Desde el barrio Chivilcoy
Isolano y el recuerdo intacto sobre las últimas inundaciones
El sol del invierno misionero ilumina con fuerza el barrio Chivilcoy, en El Soberbio, pero no alcanza para disipar el frío que todavía se siente pasado el mediodía. La semana dejó lluvias de distinta intensidad y las huellas del agua permanecen visibles en las calles de tierra. En el fondo de su terreno, una vertiente abrió un nuevo cauce y obligó a Isolano De Almeida a salir con una azada para encausar el agua y evitar que siga con su interminable erosión. Trabaja despacio, concentrado en cada movimiento, mientras el sonido constante de la corriente acompaña su jornada. Cuando detiene la tarea para conversar, queda claro que lo que ocupa sus pensamientos no es esa pequeña vertiente que intenta ordenar, sino algo mucho más grande, la posibilidad de que el río Uruguay vuelva a crecer como tantas veces lo hizo y que las inundaciones regresen una vez más a esta zona, permanentemente golpeada por el fenómeno.
En los últimos meses, las advertencias de meteorólogos y organismos especializados comenzaron a multiplicarse. Los informes relacionados con el fenómeno de El Niño señalan que la región podría atravesar un período marcado por precipitaciones muy superiores a los valores habituales. Para una gran parte de la población esos pronósticos representan apenas un dato climático, pero para quienes viven en las zonas ribereñas son una noticia que revive recuerdos difíciles de borrar.

El municipio de El Soberbio es uno de los más expuestos a las crecidas del río Uruguay y uno de las que más sufrió durante las grandes inundaciones registradas en las últimas décadas.
Isolano conoce esa realidad mejor que nadie. Hace más de quince años vive en este sector de la localidad junto a su esposa, quien posee una discapacidad visual. Sus hijos ya formaron sus propias familias, pero continúan viviendo cerca, en otras viviendas construidas dentro del mismo terreno. Esa cercanía le brinda tranquilidad, aunque sabe que cuando el agua avanza ninguna casa queda completamente a salvo.
“Estamos siempre preparados”, reveló con una serenidad que sólo puede tener quien ya atravesó situaciones extremas. La frase resume una forma de vida construida alrededor de la incertidumbre.
En la vivienda de Isolano hay ropa que permanece lista para ser cargada en cualquier momento, documentos en lugares seguros y una organización que se activa cada vez que el río amenaza. Es la consecuencia de haber visto demasiadas veces cómo el agua transforma la rutina en cuestión de horas.
La herida del 2014
Cuando se habla de inundaciones, inevitablemente la conversación vuelve a 2014, año que permanece grabado en la memoria colectiva de El Soberbio como uno de los momentos más difíciles de su historia reciente.
Las lluvias extraordinarias registradas en la cuenca del río Uruguay, sumado a la abertura de compuertas de la represa Chapecó en Brasil, provocaron una crecida histórica que afectó a cientos de familias. En las zonas costeras, el paisaje quedó completamente transformado. Calles, viviendas, comercios y espacios públicos desaparecieron bajo el agua.
“La de 2014 fue la peor. El agua llegó a niveles que nunca habíamos visto”, relató Isolano. “Sobrepasó la altura de los cables del tendido eléctrico”, recordó, señalando con sus dedos en la altura.
La vivienda que tenía entonces no resistió. Después de la inundación tuvo que reconstruir gran parte de lo que había perdido y levantar una nueva estructura con una base más firme.
Pero las consecuencias no terminan cuando el agua baja. De hecho, para muchas familias el verdadero desafío comienza después. Limpiar el barro, recuperar muebles, revisar instalaciones eléctricas, reparar paredes, secar colchones y reorganizarse demanda semanas o incluso meses. En algunos casos, hay objetos que nunca vuelven a recuperarse. “Siempre se pierde algo”, dijo Isolano, recostado sobre el mango de la azada que no se permite soltar.
