Destino

Domingo 14 de junio de 2020 | 03:30hs.

Por Lucas Braulio Areco Escritor

Los dedos callosos intentaron apartar las telarañas del espejo colgado junto a la ventana. Ojos azules, enmarcados por hondas arrugas, hallaron en la atenuada y difusa profundidad del cristal deteriorado, la aparición casi fantasmagórica de su propio rostro. Era como un examen, una búsqueda en el trasfondo del pasado. Allí en el cuarto de la vieja casa, mitad madera, ladrillo y adobes, donde transcurrieran casi cuatro décadas, en ese exilio de Loreto, muy cerca de las ruinas guaraníticas.
Había llegado un día, joven, pletórico, de su Moravia lejana. Con Bertha, su esposa, y como él, dispuesta a roturar la tierra en medio de la selva tupida, cerrada, después de un largo viaje en el carro de altas ruedas. Y esa casa se levantó, como su propia esperanza.
Luego la lucha, sin pausas. La tierra noble, los imponderables de la sequía tremenda o las lluvias en demasía.

Un día, su Bertha, luego de una jornada tremenda, había cerrado los ojos y partido para siempre.
Recordando todo aquello se retiró de la vieja ventana de grises tablas.
Empeñado en un amargo recuento, como dando vueltas en los límites de su habitual soledad.
Afuera, el calor avanzaba como la cercanía de un incendio, con alguna brisa que no alcanzaba a alterar el bochorno.
-¿Don Antonio?
La voz cortante llegó del patio. Voz de mujer que llamaba. -Ya voy, pues ...
Salió a la resolana agobiante, levantando el rostro y fue hacia una muchacha que avanzaba cruzando el patio.
-Le traigo las camisas. Están listas para usar. Solamente faltaban algunos botones, algunas puntadas ...
Portaba un envoltorio del que sobresalían las mangas de las camisas de trabajo.
-Clarita, diga nomás cuánto es todo.
-Después, nomás, don Antonio.
-No. Es abuso de mi parte mandar arreglar ropa y no pagar. Vamos, diga cuánto ...
El insistía y la muchacha se negaba.
Entonces hizo un gesto y se llevó la ropa adentro y la dejó sobre el amplio lecho. Tomó un paquete que estaba sobre una silla y salió nuevamente.
-Mire, esto lo compré para usted Clara. Estuve en Posadas. Unos metros de tela para un lindo vestido. ¿Qué le parece?
A la muchacha se le animaron los ojos.
-Pero, don Antonio ...
-Nada. Nada, es poca cosa. Siempre haciéndome favores y no quiere paga. No puede ser, muchacha ...

