El acompañamiento y la escucha, herramientas fundamentales
“Lo que más lamento son las veces que no estuve presente”
La congregación Familia Grande Hogar de Cristo (FGHC) es una federación de centros barriales que se dedica a brindar una respuesta integral a situaciones de vulnerabilidad social y al consumo de sustancias psicoactivas, priorizando siempre a la persona y sus circunstancias. Dentro de esa órbita funciona la Casita San Miguel, que coordina el padre Daniel Pesce, y que funciona en el predio del Hospital Carrillo; allí conviven actualmente 27 varones con adicciones a distintas sustancias. Se sostienen con ayuda del Estado como de empresas que les donan alimentos y otras herramientas, pero también trabajan en la huerta y con animales de granja.
Tres de los chicos compartieron con El Territorio su lucha por salir de las drogas.
Lautaro y su segundo intento
Lautaro Ávalos tiene 22 años y es de Corrientes capital. Es su segunda vez en la Casita San Miguel donde volvió tras una recaída. Empezó a consumir desde los 13 años incentivado por chicos más grandes que él que estaban en la movida de su barrio, uno en el que la droga se movía en cada esquina.
Fue criado junto a sus dos hermanos menores (8 y 15) solamente por su madre porque su progenitor se fue del hogar cuando él tenía seis años. Ella trabajaba -y lo sigue haciendo- todos los días desde muy temprano hasta el anochecer, la necesidad llevó a que los tres chicos se cuiden entre sí.

Lautaro tiene antecedentes de consumo en su entorno: su padre y un tío que vivió con ellos un tiempo. Aunque no sabía bien de qué se trataba, la maldita adicción entró también a su vida y le está costando salir. Recorría las calles, revolvía la basura para comer, siempre en pos de esa libertad que él creía que tenía llevándose todo por delante, estaba en trance todo el día.
El deterioro era evidente, pero no lo veía, pero tampoco le importaba, así como tampoco su madre y hermanos. Nunca había reparado en el reflejo de su figura por las calles. Lautaro es alto, pero cuando llegó a la casita acompañado de su mamá la primera vez, pesaba apenas 52 kilos, tenía una tupida barba y no quería tener contacto con los demás.
Creyéndose rehabilitado volvió a su ciudad y si bien pudo evitar el consumo por un tiempo, recayó. “Fue de mal en peor, ahí agarré el casino virtual, el alcohol. Necesitaba una dosis de gilada (cocaína) para jugar al casino y mientras que jugaba al casino necesitaba una cerveza, cuando me quedaba sin plata y estaba sin trabajo tenía que tomar pastillas para salir a robar y después fumarme un faso para bajarme y poder dormir”, relató.
Un camino sin salida, un agujero cada vez más profundo, soledad. Había puesto todo de sí para dejarlo aquella primera vez y no pudo. El segundo llamado de atención lo sintió cuando intentó quitarse la vida, ya no tenía de dónde sacar dinero para el vicio y sintió que ya no había otra chance para él.
“La que a la que yo le pedía plata ya le estaba debiendo, mi vieja no me quería dar plata porque sabía para lo que era, ya había vendido casi todas mis cosas. Quise salir a robar y estaba pesada la mano con los policías y yo decía que si me mato no pasa nada, no pierdo nada”, recordó. Llegó a subirse a un timbó del fondo de su casa y atarse un cable al cuello, pero pensó en su mamá y sus hermanos, en todo lo que habían pasado por su adicción y decidió que era momento de volver a internarse.
Cuando sus hermanos crecieron y pudieron ser más independientes de él, Lautaro empezó a aislarse, pasaba el día entero en su habitación, salía de allí sólo para retomar la vagancia y volvía para dormir. Tenía sus sentimientos dormidos, no le importaba nadie más que él.
Al contrario de estar bajo los efectos de la droga, la sobriedad trae el enojo en un principio y luego el lamento. Así como muchos de los chicos que están en la casita, la introspección y el desahogo con otros son herramientas valiosas en el camino de la recuperación.
“Lo que más lamento son las veces que no estuve presente, me olvidé de cumpleaños o cuando estuvieron mal yo a veces no estaba, estaba en la calle. Entonces, más que extrañar, yo lamento muchas cosas. El enojo trato de superar hablando. Trato de buscar mi espacio, mi momento para pensar en qué es lo que quiero para mi vida, porque la verdad que me cansé de perder porque perdí mucho. Me gustaba jugar al básquet, trabajé de maquinista y perdí”, compartió.
