2026-01-18

Con acompañamiento de la Fundación Reto

Cuando el consumo rompe los vínculos y obliga a decidir

Katia e Iván hablaron sobre los efectos de las adicciones en la vida cotidiana, la familia y el futuro. La importancia del apoyo sostenido en la recuperación

Katia Vera tiene 23 años y es de Posadas. Iván Werle tiene 31 años y, aunque hoy vive en la capital misionera, nació en Puerto Iguazú. Sus trayectorias son distintas, pero se cruzan en un punto común: las adicciones, que durante años fueron ganando terreno hasta desplazar proyectos, vínculos y certezas.

Precisamente, Katia empezó a consumir a los 13 años. Marihuana, alcohol, cigarrillos y pastillas fueron parte de una rutina que se volvió cada vez más intensa. A los 16 probó cocaína. “Eso fue lo que marcó un quiebre”, reconoció.

Mientras tanto, seguía yendo a la escuela y alcanzó hasta cuarto año del secundario. El abandono llegó después, en un contexto de pandemia y virtualidad que terminó de desordenar una vida ya atravesada por el consumo.

Iván también comenzó siendo adolescente. Tenía 15 años cuando el alcohol y la marihuana entraron en escena, seguidos más tarde por otras drogas. Durante trece años sostuvo un consumo que con el tiempo se volvió cada vez más destructivo. “La cocaína fue la droga que me llevó al quiebre. No me afectó en los estudios, me afectó en el futuro. Tenía recursos, pero todo se iba rompiendo”.

En ambos relatos, el impacto más fuerte aparece en el núcleo familiar. Katia recuerda una infancia y adolescencia muy unida a su mamá y a sus abuelas. Con el avance del consumo, ese vínculo se fue desgastando hasta el límite. A los 19 años fue madre, pero no pudo sostener la crianza. “Mi mamá se quedó con mi hija y por mi consumo no quiso que la siguiera viendo. Creo que esa fue la mayor pérdida que me causó la droga”.

Por su parte, Iván también es padre. Su hija hoy tiene ocho años. En su caso, lo que más lo marcó fue la desconfianza. “Mi familia ya no confiaba en mí. Eso es muy feo. Uno quiere salir adelante, pero el drogadicto también es egoísta, astuto, siempre busca salirse con la suya”.

Los antecedentes familiares también atraviesan las historias. Katia cuenta que su padre fue condenado cuando ella tenía 15 años por delitos vinculados a las drogas. Iván relata que su propio padre -con problemas de alcohol y consumo- ingresó tiempo después al mismo proceso de tratamiento. “Hoy hace nueve meses que está en rehabilitación”, señaló.

Ambos ingresaron a tratamiento en momentos distintos. Iván lo hizo en 2021. Katia, en 2024. Los dos atravesaron procesos largos, de entre un año y medio y dos años. Coinciden en algo: no hubo soluciones rápidas ni atajos. La abstinencia existió, el quiebre también y la reconstrucción fue lenta.

Katia Vera, también en Fundación Reto. Foto: Joaquín Galiano

Con el tiempo, los vínculos comenzaron a rearmarse. Katia habla de una “aceptación de nuevo” por parte de su familia, de su madre, de sus abuelas, de sus hermanas. Incluso de una hermana menor que había crecido viéndola consumir y que “no la podía ni ver”.

Iván mencionó el alivio de ver a su madre dormir tranquila otra vez, de recibir visitas, de empezar a ser confiable.

Cuando se les pregunta qué les ayudó a sostener el cambio, no esquivan la dimensión espiritual de su experiencia. Ambos hablan de una decisión personal y de un proceso que los obligó a reconocer límites. No lo plantean como una fórmula universal ni como una promesa inmediata, sino como algo que apareció cuando todo lo demás había fallado.

“Uno llega sin esperanza. Pensás que no hay futuro. Acá entendí que sí se podía cambiar”, sostuvo la joven.

Reto a la vida: acompañar, contener y sostener procesos

“Esto funciona cuando se empieza y se termina”, dice Miguel Ángel Benítez, referente de la Fundación Reto en Misiones. No lo plantea como una consigna motivacional, sino como una constatación después de más de treinta años de trabajo con personas atravesadas por consumos problemáticos y crisis de salud mental.

La fundación funciona en la provincia desde 1994 y hoy cuenta con sedes en Posadas, Aristóbulo del Valle y Eldorado. Según explicó Benítez, el programa es de puertas abiertas y de ingreso voluntario. El proceso se organiza en tres etapas -desintoxicación, rehabilitación y reinserción- y puede extenderse entre un año y medio y dos años.

La demanda es constante y va en aumento. Actualmente hay cerca de 300 personas en tratamiento en Misiones, con una mayoría de hombres, aunque en los últimos años creció el número de mujeres que buscan ayuda. El policonsumo es una constante y algunas sustancias generan especial preocupación por su impacto rápido y destructivo, sobre todo en zonas del interior.

El abordaje no se presenta como una solución aislada ni autosuficiente. La fundación articula con el sistema público de salud cuando es necesario, especialmente en casos que requieren estabilización médica o acompañamiento profesional específico.

También trabaja con talleres y actividades laborales como parte de la reinserción, con la idea de reconstruir hábitos y rutinas básicas que el consumo suele desarmar.

Más allá de la estructura, Benítez insiste en una idea: muchas personas llegan con historias marcadas por el silencio, la soledad y la falta de escucha. “La palabra adicción también tiene que ver con lo no hablado”. En ese sentido, el acompañamiento cotidiano, la convivencia y la contención aparecen como ejes centrales del proceso.

El “reto a la vida”, como lo define, no consiste en promesas de cambio inmediato ni en discursos grandilocuentes. Implica sostener procesos largos, aceptar recaídas simbólicas, volver a empezar y, sobre todo, reconocer que nadie sale solo.

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