jueves 29 de octubre de 2020
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La niña de los ojos de soles de baraja

domingo 02 de agosto de 2020 | 0:30hs.
La niña de los ojos de soles de baraja

Por Víctor Verón

Ahí viene ella; allí viene ella aligerando el paso, toda agitada y con el único pensamiento de desaparecer cuanto antes de la vista del hombre que la viene siguiendo. Sus grandes ojos se abren ante mí como si fuesen soles que lanzan sus destellos sobre un mundo antes de envolverlo enteramente. Las sombras de la noche se han apoderado de la selva, pero los relámpagos refulgen a ratos en la bóveda del cielo, cada vez más violentos y menos espaciados. Me estremezco a pesar mío. Nunca pude tolerar los temporales.

Pero olvidemos estos resabios de la infancia y entremos en el escenario de los hechos aun desconocidos. Ella se ha metido en la senda abierta en la maraña con la intención de eludir a su perseguidor. Está realmente atemorizada, diciéndose que tal vez esa vía de escape no fuese la acertada. Un intenso sudor frío le moja la nuca luego de volverse para mirar por sobre el hombro. Los fulgores del cielo se filtraron entre los árboles inclinados sobre el camino, permitiéndole ver la silueta del hombre que trataba de alcanzarla.

Se halló de pronto corriendo a la disparada, sin cuidarse ya de los obstáculos. Perdió la huella, tropezó y cayó de bruces. Se incorporó, sus pies se enredaron en unos sarmientos y volvió a caer. Lanzó un gemido de angustia. Cuando se ponía en pie, los dedos de su perseguidor se aferraron a sus cabellos. Pensó en pedir socorro, pero el grito se le atravesó en la garganta. El hombre jadeaba tratando de derribarla, ahogándola en una oleada de catinga. La víctima nunca había olido un hedor tan insufriblemente asqueroso. Entonces se revolvió como una fiera entrampada. Casi fuera de sí y ajena a los primeros efectos que le produjera el contacto con un cuerpo sucio, sudoroso y hediondo, empleó las uñas y los dientes. Pero la furia del ataque superó sus fuerzas. Recibió en pleno rostro un puñetazo que la envió de espaldas sobre el suelo recubierto de ortigas. Tuvo un vahído y creyó perder el conocimiento, pero el agresor se abalanzó sobre ella y le tironeó las ropas cuando se recuperaba y volvía a tener conciencia de la situación, en el mismo momento en que el hombre se ocupaba de arrancarle la blusa a pedazos. Gimiendo horrorizada, se resistió con denuedo, agarrándose el pantalón vaquero que él trataba de quitarle. Toda su resistencia fue en vano y, segundos después, tuvo conciencia de que estaba desnuda. Arqueó espasmódicamente la espalda y cruzó las piernas lanzando débiles ayes de impotencia mientras el hombre jadeaba con más fuerza. Sus gruñidos alcanzaron una brutal intensidad y sus ojos vomitaban carbones encendidos de paroxismo.

-¡Deolindo de Lima sabe cómo domar cachorrinhas como vocé! -aulló.

Con las fuerzas agotadas, incluso su capacidad de dolor, pensó que se estaba despeñando, rebotando de roca en roca, a punto de estrellarse en el fondo del abismo. Pero nada de eso iba a suceder, porque Juan Serafín llegó en ese instante. Su voz tajante se interpuso entre la jovencita y el agresor. Todo ocurrió con rapidez insospechada. Deolindo de Lima se sintió levantado de pronto al aire y lanzado sobre las ramazones de la vera del camino. Pero, a pesar de la violenta caída, volvió a ponerse de pie con gran agilidad. Rechinó los dientes y echó mano al machete, dispuesto a atacar. Los fulgores del cielo se volcaron sobre el lugar, pero las luces instantáneas no fueron suficientes para que la chica pudiera ver lo que ocurría. Las nubes reverberaron de nuevo lanzando una andanada de luces enceguecedoras. Deolindo reconoció a Juan Serafín, sus nervios se aflojaron y dejaron de arrojar chispazos de violencia. Abrió la boca con expresión estúpida y bajó lánguidamente la guardia. Luego, lentamente, cayó de rodillas, soltó el machete y se arrastró a los pies de Juan Serafín; después se aferró a sus botas y perneras para pedirle perdón; pero él se apartó y fue a auxiliar a la muchacha que yacía desmadejada en una de las huellas del camino. La tomó en sus brazos y echó a andar sendero adentro.