Tres meses después de haber vuelto se siente física y mentalmente bien, confesó que se le hizo muy difícil pedir ayuda porque “a uno que le gusta ya la calle, te acostumbras a eso, en cierta parte uno dice que es libre por no convivir con reglas ni con nadie”.
Quiere rehacer su vida en Posadas donde es un papel en blanco, poder terminar la secundaria que la había dejado en segundo año, volver a hacer deporte y conseguir un trabajo.
“Perdí la confianza de mi mamá, que era lo que más me valía”

La droga te controla, no se la puede controlar nunca y ya no sos el mismo. Lo dijo con seguridad Víctor Aguirre (24), que hace tres años probó la cocaína por primera vez y quedó atrapado.
Lleva nueve meses en la Casita San Miguel y aunque se siente más seguro de sí mismo, cree que aún no está preparado para salir. Estuvo primero 21 días internado en Manantial y el día que salió pidió asilo en la casita porque el impulso de drogarse seguía latente, pero ya no quería volver a caer.
“La droga me hizo cambiar mucho, la droga te hace cambiar todo, te hace poner otra cara, te hace poner un pensamiento que no es lo tuyo. Cuando consumís, solamente querés seguir consumiendo, no te importa si está bien tu mamá o tu papá”, relató sobre los efectos de los estupefacientes.
Es consciente de que es una enfermedad para toda la vida y se van a tener que enfrentar a ella en todo momento. Ahora se siente mejor, aunque hay momentos que no son agradables, pero ayuda en su proceso a los pibes que recién llegan y otros también lo ayudan a sobrellevar las jornadas.
“Perdí todo directamente, perdí la confianza de mamá que es lo que más me valía, le enfermé mucho pasando todos los días en la calle. Creo que ya es hora de sentar cabeza, tengo 24 años y creo que para no tener 40 y estar consumiendo, ya es momento de sentar cabeza”, remarcó.
Cuando llegó a la casita, Víctor estuvo cuatro meses sin hablar con nadie, no compartía con ningún grupo, estaba a la defensiva y frente a cualquier discurso quería irse a las piñas. Lo aprendió en las calle, en los sitios peligrosos donde se metía para conseguir la droga, defenderse era el único acto que conocía.
Por la adicción vendió todo lo que tenía e inclusive lo que no era suyo. Su mamá se cansó, lo echó de la casa después de las reiteradas promesas de cambio que nunca fueron ciertas.
“Tres veces me intenté suicidar, me agarró dos veces sobredosis y la tercera vez me encontró mi viejo colgado ya todo morado. Llegué al hospital y estuve casi un mes sin reaccionar, tenía un golpe en la cabeza. Y ahí me dije ‘ya no quiero más nada de esto para mi vida’. Ese momento fue cuando hice click, cuando ya no podía ni conmigo mismo”.
Fue la mala junta la que lo animó a probar cocaína la primera vez, tenía 19 años y ni siquiera tomaba alcohol. “Nadie me puso una pistola en la cabeza, pero esa probada y ya no puede salir solo, es muy difícil”, acotó.
Sostuvo que ese día fue la peor decisión que tomó porque arruinó su carrera de futbolista, algo que amaba e incluso tuvo la oportunidad de ir a jugar a River, pero no la aprovechó. Hubo un momento en que hasta para jugar tenía que estar bajo los efectos de la cocaína
“A un adicto siempre le va gustar la cocaína, soy sincero conmigo mismo. Hasta ahora que tengo casi diez meses limpio pienso en ese día que tomé esa decisión en ese pool. A veces me río nomás conmigo mismo y me digo ‘qué boludo que fui, que esto y aquello’”, compartió.
Devolver lo obtenido
Víctor quiere seguir en la casita por un tiempo más ayudando a los chicos de la misma manera que otros lo ayudaron a él. A diario los incentiva a hablar de lo que les pasa, a no guardarse nada. Ese ejercicio lo ayudó mucho y pudo llenar un cuaderno entero con las cosas que le pasaban.
“Le digo a los chicos que escriban o que al menos compartan lo que le pasa cada día para que por lo menos no lleven ese peso. Antes estábamos destruidos, nunca tomábamos una decisión, siempre íbamos a hacerlo y nunca pensábamos en la consecuencia, en lo que venía después. Sin consumo creo que nadie es corajudo”, agregó.
