2026-08-02

Elizabete Klafke nació en Porto Alegre

De aprender de niña en Brasil a un emprendimiento en Oberá

Encontró en el tejido una forma de salir adelante en tiempos difíciles y, tras cuatro décadas, sigue apostando por un oficio que hoy transmite a una nueva generación

Elizabete Klafke aprendió a tejer cuando era chica y nunca dejó las agujas. Lo que empezó como un aprendizaje en su infancia terminó convirtiéndose, años más tarde, en su principal herramienta de trabajo y que hoy también empieza a despertar el interés de su nieta.

Su historia comenzó cuando tenía apenas 7 años, en Porto Alegre, Brasil, dónde una vecina, cuya madre tenía una tienda, le enseñó las primeras puntadas y jugando aprendió a tejer. Con el tiempo se casó con un argentino y se instaló en Oberá. Cuando nacieron sus hijos volvió a tomar las agujas y, por su cuenta, aprendió la técnica del crochet, que terminó convirtiéndose en su sello personal.

“Hace unos 40 años que tejo de manera constante”, explicó a El Territorio, y agregó: “Encontré en la artesanía la forma de atravesar un momento económico difícil, con eso ayudé a mi familia, pero no me quedé solo con el tejido, también hago pintura sobre tela y empecé a vender mis trabajos en la Feria Franca, ahora me trasladé al Mercado Concentrador, donde todavía atiendo mi propio puesto”.

Aunque conoce distintas técnicas, el crochet es el que más disfruta, “me permite trabajar con mayor rapidez y probar diseños nuevos. Además, observo que cada vez más personas vuelven a interesarse por esta técnica, sobre todo para la confección de vestidos y otras prendas que hoy están nuevamente de moda”, expresó.

Aunque el crochet volvió a ponerse de moda, eso no significa que sea más fácil vender. Elizabete cuenta que las prendas grandes llevan muchas horas de trabajo y, cuando llega el momento de ponerles precio, muchas personas las consideran caras. Por eso decidió concentrarse en productos más pequeños.

En este punto y a la hora de tasar sus trabajos, hace cuentas sencillas: “Sumo el costo de los materiales y el tiempo que me llevó realizar cada pieza y la hora tiene un precio”. Esa fue la fórmula que utilizó y aprendió a través de capacitaciones para emprendedores en el Club de Emprendedores de Oberá, que depende de la Oficina de Empleo.

En otro aspecto defendió el trabajo con las manos de forma artesanal y comparándolo con la inteligencia artificial. “Creo que la inteligencia artificial puede servir para calcular costos o ayudar con cuestiones administrativas, pero estoy convencida de que ninguna herramienta puede reemplazar la creatividad ni el trabajo artesanal que requiere cada puntada”, afirmó.

Para Elizabete, el tejido sigue siendo un espacio en el que siempre hay algo nuevo por aprender. También destacó que obliga a mantener la concentración, porque cada punto cuenta y un pequeño error puede cambiar el resultado.

En la familia ya apareció una nueva aprendiz. Su nieta, de 9 años, empezó a interesarse por el crochet y de a poco está haciendo sus primeras prácticas con la aguja. Elizabete dice que todavía le falta mucho por aprender, pero disfruta verla con ganas de seguir el mismo camino.

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