2026-08-23

Su mascota Lagertha se adaptó a la ruta y acompaña cada etapa de la travesía

En compañía de su gata, una misionera recorre Brasil en moto

La joven de 27 años inició la travesía con pocos recursos, sin fechas ni itinerario fijo, y busca sostener el recorrido mediante la venta de artesanías

La falta de oportunidades laborales llevó a Marcela Feldik, una joven de 27 años oriunda de Fracrán, a buscar una alternativa lejos de lo convencional. Estudió, realizó cursos y pasó por distintos trabajos, pero ante la dificultad de encontrar estabilidad decidió cambiar la perspectiva: tomó su moto, preparó lo indispensable y salió desde Bernardo de Irigoyen rumbo a Brasil acompañada por Lagertha, su gata y compañera inseparable en una aventura que se divide entre sierra, arena, mar y ciudades.

Sin una guía, cronograma, horario, fechas, ni grandes comodidades, la joven ya recorrió playas y ciudades de Santa Catarina y actualmente se encuentra en San Pablo, con la intención de continuar hacia Río de Janeiro y, si las condiciones lo permiten, descubrir el mar cristalino del litoral y el norte brasileño.

La historia, sin embargo, comenzó antes de subirse a la moto. Marcela creció en Fracrán y posteriormente vivió en San Vicente. Terminó sus estudios secundarios, realizó diferentes capacitaciones y trabajó en cocina, limpieza y hoteles, aunque no consiguió una actividad que le permitiera proyectarse laboralmente.

“La iniciativa de viajar surgió el año pasado, no tenía trabajo y me vine a Brasil. Estuve por diferentes ciudades hasta que terminé en Florianópolis y allá conocí muchos viajeros y eso me inspiró a empezar a viajar”, recordó al contar como comenzó la aventura.

Primero probó la experiencia como mochilera y realizó voluntariados a cambio de alojamiento. El contacto con otros viajeros le mostró que era posible conocer lugares sin necesitar grandes recursos económicos. En algún momento pensó hacerlo en bicicleta, pero finalmente regresó a Argentina en busca de su moto y comenzó una nueva etapa sobre dos ruedas.

No salió con vacaciones programadas, reservas de hoteles ni un presupuesto holgado. Su propuesta es precisamente la contraria: avanzar con poco, adaptarse a cada lugar y encontrar la manera de sostener el recorrido. “La temática del viaje es gastar lo menos posible, no pagar hotel ni hospedaje. Lo que voy consumiendo es lo que preparo en el camino para comer”, explicó.

Para cubrir principalmente el combustible cuenta con un pequeño ahorro apunta a las artesanías. “Estoy aprendiendo a hacer artesanías para vender y sustentar el gasto de la nafta”, señaló.

En esta aventura Marcela no está completamente sola. A su lado viaja Lagertha, una gata que encontró cuando vivía en San Vicente y que desde hace cuatro años forma parte de su vida. Antes de emprender el recorrido en moto, la joven ya la había acostumbrado paulatinamente a los traslados durante sus experiencias como mochilera. Colectivos, autos e incluso un viaje en barco formaron parte de ese aprendizaje.

En cada parada, Lagertha reconoce el nuevo espacio y rápidamente se adapta. Cuando duermen al aire libre comparte la carpa con Marcela y si alguna familia o conocido les ofrece una casa, explora primero el lugar antes de acomodarse. “En cada lugar que paro, yo la suelto, ella recorre el lugar, se ambienta y, si yo estoy acampando, se arma dentro de su carpa y duerme”.

A diferencia de su mascota y amiga inseparable, la moto, curiosamente, todavía no tiene nombre. Marcela pensó en bautizarla La Misionera, La Misionerita o con alguna referencia a Fracrán, su pueblo natal, aunque ninguna opción terminó de convencerla. Por ahora, la otra gran protagonista del viaje sigue sin bautismo.

Marcela ingresó a Brasil desde Dionísio Cerqueira, en la frontera con Bernardo de Irigoyen, y desde allí comenzó a sumar kilómetros junto a Lagertha. Llegó hasta Florianópolis, donde aprovechó para realizar ajustes a la moto antes de continuar por la costa, pasó por reconocidas playas y ciudades como Bombinhas, Itapema, Balneário Camboriú y Penha, entre otros destinos. En Bombinhas permaneció alrededor de dos semanas debido a las lluvias, mientras que en otros puntos pudo alojarse en casas de amigas y conocidos.

