un espejo enfrente, gran tarea del buen escritor, y que no nos distrae con alegrías superfluas sino que, con los personajes de su libro, nos enseña con el lazo de una cuerda de ahorque, o a martillazos, o al borde de la muerte, corriendo desesperados o pretendiendo volar, o en subsuelo del planeta, que el tiempo y el espacio son nuestros enemigos principales. Que al espacio más o menos lo podemos manejar, pero que el tiempo es un enemigo implacable. Por ejemplo, nunca más será hoy.

Blog: Neaconatus

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