-jAh, Y diga a su mamá que cuando tenga un poco de tiempo que venga por aquí que quiero hablar con ella.
Ella asintió en silencio, y pronto se alejó por entre los grandes árboles que daban al camino real.
Silenciosa y ardiente la noche, sin aire casi, dificultando el sueño. Antonio daba vueltas y vueltas en el amplio lecho solitario. Las imágenes de ayer volvían nítidas. Cuando Bertha estaba a su lado. Cuando luchaban porque el surco diera sus frutos.
Ahora la soledad era cada vez más pesada, más densa.
¿Clara? ¿Por que no?
Era natural, eso sí, que sus seis décadas no conjugaban con aquella exultante juventud veinteañera. Pero...
Las sombras se atenúan cuando avanza la madrugada. Antonio dormita apenas y es muy temprano cuando se levanta con nervioso y decidido gesto.
La cocina de tablas y paja, pegada al cuarto; el fogón criollo en el suelo que enciende enseguida. Y el mate inevitable que se hizo costumbre con los años. Un poco de café casero y el pan de cebada cocido en casa.
Afuera el día ya estaba abierto como un escenario, como un grito a lo alto, con un cielo transparente, sin nubes.
-¿Y qué me dice usted?
La mujer baja el rostro, recompone su vieja pañoleta sobre el cabello entrecano y lo mira como estudiándolo.
-No sé, don Antonio. Hay que ver que dice ella. ¿Ya le habló?
-No. Primero quise saber qué dice usted ...
-Yo no digo nada; si a ella le gusta ...
-Claro, soy bastante viejo quizás para ella. Pero le daré lo que haga falta. Pienso que se acostumbrará conmigo. Yo necesito una compañera ... Yo ...
-Hable con ella, don Antonio. Por mí no hay problema.
El diálogo terminó. La madre de Clara Saucedo se alejó hacia la ruta con su canasta de frutas al brazo.
Antonio regresó silencioso al patio de la casa. Algo sonreía muy adentro. La figura de la muchacha estaba fijada como una estampa en su mente. Hoy mismo hablaría con la muchacha. Le ofrecería casamiento.
No hubo celebración especial. Después del Registro Civil y la bendición religiosa regresaron a la casa. Ella parecía contenta, pero con una alegría sin estridencias, atenuada. Cuando entraron al cuarto, ella fue a cambiarse a otra habitación. Aprovechó ese momento para abrir el antiguo baúl de madera y latón repositorio de antiguallas. Sacó del fondo una desvaída fotografía de Bertha. Aparecía sonriente, juvenil, como había sido hasta su partida...
-Sabes, Bertha. Tuve que hacerlo. Estoy demasiado solo. Pero no te olvidaré nunca, ¿lo sabes?
Guardó con emoción extraña aquel recuerdo y bajó la tapa del baúl cuando ella regresaba, como envuelta por una extraña belleza.
Aquella noche, Antonio Tomasek inauguró un nuevo tiempo en brazos de la Sulamita que le marcó el destino. Afuera, la brisa veraniega movía suavemente las copas de la arboleda. El verano, asistido por los vientos del norte castigaba el monte y ondulaba la temperatura bárbara. Antonio parecía otro hombre. Como salido de un marasmo obsesivo. La sementera acompañaba la sensación de plenitud con una cosecha abundante. La roja tierra sonreía al sol tremendo.
La esposa nueva parecía contenta. El no pedía más. Las jornadas de todo el día en la chacra, se interrumpían solamente con la llegada del almuerzo modesto que ella le traía, para regresar después de una ocasional y trivial conversación.
La miraba alejarse y su contentamiento le llenaba las venas. Creía haber pagado su deuda con la soledad que hasta ese momento era como un cilicio.
* * *
Ubicó en la bolsa lo comprado. El almacén de Eric, el sueco-germano, estaba desierto. Él era el único cliente de la mañana. El almacenero pasaba un sucio trapo sobre el gastado mostrador de madera y chapa.
Ya se iba, cuando le habló, mirándolo fijamente con sus pequeños ojos azules que parecían dos pequeñas linternas en el ancho rostro de rubia barba encanecida:
-Antonio, somos amigos de muchos años, ¿eh?
-Pues, claro.
-Bueno. Yo no quiero meterme. Pero no me gusta que la gente hable y se divierta a costillas de un hombre bueno... Vos sos honrado, Antonio...
-iQué pasa!
-Bueno. El asunto es que tu mujer...
Sintió que se le enfriaban las mejillas.
-Pues no sé cómo te casaste con Clara Saucedo. Vos no sabes que ella ...
-jVamos, adelante!
-Pues seguramente no sabías que antes había sido mujer de Pedro el camionero, ese que siempre llega por acá y hace viajes a Rosario ... También lo fue de Severo, ese sinvergüenza repartidor de carne ... En fin. La gente charla y dice que cuando salís, llega gente en tu casa para entenderse con ella.
Antonio se irguió como una pantera y con enorme energía soltó la bolsa y se apoderó del cuello de la camisa de Eric, casi levantándolo, mientras el otro no atinaba a defensa alguna. -jBasta, Eric! ¡Basta de chismes sucios ... ! Y ahora mismo termina esta porquería de amistad que teníamos ...
Lo soltó, tomó la bolsa y salió a grandes pasos.
El almacenero lo miró alejarse, exaltado y dolido por el fin de aquella amistad de “gringos”, de tantos años ...
Luego murmuró, mientras reanudaba la limpieza del mostrador: -Si no quiere oír, peor para él.
Avanzaba por el camino alfombrado de polvo rojo disuelto como arena que le llenaba las viejas alpargatas. El sudor era un río ardiente bajando por las mejillas, mientras la tempestad crecía muy adentro y la sangre le latía violentamente.
Se puso al costado del camino a la sombra ahí existente para tomar aliento. Luego de algunos minutos siguió la marcha.
Cuando entró a la casa, Clara estaba en la cocina.
Dejó la bolsa y siguió al patio, al galpón de las herramientas.
Allí estuvo sentado largo rato. Las palmas de las manos sobre las sienes pulsaban la presión arterial agitada.
Resolvió callar. Había traído a su mujer al techo humilde, sin preguntas ni sospechas. Ella cumplía con él. No esperaba de ella los ardimientos volcánicos, y sí apenas, esa compañía necesaria.