Víctor no tiene muy en claro aún lo que quiere aún, pero está pensando en su proyecto de vida y sabe que ahora es el arquitecto de su futuro. Terminar su quinto año de secundaria, conseguir trabajo y poder ayudar a su primo que está en consumo son algunos de sus planes.
“Me iba atrás de la droga, nunca me preocupé si mi hija comía”

La vida no se le presentó sencilla. Su padrastro violento que molía a palos a su mamá, sus hermanos y a él, lo obligó a salir a trabajar desde los 9 años para merecer un plato de comida. No sabe leer ni escribir, en la escuela estuvo de paso; creció en un ambiente de vulnerabilidad.
La calle se convirtió en su casa, el refugio lejos del monstruo. Pero allá afuera otro lo estaba esperando. “De ahí empecé a andar con la gente grande tomando, tirado por ahí porque no tenía nadie y que me diga ‘che, Ale, tenés que ir al colegio, es mejor para vos, esta vida no es’”, contó Alejandro Florentín (23), quien también está por segunda vez en la casita tras una recaída.
Cigarrillos consumió desde siempre, a los 8 probó el porro pero no le gustó y se pasó a las pastillas. “Me perdía, me mandaba cagadas nomás, dejé la pastilla y empecé con la cocaína a los 13 años”, enumeró su derrotero.
Pero fue la pipa la que lo mandó al abismo y le hizo perder todo. Ale tiene dos hijos, una nena de 4 años y un nene de siete meses, a los que no ve pero extraña; un sentimiento que conoció estando sobrio porque antes no le importaba nada de nadie.
Un año con el crack le bastó para el deterioro físico y mental. Vendió todo: su casa, su caballo, cosas que no eran suyas también. Y tal como le advirtió la madre de su primera hija, lo perdió todo y se quedó sólo. “Un año estuve con la pipa, mal, mal, tirado por la calle, revisando la basura para comer. Estaba por desaparecer de flaco, perdí la confianza de todos”.
La probó por primera vez cuando llevó a su hermano a trabajar con él, le dijo que la pipa no hacía nada, que pruebe tranquilo. “Fumé una seca y me atrapó. Siempre te dicen que no te hace nada, pero el primer paso que das en falso ya estás adentro”, advirtió.
Las noches en que la droga se le aparece en sueños y lo seduce de nuevo, se traducen en días difíciles, esos en los que quiere armar la mochila e irse. Porque parece que la lucha contra la adicción se da únicamente despiertos, pero al cerrar los ojos también le tiende sus trampas. Así de fuerte es.
“Todos los días lo estoy peleando, cuesta, pero lo que cuesta vale. De que se puede salir esto, se puede, si uno está enfocado. Yo quiero salir de esto, quiero terminar mi proceso, quiero ayudar al hogar como me ayudó a mí a devolverme la vida, a devolverme la sonrisa”, dijo.
Hablar, hablar y hablar
El adicto no habla de lo que le pasa, se encierra, se aísla. Otro postulado que surge de la charla con los adictos en recuperación. Por eso, como lo recalcan todos, hablar es una herramienta valiosa para sanar. Eso les enseñan en ese lugar, a afrontar el mundo y los problemas sin caer de nuevo en la droga.
“Allá fuera cuando estemos con nuestra familia nos va a pasar también y fijate si vamos a meter la pata de vuelta. Las ganas de consumir siempre vamos a tener porque somos adictos, pero tratar de tener esa herramienta para el día de mañana cuando estemos ya afuera y nos vengan esas gana consumir, saber cómo trabajarlo”, compartió.
Ale sabe que todo lo que absorba del hogar y de sus compañeros podrá aplicarlo afuera. En su barrio hay muchos pibes que andan perdidos, él desea poder ayudarlos a salir.
“Quiero poder vencer ya esto, tener el trabajo digno, estar lúcido para toda la vida porque era feo estar drogado porque perdí todo. Yo no disfrutaba nada, ni mi hija, no me importaba, en lugar de mi familia me iba atrás de la droga. Nunca me preocupé si mi hija comía, le toqué las cosas a ella para vender y drogarme”, reconoció.
Quiere ser el camino seguro para sus hijos, eso que de pequeño él no tuvo, “si el día de mañana quieren tomar ese camino estar para decirles que no es por ese lado, que yo ya estuve ahí y la pasé re mal”.
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