-Ya pasó el susto, muchachita. Volverás a estar bien en un momento. Nos ocuparemos de esas lastimaduras y pronto te parecerá que nada ha pasado. -Cambió de tono y habló por sobre el hombro. -Recoge las ropas, pedazo por pedazo, el bolso también. Si intentas huir, antes del alba tus tripas se llenarán de gusanos y comenzarás a viajar rumbo al infierno. ¡Anda, vuela, Deolindo!

La chica dejó caer la cabeza en el hombro de su salvador, se estremeció enteramente y exhaló un hondo suspiro. Una lasitud de extrema postración se apoderó de su cuerpo, como si le pesara un mundo, o la hubiesen llevado a la fuerza al fondo de una profunda hoya. Cuando se alejaban del lugar, una sucesión de relámpagos le mostraron la figura de su agresor. EI hombre había cambiado por completo. Parecía encogido, débil, mientras andaba a gachas, recogiendo aquí y allá los jirones dispersos, arreglándose la faja cuya punta se había enredado en una mata de espinos. La visión grotesca le produjo un nuevo vahído. Pensó que iba a desmayarse, pero sus labios partidos y sus otras heridas le devolvieron el aire. “Ya desaparecerán esos dolores, pequeña”, oyó que su salvador le decía con una entonación cuyas resonancias se derramaron sobre ella como un maravilloso bálsamo tranquilizador. El cielo mostraba a intervalos las sombras alzadas a ambos lados del camino. Descubrió las formas oscuras de un pequeño puente de troncos. En el fondo del barranco, semioculto por la maraña, resbalaba en silencio un arroyuelo con lecho de piedras musgosas. Las iras del cielo arreciaron por medio de descargas que rompían el silencio del paraje. La tormenta se abatiría de un momento a otro sobre la faz de la tierra. Juan Serafín observó los destellos y se acordó de las facciones serenas del Paí Josemf. Sonrió dulcemente, apartó unas matas de arbustos y saltó. Eligió un lugar y depositó su carga sobre una roca aplanada, a dos pasos del agua. La muchacha se quejó al sentir la superficie áspera y fría. Entonces él se quitó el poncho y lo extendió bajo su cuerpo desmadejado. Después le sacó los zapatos y las medias, únicas prendas que Deolindo le había dejado encima. Una larga llamarada rasgó el cielo expandiendo su luz en la selva. La joven se crispó enteramente, cruzó las piernas y se cubrió el pecho con las manos. Deolindo llegaba en ese instante. Se detuvo al borde del barranco y luego saltó. Con gestos de abatimiento depositó sobre las piedras el haz de telas despedazadas y el pequeño bolso de mujer.

-Mira a otra parte -ordenó Juan Serafín-, y no vuelvas a poner los ojos en esta criatura. Deolindo se dejó caer a un metro de la corriente y ocultó la cabeza entre sus rodillas. Después, como si se enterase que todas las furias del infierno crisparan sus garras sobre su carne, se quedó inmóvil y en silencio. Mientras tanto, Juan Serafín eligió unos pedazos de tela y los sumergió en la corriente. Un alivio dulzón invadió el cuerpo de la chica cuando él se aproximó y le lavó las heridas. Pensó que tal vez se estuviera desmayando, porque sus dolores parecían desvanecerse. Relajó los músculos y no opuso resistencia cuando el desconocido le lavó las despellejaduras del cuello, los brazos y el vientre. Ladeaba el rostro cuando él volvía del agua, luego de empapar y estrujar un pedazo de tela. En cierto momento creyó ver su propia sangre que enrojecía el agua del arroyuelo. Una fragancia extraña e inefablemente delicada la transportó a una suerte de embriaguez. Se repuso de golpe al oír la voz que le estaba diciendo que no tuviese vergüenza de alguien con la edad suficiente como para ser su abuelo, y que lamentaba tener que hacerlo; pero que no podía dejar de curar unas heridas como esas. Cabeceo lánguidamente y cerró los ojos.

