Tiene su puesto en el Mercado Concentrador de Posadas
Herencias de Abuela: tejer para enseñar, compartir y ayudar
Por generaciones, el tejido pasó de mano en mano como una herencia silenciosa. Hoy, lejos de quedar en el pasado, vuelve a ganar protagonismo como una actividad que conecta personas, alivia el estrés, fortalece vínculos y hasta puede convertirse en una fuente de ingresos. En Posadas, Nancy Villanueva lleva más de dos décadas manteniendo viva esa tradición.
En una época marcada por las pantallas y el ritmo acelerado, el sonido de las agujas y el entrelazado de los hilos invitan a detener el tiempo. El tejido, una práctica transmitida de abuelas a nietas durante generaciones, resurge con nuevos significados, además de ser una expresión artesanal, se convierte en un espacio de encuentro, aprendizaje y solidaridad.
Nancy Villanueva, posadeña de 57 años, conoce esa historia de primera mano. Hace aproximadamente 25 años que se dedica al tejido y creó Herencias de Abuela, un emprendimiento que resume el legado familiar que recibió desde niña. Actualmente dicta clases, comercializa sus prendas junto a otros artesanos en el Mercado Concentrador de Posadas y organiza una campaña solidaria para confeccionar gorros destinados a adultos mayores.
“Me dedico al tejido desde hace 25 años, es parte de mi economía. El nombre Herencias de Abuela viene porque, desde muy chica, mis tías y abuelas me enseñaron a tejer. Ellas se reunían a hacer distintas labores y así fui aprendiendo distintas técnicas”, recuerda.
Crochet, dos agujas y telar forman parte de los conocimientos que fue incorporando con el tiempo. Hoy confecciona prendas de vestir, artículos para el hogar y transmite ese saber.
Una tradición que nació en familia
Los recuerdos de Nancy están atravesados por imágenes que hoy parecen pertenecer a otra época. La casa de su abuela paterna era el punto de reunión familiar, donde las mujeres compartían las tardes entre charlas y tejidos.
“No es que nos enseñaban de una forma tradicional. Nos daban las agujas y nos decían: Tomá, intentá. Así iban saliendo escarpines, manteles o alguna prenda. No tejíamos para vender, sino para regalar. Lo que hacíamos se sorteaba en Navidad”, contó
También recordó a su tía Doris, quien se convirtió en su principal guía, y aquellas tardes de verano a orillas del Paraná, donde el tejido convivía con las jornadas al sol.
Con el paso del tiempo, esa enseñanza familiar se transformó en un oficio. Primero vendió en distintas ferias; luego abrió un taller junto a un grupo de amigas donde enseñaba y comercializaba sus productos. Tras la pandemia encontró un espacio estable en el Mercado Concentrador, donde continúa desarrollando su actividad.
Mucho más que aprender a tejer
Las clases que dicta no sólo enseñan puntos y técnicas. Para muchos alumnos, especialmente adultos mayores, representan un espacio de socialización.
“Tengo grupos de señoras mayores y noto que el tejido se transforma en un punto de encuentro. Gente que no se conoce encuentra algo en común: la charla, compartir un mate, unas galletitas. Eso les hace muy bien, y además el tejido ayuda mucho con la agilidad mental”, explicó Nancy.

En un contexto en el que cada vez más personas buscan actividades manuales para desconectarse del celular y reducir el estrés cotidiano, el tejido vuelve a ocupar un lugar que parecía haber perdido.
Un oficio con desafíos
Aunque muchas personas encuentran en el tejido una posibilidad de generar ingresos, Nancy reconoce que no es sencillo vivir exclusivamente de esta actividad.
“No creo que alguien pueda vivir del tejido manual. La gente muchas veces no le da el valor al tiempo y la dedicación que lleva hacer una prenda. Yo puedo obtener un ingreso porque hace muchos años que trabajo en esto y tengo otro empleo, pero no es fácil”, afirma.
Sin embargo, asegura que muchos de sus alumnos comienzan por hobby y, con el tiempo, descubren que aquello que hacen con sus manos también puede convertirse en un complemento para la economía familiar.
“Empiezan haciendo pequeñas cosas, después le toman cariño a lo que hicieron y se animan a vender. Eso pasa mucho entre los artesanos del Mercado Concentrador. Nos ayudamos entre todos”.
Tejer para ayudar
Quizá la iniciativa que mejor refleja el espíritu del tejido como herramienta de encuentro sea “Un gorro para un abuelo”, una campaña solidaria que Nancy organiza cada año junto a sus alumnas.
La propuesta es sencilla: quienes quieran participar reciben las lanas, aprenden gratuitamente la técnica para confeccionar un gorro y luego lo donan. Se llevan el conocimiento y dejan un gesto solidario.
La idea nació a partir de una experiencia personal.
“Mi marido tuvo un accidente y estuvo internado durante el invierno. Ahí vi la necesidad que tiene mucha gente, especialmente los adultos mayores, que sufren muchísimo el frío. Quise hacer algo para ayudarlos”, relató.
La respuesta superó las expectativas. Sólo el año pasado lograron confeccionar y entregar 87 gorros que fueron distribuidos en hogares de adultos mayores de Posadas, además de llegar a instituciones de San Vicente y El Soberbio.
En tiempos en los que muchas tradiciones parecen perderse, historias como la de Nancy Villanueva demuestran que el tejido sigue siendo mucho más que una artesanía.
Es memoria familiar, paciencia, creatividad, encuentro y solidaridad.
Un hilo invisible que continúa uniendo generaciones, puntada tras puntada.
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