El Cuñatay y los chanchos

Domingo 19 de julio de 2020 | 01:30hs.

Alfonso Scherer 
Escritor

La noche prometía ser calurosa y nuestro colono, don Werner, inspeccionaba de cuando en cuando con su linterna el lugar donde estaban sus chanchos. Estos respiraban con dificultad en la calurosa bodega, en la cual no entraba ni un hálito de brisa fresca para su alivio; más penosa les resultaba su situación por estar con las patas atadas y sin poder moverse. Temiendo por la vida de sus cerdos nuestro amigo, sin decir palabra alguna, les cortó las ataduras para que pudieran por lo menos moverse libremente dentro de la bodega. Salió luego de aquella covacha para seguir durmiendo en cubierta.

Cuando el barco navegaba con carga se utilizaba la bodega para depositar en ella bolsas de papas, porotos, maíz o mandioca, pero como iba vacía y solo estaban los animales, nadie se ocupó de limpiarla.

Una vez liberados, los chanchos empezaron a remover y escarbar entre la basura para procurarse algún alimento, encontrando restos de mandioca, papa y maíz. Cavando con sus patas y dientes llegaron a la madera del casco, que era bastante viejo y estaba podrido en distintas partes.

 Mientras tanto el Cuñatay navegaba tranquilamente río arriba. La noche estaba estrellada, hasta que en determinado momento el práctico timonel tuvo la sensación de que en proa ocurría algo anormal: el barco no se deslizaba con suavidad y su marcha se hacía más lenta. Mandó a un muchacho a ver qué ocurría. 

Al cabo de un momento éste regresó con la alarmante noticia de que en la bodega de proa había agua. Con el movimiento se despertó don Werner y salió corriendo con su linterna en mano a interiorizarse del estado de sus cerdos, pero cual no sería su sorpresa y horror al ver a los chanchos nadando con dificultad en el depósito semi anegado. Estalló la alarma. “¡Nos hundimos…nos hundimos!”, exclamaban voces por doquier. Por suerte el pasaje constaba de pocos pasajeros y el experto capitán sabía qué hacer en aquellos casos. Buscó con su reflector un banco de arena en la costa y con las máquinas a toda marcha lo embistió, encallando firmemente para no moverse más, pero había salvado del naufragio el buque, los pasajeros y la carga.

Cuento publicado en el libro La selva vencida  – Ediciones Marymar- Buenos Aires 1976

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