Programa de Acompañamiento para el Egreso
Autonomía progresiva y contención hasta los 25 años
El egreso de jóvenes de los hogares convivenciales no ocurre de un día para otro ni se resuelve al cumplir 18 años. Detrás hay un proceso que comienza años antes y continúa, en muchos casos, hasta bien entrada la adultez joven.
En Misiones funcionan 21 dispositivos convivenciales (los espacios donde viven niños, niñas y adolescentes sin cuidados parentales), de los cuales cuatro dependen del Ministerio de Desarrollo Social. Allí, equipos técnicos integrados por profesionales acompañan de forma cotidiana a quienes atraviesan su infancia y adolescencia en el sistema.
“La ley establece que a los 18 deben estar en condiciones de egresar, pero no significa que ese día junten sus cosas y se vayan”, explicó la subsecretaria de Infancia, Andrea Benítez. El eje, señaló, está puesto en la construcción de autonomía.
Ese proceso se enmarca en el Programa de Acompañamiento al Egreso (PAE), una política nacional a la que la provincia adhiere. Está destinado a adolescentes desde los 13 años y se extiende hasta los 21, o hasta los 25 si continúan estudiando.
El programa combina dos herramientas centrales: un ingreso económico, equivalente al 80% de un salario mínimo vital y móvil, y la figura de un referente afectivo. “Es alguien que acompaña, como un tío o una madrina, en la construcción de una vida fuera de la institución”, describió.
La postulación es de manera voluntaria, sin que ello implique adopción, tutela ni ningún tipo de responsabilidad legal. La convocatoria en Misiones registró más de 75 personas inscriptas en su primera semana.
Actualmente, hay un total de 61 adolescentes, de los cuales seis están en la primera etapa del programa (de 13 a 18 años) y 55 en la segunda (más de 18).
Encrucijadas en el camino
El recorrido no es lineal. Muchos jóvenes no tienen una trayectoria escolar acorde a su edad, producto de historias previas de vulneración de derechos. Por eso, uno de los objetivos es completar la escolaridad y generar herramientas concretas para la vida cotidiana: administrar dinero, sostener una rutina, moverse de forma autónoma.
“Ellos vienen de contextos muy complejos y necesitan tiempo para adaptarse a una estructura que les permita después sostenerse afuera”.
Las trayectorias, sin embargo, son diversas. Hay jóvenes que logran insertarse laboralmente a partir de actividades que desarrollaron durante su estadía en el hogar. Es el caso de un chico que practica taekwondo y se prepara para dar clases como salida laboral, mientras finaliza sus estudios.
También hay quienes, tras egresar, inician una vida independiente. Una joven recientemente salida de un hogar comenzó a vivir sola y se inscribió en la universidad. “Tenía miedo, porque nunca había vivido sola, pero se trabajó mucho ese paso”, contó.
En otros casos, el camino incluye la reconstrucción de vínculos o la formación de nuevos lazos. Incluso hay experiencias de egresados que hoy acompañan a otros jóvenes en la misma situación, desde el rol de referentes del programa.
El denominador común es que el egreso no implica un corte abrupto. “No es que terminan y ya está. Se sigue acompañando, según cada caso”.
En ese proceso, el desafío es doble, por un lado, garantizar condiciones materiales mínimas y, por el otro, sostener un entramado de vínculos que permita transitar la salida del sistema.
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