La organización de las estancias correntinas en el siglo XIX

Domingo 26 de julio de 2020
Por Alfredo Poenitz

Por Alfredo Poenitz Historiador

Los campos correntinos, si bien distaban de la fertilidad de los de la pampa bonaerense, eran superiores a los paraguayos para el mantenimiento del ganado, ya que estos últimos se agotaban con rapidez y el clima aplastaba a los animales sin favorecer su incremento. Ello permitió que Corrientes actuara, desde los tiempos del poblamiento del territorio rioplatense, como abastecedora permanente del Paraguay con remesas de ganado en pie.

Respecto a las actividades de lucro que éstas ofrecían, las inversiones, por lo general iban destinadas mayormente a la adquisición de la tierra y a la compra del ganado necesario para poblarlo. Las instalaciones para el manejo de la explotación eran sencillas y constituían una proporción baja respecto a la inversión total.

La cría de animales no se reducía a los vacunos, sino que incluía equinos, mulares y ovinos. Se criaban bueyes para la tracción y la molienda; caballos útiles y mansos para las tareas del campo; abundante yeguada y potros para amansar; en algunos casos se practicaba la cría de mulas y casi nunca faltaba una majada de ovejas.

La construcción más importante era la del casco de la estancia, lugar de residencia del propietario o el administrador. En general para su edificación se elegía un lugar elevado para tener una vista más amplia, librarse de las inundaciones y evitar la molestia de insectos. La vivienda se componía de tres cuerpos. Uno para la vivienda del dueño o del administrador, otro servía de cocina y alojamiento del personal y un tercero cumplía las funciones de depósito de los productos del establecimiento.

Los corrales constituían un elemento indispensable al edificar un establecimiento ganadero. El mayor se utilizaba para el ganado vacuno y otros corrales menores para caballos y ovinos.

Las estancias más importantes contaban también con puestos donde residían familias de peones encargados de vigilar los animales.

Como elementos constructivos se utilizaban los materiales que podían encontrarse en la zona. Las paredes de adobe y las maderas para la edificación se extraían de las islas boscosas tan comunes en la provincia. Los troncos ahuecados de las palmeras se utilizaban como tejas para el techado de las construcciones y la construcción de cercos. Otro material muy usado en las construcciones, la paja, se hallaba en abundancia en las zonas anegadizas, como así las cañas para el armazón de los ranchos.

El mobiliario era muy modesto aún en las estancias más poderosas. Se reducía a algunas mesas y unos pocos bancos y sillas. Esto se puede observar en los muchos inventarios que se conservan en el Archivo General de la Provincia de Corrientes. Herramientas de todo tipo y algunas carretas completaban el ajuar del establecimiento.

Los fondos para la adquisición de tierras y la edificación de los establecimientos provenían de capitales privados. Recién en 1860 el Estado correntino estableció un banco que funcionó muy precariamente hasta 1864. Los préstamos, entonces, venían por lo general de acaudalados comerciantes de la ciudad capital. Otra forma de crédito era la “habilitación”, por la cual un comerciante adelantaba dinero a cambio de anticipos con ganados, cueros, etcétera.

Contrariamente a lo que se ha difundido en la historia social regional, la mayoría de los propietarios residían en sus propiedades. Sólo los grandes estancieros, que atendían una variedad de negocios y a veces participaban en la vida política vivían en la capital provincial o en Goya, la segunda ciudad en importancia en la provincia. Sus estancias en esos casos eran administradas por mayordomos.

En relación a las actividades, la más importante era la de mantener el ganado en los límites de la estancia, ante la ausencia de alambrados y cercos. Para ello acostumbraban a la hacienda a reunirse en un punto determinado, a la que se la vigilaba desde puntos sobresalientes.

Esta actividad se incrementaba en la época de yerras y castración del ganado, generalmente en el otoño. El viajero francés, Alcides D’Orbigny, quien ha dejado memorias incomparables en su paso por estas tierras a mediados del siglo XIX advertía que “…presidir el recuento de los animales y lucirse en la marca de novillos y terneras es una de las grandes diversiones de los habitantes del país, que los atrae por lo general sin salario, por el solo placer de utilizar un lazo y demostrar su habilidad en ese ejercicio, pese a los riesgos que se puedan correr…”

Otras tareas consistían en la doma de potros, preparación del cuero y el sebo, cura de los animales infectados, formación de tropas de ganado destinado a la venta, esquila de ovejas, etcétera.

Por lo general el desempeño de las tareas en las estancias estaba a cargo de los integrantes de un grupo familiar y de algunos peones contratados para la época de yerra. Los esclavos dejaron de ser fuente de trabajo no más allá de 1820.

El salario de capataces, mayordomos y peones podía cobrarse en metálico y en especie, pero también frecuentemente se pactaba el pago en cabezas de ganado. Con el tiempo estos empleados rurales formaron sus propios establecimientos.

Esta actividad económica, acentuada en el siglo XIX, imprimió de un sello cultural a Corrientes que aún se conserva en los tiempos modernos.

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