Quizás fuera cierto, quizás ...
La voz de Clara llegó desde la puerta: -Cuando quieras, está listo el almuerzo.
-Voy enseguida.
Mientras comía la observaba sin que ella se diera cuenta. Podía ver, indudablemente un cambio casi imperceptible. Ya lo había notado en las noches cuando su mano buscaba su presencia y ella maquinalmente se alejaba. El no insistía, entonces.
El sueño huía y las luces del día lo sorprendían con los ojos abiertos.
Podía notar, ahora, una distancia, que no se atrevía a romper.
-Voy a lo del japonés a buscar el abono que le encargué la vez pasada.
Ella lavaba inclinada sobre la tina bajo el amplio dosel que formaba un naranjo en el patio.
-Está bien.
-Mirá. Creo que voy a volver tarde.
Ella no lo miró, pero asintió con la cabeza. Cuando llegó a la chacra de Ichiro Somi distante varios kilómetros, este salió a recibirlo. Lo había visto desde lejos. Con su permanente sonrisa que parecía una mueca.
-iHola, amigo Antonio, tanto tiempo... !
-Que tal, Ichiro.
Entraron y pronto estuvieron en plena charla animada. El japonés lo convidó con algunos pedazos de carne asada, mandioca hervida y un trago de vino barato.
Pasaron al sembradío y a los jardines contiguos que rodeaban la casa del oriental. Todo aquello semejaba un vergel de leyenda.
Cargaron el “humus” y la hojarasca amasada que era el mejor abono, en la caja del carro. Siguieron la animada charla mientras la tarde avanzaba rápidamente.
Había pasado el tiempo casi sin advertirlo. La compañía de Ichiro le resultaba como un descanso. Era sutil, ingenioso, y a momentos, infantil.
Cuando decidió regresar y ya en el carro, se animó a una pregunta: -Decime, Ichiro. ¿No tienes esposa?
El japones sonrió levemente.
-No precisa mujer. Yo soltero, mejor, ¿sabe? Pero yo te cuento:
-Antes, hace mucho, en Japón, yo tener esposa. Yo joven, enamorado, casa con linda muchacha vecina. Gran fiesta. Gran alegría de Ichiro. Pero un día descubre que esposa linda engañaba con muchos cuando Ichiro iba a trabajo en fábrica. Y descubre cuando vuelve a casa antes de hora que estaba con amante ... Este corre pronto y escapa. Y yo entonces mata a esposa maldita...
Ichiro cuenta como si aquello fuera algo sin importancia. Antonio se queda de una pieza.
El otro prosigue:
-Entonces policía lleva preso. Yo estar en cárcel cuando viene guerra con yankis. Entonces vamos a pelear todos. Yo va a la marina imperial. Herido dos veces. Después termina guerra y yo prisionero. Cuando largar a mí yo vene a Argentina. De Buenos Aires, aquí en Misiones, donde tene un parente que ya murió ...
Y subraya con otra sonrisa:
-Hoy, Ichiro, contento, tranquilo ...
-No, no quere esposa. ¿Para qué?
-No quere más dolores...

Con un gesto se despide y regresa lentamente, mientras el sol iba cayendo y marcando pesados nubarrones en oro y sangre sobre el paisaje serrano. A su lado y en las dos direcciones posibles pasaban veloces autos y camiones. El seguía a media banquina en el pesado carro. En cambio llevaba sobre sí algo así como una losa gigante. Paladeaba sin querer el corto y tremendo episodio de Ichiro Somi. Y al hacer el balance no podía evitar una angustia que como garra le quitaba el aliento.
Estaba oscureciendo cuando entró al camino de tierra que daba a la chacra. Llegó, desató el cansino caballo y dejó la carga para ocuparse de ella a la mañana siguiente.
No había luz en la casa. También le sorprendió un extraño silencio en todo el ámbito.
-jClara!
Llamó dos veces. No hubo respuesta.
Entró lentamente empujando la puerta entornada, sin llave. Encendió un fósforo y el viejo farol colgado del techo disipó la oscuridad e hizo más dramático el silencio total.
Pasó al dormitorio, lentamente. Nadie.
-¡Clara !
Evidentemente no estaba en la casa.
Cuando divisó sobre el amplio lecho un papel escrito. Lo leyó rápidamente:
“Me voy. Cuando llegues ya estaré lejos. Hoy a medio día pasamos al Paraguay con mamá y mi primo Elvio. Disculpame pero no puedo seguir con vos. Yo necesito otra vida y estoy aburrida de estar metida aquí, cocinando y lavando. Soy para vos una sirvienta que no te cuesta nada. Aunque vos no tenés la culpa.
Yo sí porque acepté el casamiento. Después de todo te agradezco por todo. No me busques que no volveré. Llevo el dinero que estaba en la valija parque la necesitaré. Disculpame y adiós.
Clara”
Volvió a leer lentamente. Luego arrugó el papel entre los dedos y lo tiró. No sentía, extrañamente, amargura ni disgusto. Parecía haber escapado de su cuerpo y no podía contemplarse a sí mismo a la distancia, ausente de toda sensación.
Salió de la pieza y recobró la realidad. Con las sombras del contorno montuoso el aire llegaba en frescas bocanadas.
Fue al viejo baúl y a la luz del farol hurgó nerviosamente. Halló el paquete cuidadosamente envuelto. Lo revisó, sacó la fotografía de Bertha que seguía sonriendo a través del tiempo. Apretó con ternura la postal sobre el pecho y la dejó sobre la mesa de luz, cuidadosamente. Vestido como estaba, se tendió en el lecho que ahora era otra vez solamente suyo y cerró los ojos para iniciar un viaje sobre las colinas de un territorio de paz desconocida.

El relato es parte del libro Doce cuentistas de Misiones, Ediciones Trilce 1982.

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