Jóvenes sin cuidados parentales: el desafío de construir autonomía
Cuando cumplen la mayoría de edad, los adolescentes que viven en los hogares y no pudieron ser adoptados -o decidieron no serlo- ni volver a sus familias de origen o extensa deben dejar estos dispositivos de cuidado alternativo y salir a la vida adulta con las herramientas que supieron construir. Todos ellos alguna vez salieron de contextos difíciles donde la violencia -en todas sus formas-, los abusos y el abandono eran la realidad de sus días.
En ese contexto, Misiones adhirió hace unos años al Programa de Acompañamiento para el Egreso de jóvenes sin cuidados parentales (PAE) una política pública de alcance nacional destinada a acompañar a personas que viven o egresan de hogares convivenciales en una etapa clave vinculada a la construcción de la autonomía y del proyecto de vida. La propuesta alcanza a adolescentes desde los 13 años y se extiende hasta los 21, o hasta los 25 en los casos en que continúan estudiando o capacitándose. El objetivo es evitar egresos abruptos del sistema de cuidado.
Coordinado por el Ministerio de Desarrollo Social, el programa se sostiene a partir de la participación de personas adultas que se postulan de manera voluntaria para brindar acompañamiento y contención, sin que ello implique adopción, tutela ni ningún tipo de responsabilidad legal.
Actualmente en la provincia hay un total de 61 adolescentes y jóvenes bajo este programa, de los cuales seis están en la primera etapa (de 13 a 18 años) y 55 en la segunda (más de 18).
En este informe de domingo, dos jóvenes nos comparten sus historias en primera persona. Ellas son Edith Núñez (21) y Ester Cabaña (22). La primera ingresó al Hogar de Niñas Betesda a los 15 años, en medio de una situación familiar atravesada por violencia, y permaneció allí durante tres años. “En el hogar aprendí lo que es el amor y la empatía”, contó. Durante su estadía continuó con la escuela, hizo una pausa para trabajar aspectos personales y luego retomó sus estudios hasta completar la secundaria, mientras definía su propio camino sin optar por la adopción.
Al egresar a los 18, comenzó a transitar su independencia con el acompañamiento del programa PAE, que le brindó sostén en esa etapa. Hoy vive sola, trabaja como niñera y cursa la carrera de acompañante terapéutico, mientras continúa recibiendo apoyo y avanzando en su proyecto de vida.
Cabaña, por su parte, tenía 12 años cuando ingresó al hogar convivencial Tupá Rendá. Salió a los 18, casi 19, junto a una de sus hermanas, después de siete años de convivencia, de haber terminado la secundaria y comenzado su vida universitaria. El egreso no fue un corte abrupto, sino un proceso sostenido entre acompañamiento, estudio y preparación para la vida afuera. “Primero terminamos el secundario y después vimos qué hacer”, recordó. La prioridad dentro del hogar fue sostener la escolaridad antes de proyectar el futuro. También es beneficiaria del PAE y en la actualidad trabaja, estudia y acompaña a otras jóvenes en el mismo proceso que ella atravesó.
Según datos aportados por la Defensoría de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (NNyA) de la provincia, 15 adolescentes (15%) egresaron de los hogares por mayoría de edad el año pasado. Durante ese período, se registraron 342 chicos institucionalizados en dispositivos de cuidado, 100 de los cuales egresaron además por una revinculación familiar (62%), ya sea con su familia de origen o extensa, el 18% egresó por guarda con fines adoptivos y el 5% restante fue por otros motivos no informados.
“No es que cumplen los 18 años y ya se van, se hace un acompañamiento y hasta que no esté esa autonomía el adolescente no se va del hogar”, aclaró Rossana Franco, defensora de los NNyA de la provincia. Este proceso incluye acceso a vivienda, formación en oficios y, en algunos casos, apoyo material para iniciar una vida independiente. “El dispositivo no es un espacio que cierra las puertas, al contrario, siempre va a estar disponible para los adolescentes que han egresado, porque son referentes afectivos”, señaló.
Y así lo reafirmó Eusebia Concepción Valdez, más conocida como Neni, presidenta de la fundación Tupá Rendá, hogar que actualmente alberga a 16 NNyA. “En general se van a los 20 o 21 años, cuando terminaron la secundaria o un oficio y pueden defenderse afuera”, indicó.
Adopciones
Y si hablamos de egreso de adolescentes por mayoría de edad -no teniendo en cuenta a aquellos que deciden no ser adoptados-, es necesario hablar sobre la realidad de los NNyA que están en estado de adoptabilidad y transcurren gran parte de su vida en los dispositivos de cuidado alternativo porque quienes adoptan optan por niños que transitan por la primera infancia.
Así, hoy el Registro Único de Aspirantes a la Adopción de Misiones (Ruaam) tiene activas 30 convocatorias públicas en Misiones que involucran en total a 40 niños, niñas y adolescentes. Esa diferencia entre el número de publicaciones y el número de niños se explica porque muchas convocatorias incluyen grupos de hermanos.
“La mayor demanda es de primera infancia. Entonces trabajamos constantemente con los postulantes sobre la importancia de flexibilizar ese proyecto adoptivo. No porque tengamos que obligarlos, sino porque hay que trabajar ese prejuicio: ¿por qué un niño de 2 años y no uno de 10?”, sostuvo María Lisa Sosa, referente del Ruaam. El trabajo del equipo técnico del registro incluye talleres mensuales, acompañamiento psicológico y entrevistas individuales orientadas a que los aspirantes amplíen su rango de edad. El objetivo no es forzar una decisión, sino abrir la posibilidad de manera genuina y reflexiva.
Las historias de Edith y Ester muestran que el egreso no es un punto final, sino el comienzo de un camino que requiere tiempo, acompañamiento y oportunidades reales. Entre políticas públicas, referentes afectivos y redes que se siguen tejiendo aun fuera del hogar, el desafío es claro: que ningún joven tenga que enfrentarse a la vida adulta en soledad, y que la autonomía no sea sinónimo de desamparo, sino de un proyecto posible.
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