Zancos

Domingo 7 de junio de 2020 | 06:30hs.

Por Isidoro Lewicky Escritor

En mi pueblo es común una adivinanza que circula entre los chicos. Uno pregunta al otro: ¿Cual es el santo más alto?, y al no obtener respuesta le dice lo más campante: zan-cos.
Pocos saben el origen de esta adivinanza. Aquí se sabrá.
El era un petiso no asumido, como se dice ahora o hasta hace muy poco cuando no necesariamente teníamos que ser políticamente correctos.

Siempre mirar hacia arriba, a sus hermanitos de chico, a sus amigos actuales, a sus padres, a su jefe, a su novia, que también era más alta.
Solía recostarse en el patio y miraba las nubes, las aves y los aviones, la cara sonriente de la luna. Siempre arriba, lo alto era su obsesión, la razón de su existencia.
El día que festejaron los quince años, recibió un regalo que le cambió la vida. Su tío Leandro le regaló un par de zancos.
Al principio fue el miedo, el temor a caminar, a perder el equilibrio. Pero pudo más su espantosa necesidad de altura. Pronto los zancos dejaron de ser un añadido. Ni siquiera una prótesis. Integraron su cuerpo. Nunca se los sacó, ni aun para dormir.
Comía de parado, recostándose en ese árbol del patio que nació ya inclinado, como si supiese dentro de su inconsciente vegetal que un día serviría para contener a Zan-cos, que ya fue llamado así
Llegó en la ciudad a ser una figura tan popular como el perro Fernando en Resistencia.
En eso llegó a la ciudad el monumental Circo de España. Trapecistas, equilibristas, magos y malabaristas, los temibles tigres de Malasia, los payasos Pin y Chame y cómo no iban a faltar los enanos. También un hombre con zancos enfundado en ropas multicolores con una extraña cara alargada como las de Modigliani, desde donde sobresalía una inmensa nariz, amén de unos ojos tan saltones que pedían a gritos rajar de sus órbitas. Tal personaje oficiaba también de acomodador.
La gente no paraba en admirar su donaire al caminar. Pero nosotros teníamos a Zan-cos, algo admirable y difícil de reemplazar.
Su existencia llegó a oídos del gallego, propietario del circo, a quien la competencia de nuestro amigo no le hizo ninguna gracia. Llegó a la maquiavélica conclusión de que lo mejor era aliarse con su enemigo. Resolvió enviar a uno de su gente a conectarse con el zancudo a fin de convencerlo, jugoso contrato de por medio a unirse a la troupe.
Zan-cos no vaciló en negarse. Su zancudez era él. Parodiando a Ortega se definía como él y su zancudez. No se prostituiría. El emisario volvió al circo, pero el gallego no se dio por vencido. Porque, así como su zancudez era tan vital para nuestro amigo, así lo era el dinero para el propietario del circo. En ese tema no se andaba con chiquitas, ni jilipolllas, ¡joder!
Así las cosas encomendó a Brinco, un simpático enano, la delictiva tarea de patear a Zan-cos en momentos del cruce de alguna calle transitada. Los automóviles completarían la sucia tarea.
Brinco solo comprendió a medias su misión. Los enanos suelen comprender el significado literal de los mensajes, pero a menudo se les escapa el sentido de los mismos. Eso sí, tenía muy en claro que había que localizar a Zan-cos entre la gente mientras cruzase la calle y luego disparar ...
Así lo hizo. Un día lo reconoció, y rápido como un rayo y escurridizo, en esa hora en que la gente vuelve de sus trabajos, lo tacleó, dejándolo a merced de un colectivo.
Pero Zan-cos era un ser angelical y el Creador aún no lo quería consigo. Lo internaron en el Madariaga, con fracturas múltiples y pronóstico reservado.
En tanto, en el circo todo seguía viento en popa. Así es la vida. La tragedia de unos es la felicidad de otros. Qué se va a hacer.
EI único que no compartía la alegría del gallego era Brinco. Un rayo de luz se filtraba en su entendimiento y algo con sabor a culpa comenzó a tomar forma en su mente. Pero él luchaba contra ese sentimiento y se decía obsesivamente “mandado no es culpado”. Tal sentimiento culpógeno lo visitaba sobre todo de noche, cuando a pesar del cansancio del ajetrear de todo el día, tumbado boca arriba revivía el episodio del tacle y amanecía más cansado que al acostarse, con inmensas ojeras que sólo el maquillaje podía disimular.
El jueves no había función. Ese día la familia circense tomaba por asalto la ciudad. Sólo dos personas y los animales permanecieron en el circo. Una el dueño, ajeno a todo y a todos, inclinado sobre un cuaderno, hacía números. EI otro era Brinco.
Si alguien, volando como un pájaro, observara al circo, lo vería como un gigantesco paraguas verde con pequeños carromatos esparcidos por el inmenso terreno. Si nuestro imaginario Ícaro enfocara mejor su vista observaría algo así como un pequeño animalito, portando una regadera tan inmensa como el, humedeciendo todo el contorno de la descomunal carpa.
Las primeras sombras de la noche visitaban al Hospital Madariaga. EI mismo era, ahora no tanto, un bellísimo edificio de estilo francés. Entre pabellón y pabellón inmensos espacios verdes hacían de pulmón, y caminitos surcados de flores permitían interconectar los pabellones. Bellos árboles ofrecían su sombra a los convalecientes y parientes que los días de visita concurrían a verlos. Desde los amplios ventanales de los pabellones se podía acceder al río y en días muy claros a la orilla de enfrente. Introduciéndose en un asmático ascensor de puertas enrejadas se accedía hasta el penúltimo piso. Pero mirando a la derecha hay una escalera que conduce al visitante hacia la losa, cubierto por un techo muy alto, lo que ornaba un espacio amplio, oscuro y lóbrego, solo iluminado por ventanas desde donde se domina gran parte de la ciudad. Palomas y murciélagos eran sus inquilinos, amén de arañas y otras delicias de la naturaleza.
Ese jueves, Zan-cos estaba triste. No quería esperar hasta e1 domingo, en que lo visitaban el tío Leandro y los demás muchachos. Tomó las muletas, y desobedeciendo los consejos médicos de no hacer grandes caminatas, se encaminó al pabellón central, donde funcionaba el ascensor. Oprimió el botón con el codo y salió en el último piso. Quiso explorar aún más. Renacían sus ansias de llegar a lo alto, de explorar el infinito. Divisó la escalera y fatigosamente llegó a la buhardilla recién narrada.
Casi la historia termina aquí, pues un murciélago tocó su cara y por poco lo hace caer de susto.
Muleteando se acercó a una ventana. Miró al cielo negro y tachonado de estrellas, como diría un poeta. Sin embargo, algo muy concreto definió la escena. Fue un resplandor que nacía bastante lejos, por detrás de los edificios que silueteaban oscuramente. Unas llamas apuntaban al cielo como si lo quisieran lamer. Sus ojos extasiados reflejaban el brillo de lo que veía.
Al día siguiente la gente se enteró por el diario del incendio del circo.
Las pérdidas materiales fueron totales. Solo hubo que lamentar la muerte del dueño y de uno de los enanitos.

El relato es parte de Botones y Moños. Lewicki es autor de Lo que mata es la Humedad, De dónde vienen los golpes y figura en la Colección de Cuentos de Autores de la Región Guaraní, de El territorio.

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