No existe una cantidad fija de kilómetros diarios. El clima, las condiciones de la ruta, la disponibilidad de un lugar seguro para descansar y el bienestar de su gata determinan hasta dónde avanzar. “Hago a veces 100, a veces 150, a veces 180, dependiendo qué ciudad es” detalló. Cuando encuentra un lugar donde puede permanecer con tranquilidad, aprovecha para descansar algunos días e incluso realizar voluntariados a cambio de alojamiento. Cuando no es así, la rutina es más sencilla: “Viajar, hacer unos 140 kilómetros, acampar y al otro día seguir”.

Ese ritmo la llevó hasta São Paulo. El próximo gran objetivo es Río de Janeiro. Una vez allí evaluará el estado de la moto, sus recursos y cuál será el siguiente camino. “Llegando a Río de Janeiro ahí veré cómo está la condición de la moto para seguir viajando y cómo está la condición económica mía para retornar para Argentina o hacer algún otro país, pero todavía no sé qué ruta agarrar”, comentó.

Viajar sola siendo mujer plantea desafíos particulares. Marcela reconoce que uno de los principales es determinar dónde detenerse, dónde instalar la carpa y, sobre todo, en quién confiar. “Para las mujeres es complicado viajar. Es arriesgado saber en quién confiar, con quién hablar, dónde acampar”, admitió.

A medida que avanza hacia lugares que conoce menos, ciertas preocupaciones aumentan. Prefiere alojarse en casas de personas recomendadas o instalar su carpa únicamente donde considera que existen condiciones seguras. Sin embargo, justamente en ese aspecto encontró una de las mayores sorpresas del viaje: que es la solidaridad. En distintas ciudades aparecieron personas dispuestas a escuchar su historia, ofrecer comida, alojamiento o comprar alguna de sus artesanías para ayudarla a sumar kilómetros.

En ese sentido reconoció que “Lo que me sorprende del viaje es que la gente te ayuda mucho si le contás tu historia, si te abrís, si sos sincera, con humildad siempre. La gente te ayuda a seguir el viaje, te compra, te da comida, te da lo que necesitás”.

Esos encuentros se convirtieron en una parte tan importante del recorrido como los paisajes, la mezcla de culturales y realidades. Para alguien que salió sin un destino completamente definido, cada persona y cada lugar pueden modificar la ruta del día siguiente.

Marcela todavía no sabe exactamente cuándo regresará a Misiones. Tiene seis meses de permanencia habilitada en Brasil y, antes de tomar una decisión, quiere conocer Río de Janeiro y analizar sus posibilidades económicas. Solo que en sus mochilas lleva un sueño mucho más amplio. Perú, Bolivia y Colombia aparecen entre los países que quisiera recorrer en algún momento y la posibilidad de continuar por Latinoamérica permanece abierta. “Mi sueño es conocer Perú, Colombia, Bolivia, todos los otros países”, afirmó con entusiasmo.

Su historia nació de una dificultad concreta, la de no encontrar oportunidades de trabajo que le permitieran proyectarse como esperaba. Marcela no presenta el viaje como una vida libre de problemas. Hay que conseguir combustible, preparar la comida, cuidar la moto, buscar dónde dormir, proteger a Lagertha y evaluar permanentemente la seguridad del próximo destino. Tampoco hay lujos ni certezas sobre cuánto durará el recorrido.

Pero fue precisamente en ese escenario donde encontró una posibilidad que antes no veía. Con poco equipaje, una moto, su gata y la voluntad de adaptarse a lo que aparezca en el camino, aquella joven que salió de Fracrán sin saber demasiado bien hacia dónde podía conducirla la falta de trabajo hoy suma kilómetros y experiencias. 

Entre playas, rutas, carpas, voluntariados y personas que abren las puertas de sus casas, Marcela eligió darle una vuelta de tuerca a una etapa difícil. No sabe es todavía cuál será el punto final. Por ahora, la meta es más sencilla; llegar al próximo destino, cuidar lo que tiene, disfrutar lo que encuentra y seguir mientras el camino se lo permita.

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