2026-08-02

Lo primero que hizo fue ropa para sus muñecas

Aprendió a tejer con sus abuelas y se convirtió en su pasión

María del Carmen reivindica el valor del trabajo artesanal y celebra que cada vez más niños y jóvenes quieran aprender

María del Carmen Sabotke aprendió a tejer cuando todavía era una niña. Hoy, a los 59 años, sigue dedicándose al mismo oficio que conoció gracias a sus dos abuelas. Con la materna descubrió el crochet y las dos agujas durante las vacaciones en el campo, con la paterna continuó aprendiendo nuevas puntadas. A los 8 años ya hacía ropa para sus muñecas. Después llegaron los pulóveres para la familia, los caminos de mesa y todo tipo de tejidos para la casa.

La pasión nunca quedó de lado. Trabajó como docente y al jubilarse decidió darle un nuevo impulso y convertirla en un emprendimiento y hace tres años abrió un local propio donde vende sus creaciones y, al mismo tiempo, dicta talleres para niños, jóvenes y adultos que quieren aprender el oficio.

Lo que le destaca a Sabotke es que no suele trabajar por encargo, prefiere diseñar cada prenda a partir de sus propias ideas, aunque reconoce que muchas veces toma inspiración de las tendencias actuales para crear piezas nuevas.

En la entrevista con El Territorio, habló del tejido con la tranquilidad de quien lleva toda una vida entre lanas e hilos: “No existen dos trabajos exactamente iguales porque cada artesano imprime su forma de tejer, cambia la tensión del hilo, la técnica, los detalles y hasta la manera de sostener la aguja”. Por eso sostiene que cada pieza tiene un valor propio.

Aunque no siempre es fácil que el cliente valore económicamente y comprenda el tiempo y la dedicación que demanda un trabajo artesanal.

En su local Artemania Atelier, que comparte con su hermana María Verónica Sabotke, los productos que más se venden son gorros, chalecos, caminos de mesa, agarraderas y distintas prendas de vestir. También hubo pedidos que la sacaron de la rutina. Uno de ellos fue un pulóver con el tradicional logo de los Rolling Stones. Otro, una serie de gorros con estética vikinga que le exigieron investigar, probar diseños y adaptar técnicas hasta conseguir el resultado que buscaba.

Además de producir y vender, María del Carmen participa del Club de Emprendedores de Oberá. Por eso recomienda acercarse a Oberá Emprende, considera que esos cursos no sólo brindan herramientas para mejorar un negocio, sino que también permiten intercambiar experiencias con otras personas que atraviesan los mismos desafíos.

Cuando fue consultada por el futuro del tejido, no se mostró preocupada. “Mis hijas eligieron otros caminos, pero en los talleres cada vez llegan más chicos con ganas de aprender. Algunos apenas pueden sostener la aguja, otros avanzan rápido”, contó y de esta manera consideró que esa curiosidad es la mejor garantía de que el oficio seguirá pasando de mano en mano.

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