2026-04-05

Infancias

“El egreso es cuando pueden defenderse afuera”

En la fundación Tupá Rendá, el egreso no se define sólo por la edad. Así lo explicó su presidenta, Neni Valdez. Sin red familiar, muchos jóvenes permanecen hasta completar estudios u oficios. Afuera, el acompañamiento depende de vínculos que logran sostenerse más allá del sistema

En los registros formales, la mayoría de edad marca el momento del egreso de los hogares convivenciales. En la práctica, ese límite no siempre coincide con la posibilidad real de autonomía.

“¿A dónde van?”, planteó Eusebia Concepción Valdez, más conocida como Neni, presidenta Tupá Rendá, hogar que tiene un cupo de 20 niños y adolescentes, y actualmente alberga a 16. En los últimos meses, cuatro hermanos egresaron en proceso de adopción y fueron integrados a familias en otras provincias. Pero no todos transitan ese camino.

Los egresos pueden darse por adopción, revinculación familiar o mayoría de edad. En este último caso, explicó, la institución busca extender la permanencia. “En general se van a los 20 o 21 años, cuando terminaron la secundaria o un oficio y pueden defenderse afuera”.

La continuidad no es automática. Depende, en gran parte, de la decisión de cada joven. “Hay adolescentes que quieren irse y no aceptan el acompañamiento. Ahí no podemos intervenir más, incluso podríamos enfrentar una denuncia”, advirtió.

Para quienes sí sostienen el vínculo, el proceso no termina al cruzar el portón. Aunque la responsabilidad formal del hogar cesa con la mayoría de edad, aparecen redes informales que continúan el acompañamiento: colaboradores que acercan oportunidades laborales, ayudan con lo básico o sostienen el contacto cotidiano.

“El egreso no es a los 18: es cuando pueden defenderse afuera”. Un ejemplo reciente, explicó Neni, es el de una joven próxima a egresar y el grupo de personas que la acompañó durante su estadía organizó un sistema de apoyo para que finalice su formación en panadería. Ese entramado seguirá activo incluso después de su salida del hogar.

La construcción de esos vínculos no es inmediata. Según Valdez, uno de los primeros desafíos es revertir la imagen que muchos chicos tienen de los adultos. “Llegan con desconfianza. Para ellos, el adulto es alguien que falló o hizo daño”.

El proceso implica acompañamiento psicológico, tiempo y constancia. Cuando esa percepción cambia, también lo hace la forma de egresar. “Los que logran confiar salen con gente dispuesta a acompañarlos. Ahí aparece el trabajo, una ayuda concreta o algo tan simple como una invitación a comer un domingo”.

No todos mantienen ese lazo. Algunos jóvenes deciden cortar todo vínculo al salir. En esos casos, el seguimiento se vuelve imposible y las instituciones solo pueden conocer su situación a través de terceros.

Puertas adentro

El acompañamiento también plantea desafíos hacia adentro. En Tupá Rendá, por ejemplo, se desalentó la lógica de las donaciones materiales individuales para evitar desigualdades entre los chicos. “La necesidad no es sólo de cosas, sino de vínculos”.

De cara al egreso, las estrategias se adaptan a cada caso. Actualmente, dos jóvenes de 20 y 21 años están en condiciones de salir, mientras que una adolescente que cumplirá 18 continúa su escolaridad primaria y proyecta formarse en peluquería junto a su hermano.

Para Valdez, el rol de las organizaciones es sostener donde el sistema no alcanza. “No es que el Estado nos ayuda a nosotros. Somos parte de la sociedad ayudando a que se cumpla la protección de los más vulnerables”.

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