Opinión
La íntima alegría de compartir una lectura
Crecí en una familia en la que los libros no abundaban. En mi casa no había estantes repletos de ejemplares con nombres de autores reconocidos ni veía a diario a mamá o a papá con alguna historia entre las manos, tampoco incursioné en los clásicos a temprana edad ni tengo un libro que me haya marcado siendo pequeña.
Sí puedo decir que mi amor por las letras nació a través de la escritura, con mis propios relatos de la vida cotidiana, desde que, después de rogarle a mi papá, me regaló mi primer diario íntimo a los 9 años. Desde entonces no paré de hacerlo; es mi refugio, y con inmenso cariño atesoro todos los cuadernos que fui llenando a lo largo de mis 36 años de vida. Escribir se convirtió también en mi profesión.
Dicho esto de modo introductorio respecto de mi relación con las palabras, y volviendo a los libros y la lectura, que es el tema que nos compete en este informe, debo decir que ellos llegaron a mi vida y se apoderaron de mí al inicio de la secundaria. En parte fue gracias a las recomendaciones de las profes de Lengua y otra parte a una gran amiga -Maru, muy culta ella- que me los prestaba sin miramientos. Así me obnubilé con Bram Stoker y su Drácula, seguí el Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez y descubrí en mi propia casa -no sé todavía de dónde salió- los Cuentos de amor, de locura y de muerte de Horacio Quiroga.
Cuando empecé a trabajar pude comprarme libros propios y en mi hogar hoy exhibo orgullosa algunos estantes, no muchos, pero completos. Sin embargo, por mucho tiempo fue una actividad que realicé en solitario, viajaba sola, soñaba y sentía todo en soledad. Salvo Alicia, una de mis hermanas que vive a casi 2.000 kilómetros de mí, no había del otro lado una persona con la que pudiera compartir lo bello de los viajes que había hecho, de las otras vidas que había vivido en esas páginas y de los sentimientos que me despertaron o cómo me decepcioné con alguna historia.
Hasta que hallé en Rocío (Brollo) a esa persona. Primero una compañera de trabajo, hoy mi coequiper, mi amiga, la loca que propuso y se animó conmigo a crear un espacio que hoy es trinchera de muchos. Lo creemos humildemente porque lo hacemos con el corazón y confiamos en que eso se note.
Dimos vida a nuestro club de lectura, al que llamamos Viaje Literario, porque consideramos que parte de la maravilla de leer también es compartirlo y, en este camino, comprendimos que, así como nosotras, había muchos lectores deseosos de lo mismo: de detenerse un momento, dejar de lado el celular y sentarse por algunas horas a conversar. Volver al cara a cara, al encuentro, a la comunidad.
Desde el 24 de agosto del año pasado nos juntamos una vez al mes para debatir, intercambiar opiniones y reflexionar sobre lo leído. No siempre estamos de acuerdo y eso es lo rico de la experiencia, expandir la mente, repensar, respetar las visiones opuestas, ampliar nuestra mirada del mundo.
No es que la lectura deje de ser un acto íntimo, sino que su valor está en que después de leer aparece otra experiencia igual de valiosa: la conversación.
Así, esta aventura nos da una alegría tras otra, no sólo por conocer a personas fantásticas que confían en nosotras, sino porque nos dimos el lujo de tener en uno de nuestros encuentros al autor misionero Sebastián Borkoski, leerlo y aprovechar al máximo la oportunidad de conocer de cerca su proceso de escritura.
El mes pasado leímos Los hijos de la cosecha de la marplatense Gabriela Exilart, una novela histórica que aborda la Masacre de Oberá, una parte de la historia de la que poco se habla en Misiones. El debate con los chicos y chicas del club fue riquísimo y se lo hicimos saber a la escritora mediante un mensaje de Instagram. Le agradecimos por rescatar, desde lejos, ese episodio casi olvidado de la conciencia popular.
“Mil gracias por elegir mi novela para el club de lectura. Y qué lindo saber que les llegó al corazón. Imagino que habrá descendientes de aquellos que sufrieron esa matanza. Les mando un abrazo enorme, espero poder ir algún día a presentar la novela por allí. Y visitar los lugares que narré a la distancia. Espero haberlo hecho bien. Mis cariños para ambas y para todo el club”, nos respondió a las pocas horas.
Ya no es un viaje en solitario, ya no leemos solas. Lo hacemos en compañía, y qué bendición es.
Notas relacionadas
- Lo que se escribe y se lee en Misiones
- Vigencia de un espacio editorial concebido como un proyecto político universitario
- Dios, la deuda externa y el chantaje argentino
- Crece el interés por los autores regionales
- Lo que cuenta la literatura misionera cada año en la Feria del Libro en Buenos Aires
- Una biblioteca que rescata la memoria viva de los autores
- Mano Vogler, entre los más pedidos en Jardín América
- Al resguardo de toda la historia obereña en la Biblioteca Popular
- Los posadeños buscan conocer sus orígenes a través de la lectura
- Los lectores recurren a los libros para gestionar emociones