-Sí, señor -musitó.

Apretó los dientes y se preparó para ahogar el gemido, pero no tuvo necesidad de hacerlo porque no ocurrió lo que esperaba. Por el contrario, volvió a estar embargada por la misma sensación de momentos antes, la misma embriaguez que la invitaba a dejarse llevar por la corriente deliciosa de un trasueño voluptuoso. Oyó de nuevo la voz lejana y tranquilizadora que le estaba diciendo que muy pronto volvería a sentirse tan bien como antes. Y cuando Juan Serafín dejó de lavarla, ella recobró la lucidez y se hizo cargo de la realidad. Suspiró con todas sus fuerzas. ¡Qué olor tan dulce, Dios mío! En menos de una hora dos hombres tocaron su cuerpo desnudo; pero con fines tan opuestos. En tan breve tiempo había conocido lo diabólico y lo santo a través de dos desconocidos. Uno trató de ultrajarla, poseído de una bestialidad demencial; el otro se presentó para salvarla milagrosamente y después restañar su sangre y vestirla con su propia camisa. Al llegar a este punto de sus pensamientos, le sobrevino un desmesurado deseo de echarse a llorar, de vomitar la angustia que la atoraba y oprimía hasta el ahogo. Intentó reprimir el primer sollozo y se contrajo dolorosamente; pero sus músculos se doblegaron y ya no pudo contenerse, derrumbándose como un árbol centenario que estalla al caer y llena de resonancias los huecos de la selva. El cofre de su ser se abrió y un estertor gigantesco la sacudió por entero. El polvo del camino recorrido hasta ese lugar se levantó con violencia de vorágine e hizo pedazos su entereza. Lloró vertiendo lágrimas enormes, sacudiéndose con todas las fuerzas de sus nervios, lanzando hipos y abriendo sus dedos ante el pecho de Juan Serafín. Y de pronto, instintivamente, se apretó a él como una parturienta temerosa de echar su hijo en un mundo cargado de acechanzas. Entonces Juan Serafín, rodeándola con sus brazos, le dijo que había una palabra india que significaba “llanto”; y que se nombraba así al llanto porque los antiguos aborígenes consideraban el acto de llorar como un lavado espiritual para aliviar el peso que suele agobiar al corazón. A veces era bueno llorar; ella no debía avergonzarse por llorar cuando podía, pues llorando se refrescaría por dentro.

Después Juan Serafín le dijo que levantara los ojos para ver que allá arriba el cielo también se estaba revolviendo, retorciéndose como su alma. Vomitaba truenos y relámpagos como si quisiera hacerse pedazos y morir. Al menos, eso parecía, pues dentro de un rato se echaría a llover para seguir lloviendo durante toda la noche. Al comienzo lo haría como si deseara ahogar a la tierra con sus lágrimas; después se iría calmando poco a poco hasta que su llanto ya no sería un castigo, sino una bendición. Vendría la madrugada, luego el alba, y en la mañana, cuando fuera el nuevo día, volvería a salir el sol y los ojos del cielo sonreirán nuevamente a la Madre Tierra. Llegado ese momento, las penas y las angustias de cierta niña de ojos de soles serían solo un recuerdo lejano.

