Juanita, valiente mujer

Domingo 14 de junio de 2020 | 05:30hs.

Por Ramón Delgado Cano Escritor

Juanita vivía en Posadas, en el barrio Villa Sarita, en una casita de madera, ubicada entre dos edificios modernos de no sé cuántos pisos.
Para entrar había que separar un portón, que siempre estaba abierto, jamás se cerraba pues sus bisagras estaban todas arrumbadas. Entre el portón y la casa había que recorrer un pequeño sendero con muchas plantas y hermosas flores, mariposas multicolores abundaban por doquier. Al llegar al porche, ella te gritaba:
—¡Adelante, adelante! Y allí estaba Juanita, la rebelde, Juanita, la intelectual, Juanita, la paraguayita morocha y hermosa, de los bellos ojos negros, ahora ya con el cuerpo lerdo y delgado de la extrema vejez.

Cuando la conocí, hace un par de años, ya había rebasado los ochenta. Debía de haber sido muy linda y atractiva en sus años juveniles. Todavía le quedaba en la cara algunos rasgos de sus pómulos salientes y simétricos, un lunar en el labio superior, le daba el toque de elegancia.
Vivía de una exigua pensión, muy austeramente. Vestía un usado vestido de jersey y un suéter gastado de color claro, todo limpio y bien planchado, un detalle que me llamó la atención, al cuello llevaba un viejo collar de fantasía, gracioso y humilde. Con todo esto quiero explicar que la veía muy coqueta, y que le seguía sentando bien la ropa, pese a sus piernas delgadas y un poquito hinchada.
Su cuerpo era pequeño y desfigurado, ese cuerpo que nada tenía que ver con su inteligencia y personalidad, porque la inteligencia de Juanita permanecía intacta, y su curiosidad, y su sentido del humor, y su inmensa cultura confundía a los que la conocían. Hablaba tres lenguas con perfecta claridad y fluidez, entre ellas el francés, y, pese a estar muy impedida de movimientos y con la vista deteriorada, permanecía atenta al acontecer del mundo y a las noticias actuales.
Con su anteojo viejo y gastado y con mucha paciencia, leía los diarios y revistas que los vecinos le acercaban de vez en cuando. Le gustaba leer libros de novelas, especialmente las de misterios y policiales, por ejemplo, novelas de Sherlock Holmes.
El amigo que me llevó a su casa me había hablado muchas veces de ella: de su fuerza, de su misterio, de su mito. Por él sabía que Juanita peleó y comandó una división de infantería en la Guerra del Chaco, allá por el año 1934. Mi amigo Carlos me contó que Juanita no se llamaba de nacimiento Juanita, sino que era una muchacha de un montón de nombres y apellidos a las espaldas. Cuando la revolución del 47 en el Paraguay echó a su familia y a ella de sus tierras, la joven Juanita emigró junto a los suyos a la provincia de Córdoba, como hicieron muchos connacionales. Pero después, en algún momento del exilio, Juanita tomó posiciones de izquierdas y revolucionaria. Fue entonces cuando rompió con su aristocrática familia, cuando cambió su nombre a Juanita.
Vivió el golpe de estado intenso de los años sesenta en la ciudad de la Docta, en donde fue líder y musa de conocidos artistas, pintores, músicos y compositores; vino a Posadas en 1970 y se enamoró de la ciudad, como tantos exiliados y profesionales liberales de la época, con el frágil sueño de progresar, formar una familia, y radicarse definitivamente en este lugar.
Regresó algún tiempo a su Paraguay querido, y formó parte de la resistencia contra la dictadura de aquel entonces, sin éxito alguno.
En los años ochenta, fue cuando la conoció a mi amigo Carlos, en esos tiempos se dedicaba a alimentar y proteger en su humilde casita a todos los paraguayitos hambrientos, sin trabajos y perdidos que había en la ciudad. Todavía lo seguía haciendo hasta hace tres años.
Luego de que Carlos me presentó, la propia Juanita, con su cuerpecito bamboleante, nos preparó la cena, bifes con cebolla, acompañado con arroz blanco, tortillas de acelgas y queso. Vivía sola, pero siempre tenía la casa con gente.
Aquella noche hace dos años, era pleno enero y hacía mucho calor, la revolucionaria Juanita nos contó cómo fue enfermera durante la Guerra del Chaco, y cómo escapó estando prisionera de una patrulla boliviana a través del monte, arrastrando a un soldado herido que estaba con ella, cuando los bolivianos tomaron el hospital en la que trabajaba. Y habló de batallas y de refriegas, y de campos de prisioneros, y de una huida a lomo de un caballo mientras les disparaban por todas partes.
Habló, en fin, del esplendor y el ímpetu de sus veinte años, mientras comíamos las ricas tortillas con mandioca, regado por un rico vino tinto, sin darnos cuenta que la madrugada avanzaba hacia el nuevo día.
No volví a ver a Juanita. Hace unas semanas a mi amigo Carlos le llegó una carta escrita en letra diminuta y difícil de leer: era del amante de Juanita, un terrateniente extranjero del Alto Paraná, diez años más joven que ella con el que compartió los últimos quince años de su vida. Contaba que Juanita había muerto, y que la habían enterrado, según ella había pedido, envuelta en la bandera tricolor de su querido Paraguay.
Con Juanita desapareció el mundo que sólo ella llevaba en la cabeza: las amistades vividas, los amores, los miedos, los libros leídos, los sueños, los triunfos y las derrotas, la demostración entera de una época. Un montón de recuerdos.
Estoy seguro que dentro de pocos años ninguno se acordará de Juanita. Nadie se acordará de esta extraordinaria mujer.

Relato inédito. Delgado Cano publicó los libros “Villa Sarita”, “La batalla de Mbororé”, “El Tesoro de Sarandí” y “Cancionero de la música misionera”, entre otros

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