La inundación más reciente, ocurrida en 2023, volvió a recordarle esa fragilidad. No alcanzó la dimensión de 2014, pero fue suficiente para reactivar viejos temores y poner nuevamente a prueba a las familias ribereñas. Para Isolano, significó volver a observar el río con atención, seguir cada informe y prepararse para una posible evacuación.
Vivir atentos al río
La relación entre los habitantes de las zonas costeras y el río Uruguay está marcada por una vigilancia permanente. En El Soberbio, el nivel del agua es un tema de conversación cotidiana. Los vecinos saben interpretar los datos, comparan alturas y recuerdan con exactitud hasta dónde llegó cada inundación. El Comité de Crisis cobra relevancia y se arma de inmediato cuando la amenaza ocurre.
Isolano, por su parte, también tiene sus propias referencias. “Cuando hablan de más de 17 metros, ahí sí tenemos que salir”, referenció.
Ese número funciona como una señal de alarma. Antes de alcanzarlo, la familia permanece atenta. Después, comienza la preparación definitiva para abandonar la casa.
La decisión no es sencilla, especialmente por la situación de su esposa. La discapacidad visual agrega una dificultad extra a cualquier emergencia, sobre todo porque no se trata solamente de salir de la casa, sino encontrar un lugar adecuado donde pueda permanecer segura y desenvolverse con cierta autonomía.
“Tenemos que pensar en ella cuando pasa algo así”, comentó Isolano.
Por eso cada alerta tiene un peso particular. Mientras otros vecinos evalúan únicamente la evolución del río, Isolano también piensa en la logística que supone trasladar a su esposa, proteger sus pertenencias y garantizar que puedan atravesar la emergencia en condiciones dignas.
Y en ese contexto la información oficial es clave. Los avisos municipales y los reportes sobre el comportamiento del río terminan orientando las decisiones de muchas familias.
Sin embargo, la experiencia personal sigue teniendo un valor enorme, y en ese plano, Isolano aprendió a reconocer señales que, para otros, tal vez, pasarían desapercibidas. La velocidad con la que sube el agua, la intensidad de las lluvias en Brasil o el comportamiento de arroyos cercanos, son indicadores que se observan con atención.
El arraigo frente a la amenaza
A pesar de haber perdido todo en 2014, Isolano nunca pensó seriamente en abandonar el lugar. La pregunta aparece con frecuencia entre quienes observan desde afuera la realidad de las zonas inundables. ¿Por qué quedarse? ¿Por qué reconstruir una y otra vez después de cada crecida?
Su respuesta llega rápida y sin vueltas. “Me gusta vivir acá”, subrayó.
Detrás de las palabras hay mucho más que una preferencia personal. En ese terreno construyó su vida, formó una familia y vio crecer a sus hijos. Allí están sus recuerdos, sus vecinos y su historia. Mudarse implicaría dejar atrás una parte importante de su identidad.
Además, reconoce que las posibilidades económicas tampoco facilitan una decisión de ese tipo.
“Comprar una propiedad en otro lugar se volvió cada vez más difícil y costoso, es algo imposible para nosotros”, apuntó.
Mientras tanto, el agua de la vertiente encuentra lentamente un cauce más ordenado. Isolano regresa a su tarea después de la charla, pero los pronósticos siguen rondando en su cabeza. Los especialistas hablan de lluvias que podrían superar ampliamente los registros observados hasta ahora.
Nadie sabe con certeza qué ocurrirá en los próximos meses, pero por las dudas los planes de evacuación y de contingencia están en marcha.
En El Soberbio cada anuncio de este tipo despierta recuerdos difíciles y obliga a mirar nuevamente hacia el río. Por eso, en muchos casos, como Isolano, la ropa sigue preparada, y los documentos se guardan en lugares seguros.
Él conoce mejor que nadie el significado de ese periplo, sabe que el agua puede tardar días o apenas minutos en llegar hasta su puerta, y que debe estar preparado para abandonar su hogar.
Informe de domingo
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