Juan la apartó de sí y le vistió el poncho. Ella había dejado de sollozar y daba muestras de haber recobrado la calma. Después de alisarle el pelo, le dio la espalda para dirigirse a Deolindo:

-Deolindo de Lima -dijo en tono solemne-, ahora puedes mirarnos. ¡Anda, levántate y ven a hincar tus rodillas ante esta muchacha! Baja la cabeza y besa esa piedra. Así está bien. Y ahora escucharás lo que voy a decirte. Deolindo, tienes dos caminos a elegir. Te aseguro que es la única y última oportunidad que tendrás en la vida. Así es, Deolindo, y no tienes otro remedio que tomarla o dejarla. Escucha, este es el primer camino: el infierno se zambullirá en tu pecho y se enroscará y apresará tu corazón. Luego apretará y apretará y apretará como aprietan los anillos la boa curiyú, y te seguirá quebrando y quebrando, antes de hacerte pedazos y engullirte. No podrías soportarlo hasta la próxima luna menguante. Correrás desesperadamente noche y día, pero no escaparás. Al final, asqueado de tu propio sufrimiento, huirás al fondo del monte y te colgarás del cuello con tu faja. Así acabarás, y dentro de dos semanas tus huesos se balancearán pendidos al viento, pelados por los iribús y los gusanos. Es tu primer camino, Deolindo.

-¡No, no! -clamó el desgraciado, golpeándose la frente en la roca.

-Hace un momento apenas no tuviste ninguna compasión; sin embargo, el corazón, el mismo corazón que martirizaste sin piedad, acaba de latir movido por tu aflicción. Tienes suerte, Deolindo, una suerte que quizás no merezcas.

-¡Perdón, perdón! ¡No quiero morir!

-Pues bien, entonces tal vez no mueras.

-¡Obrigado!

-No te apresures, descarado, porque si vives lo harás con una condición.

Escucha, escucha, palabra por palabra: permanecerás en la tierra y seguirás el camino de las gentes, pero ya no volverás a ser el mismo Deolindo que todos conocen. Ya no te desvelarás en ningún lecho de puta, ni volverás a enredarte en juegos de dados y barajas, ni probarás una sola gota de aguardiente, ni andarás como un chivo que se baba tratando de toquetear el trasero de ninguna muchacha inocente. Todas esas vilezas se acabaron para vocé, porque ellas se morirán en tu reemplazo. En cambio, trabajarás de sol a sol, desde el alba a la puesta del sol, sudando hasta que tu cuerpo deje de oler como una comadreja malherida.

Otra cosa más, Deolindo: darás a tu pobre madre siete partes de cada diez de todo lo que ganes trabajando, de modo que ella no vuelva a pasar hambre y algún día logre olvidar lo muy ingrato que fuiste todos los días de tu vida. Y durante todo el tiempo que sigas oliendo a muerto, no podrás mirar ni siquiera con el pensamiento a ninguna mujer de la tierra; porque si te atrevieras a poner tus ojos en el cuerpo de la más sucia de las ruteras, te juro por Dios que vendré a verte en persona para mostrarte los colmillos de tu propia perdición. Y si por desgracia llegara ese día, tus testículos se secarán y achicharrarán como tripas aireadas al sol, y ya no tendrás ninguna esperanza de llegar a ser algún día un hombre de verdad. Deolindo de Lima, levántate y deja de gemir. Ahora, vuélvete hacia la salida del sol y desaparece de mi vista, porque ¡no quiero volver a verte hasta que te hayas despojado de tus inmundicias!

La joven fue abriendo sus ojos a medida que oía las imprecaciones del desconocido. No pudo abarcar la dimensión de las palabras, y menos concebir que alguien en su sano juicio se atreviera a hablar en tales términos a un asesino. Pensó que quizá su propia mente se había trastornado a causa de lo ocurrido y que ahora estaba cayendo en el delirio. Un escalofrío le contrajo las vértebras al ver a Deolindo cruzar el arroyo, subir el barranco trabajosamente y luego perderse tras el follaje. De pronto, la voz de Juan Serafín la volvió a sacar de sus pensamientos. Tenían que partir antes de que se largara a llover.

De “Los Pájaros Sagrados” Edunam 1989. Finalista del Premio Plaza y Yáñez, de España. Publicó además La llama y el viento. Verón murió el 24 de agosto de 2001

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