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Una familia para Navidad

domingo 31 de diciembre de 2023 | 3:50hs.
Una familia para Navidad

Estaba sentado acurrucado en el piso de la galería de aquel frío juzgado. Un niño con los ojos cafés más grandes que había visto, tan indefenso y temeroso sentadito y abrazando las rodillas contra su flaco pecho asustado.

- ¡Tomás! ¡¡Es aquí!! - grita una niña con vestido y moño desatado, de pelos alborotados por correr por esos pasillos… -¡¡Es acá, ven que ya llegaron!! -dijo extendiendo la mano hacia la del niño que apenas atinaba a levantarse del piso.

Se acercaron hacia la puerta que con todas las ansias señalaba la pequeña Natalia, y desde allí se oye una voz de mujer, llamándolos.

Al llegar allí, los recibe una señorita muy bonita, con su pollera hasta la rodilla, y su cabello bien peinado, unos zapatos de tacos altos, tan bonitos que la pequeña Natalia se quedó mirándolos muy curiosa, imaginándose estar ella sobre esos tacos tan altos.

Luego de que los hicieran pasar, los sentaran en un cómodo sillón, llega una señora mayor, que podía ser para ellos su abuela (aunque no la conocían, pero tuvieron un inmediato sentimiento de seguridad para con ella). Se acercó y se sentó frente a ellos, pidió que se acerquen los allí presentes, y comenzó la audiencia.

Resultaba ser que la señora que parecía abuela, era en realidad la jueza, y la señorita tan bonita que los llevó hacia el sillón era la psicóloga de aquel juzgado. Les explicaron a los hermanos Tomas y Natalia, que estarían juntos por el momento, y que tal vez no consigan una familia para los dos. De repente todo ese aroma dulce de aquel lugar, toda esa radiante luz que entraba por la ventana y tanta parafernaria y alegría se acabó por hundir en un pegajoso y tormentoso desierto de amor, de emoción.

Se pusieron a llorar porque entendían inmediatamente que lo que les esperaba era separarse.

-No me quiero ir!! ¡¡Quiero estar toda mi vida con mi hermano!! -lloró la pequeña Natalia.

-No deje que nos separen!! -replicó Tomas.

De pronto, la niña tomó la mano de su hermano y le dijo: -Vamos a pedirle a Papá Noel una mamá para navidad.

Estaban en búsqueda de una familia para ellos desde hacía meses.

Fueron derivados a un hogar de niños donde fueron víctima de un ataque de violencia de un niño que estaba allí alojado, y le había pegado tanto a Tomás que lo terminaron internando y transfiriéndolo a otro hogar.

Venían los niños de haberse separado en esa ocasión y durante un par de meses, hasta que una familia los había pedido adoptar. A los dos.

¡Tan felices habían estado los pequeños hermanos cuando fueron anoticiados que una pareja los llevaría a su casa! Lo mejor para ellos, había sido que iban a estar juntos. “para toda la vida” como decía repetitivamente la pequeña Natalia.

Pero no, otro gran dolor tuvo que vivir con esa familia, ya que un accidente arrebató a la mujer, a la que había empezado a vincularse como madre adoptiva… lo que derivó que el papa adoptivo, haya desistido de la adopción de los hermanitos, y allí estaban, devueltos como mascotas, como si fueran un lastre que nadie podría ni quisiera tomar.

Ambos habían sufrido mucho este año… desde que su madre fuera internada por delirios los que la hacían dañar físicamente a sus pequeños, en el inicio de este año para el olvido…

Esquizofrénica decían. Y ellos la seguían recordando como “mama”.

Papá nunca tuvieron, nunca lo conocieron, no supieron de él. “esquizofrénica” decía que era la culpa de su enfermedad que “papá” se había ido, no había podido quedarse a cuidar a sus hijos… ellos solían hablar de “esquizofrénica” como “mamá” pero a medida que avanzaban los días, semanas, meses… a medida que la vida los hacía vivir tantas otras cosas, la cara de mamá se les iba desdibujando, y como era tan peligroso que la vieran, estaban allí, varados en un limbo judicial. Sin familia, sin conocidos ni adultos que se pudieran hacer cargo de ellos… en busca de familia, en busca de un nuevo papá y de una nueva mamá.

Luego que le dieron las terribles noticias, de que los tendrían que separar, porque había familias que podrían recibir un niño, pero no dos. Una niña, pero no dos. En fin… habían una pila de carpetas de personas que quisieran adoptarlos, pero separadamente. A uno una familia, a otro otra familia. Perderían así hasta ese ultimo lazo de amor, de sangre, de unión que aún tenían los pequeños.

Un lagrimón en la mejilla de un adulto, luego tristes miradas en los ojos de los demás… la jueza les habló de cosas que ni Tomás ni Natalia escuchaban… solo sonaba en sus cabecitas “separados”.

De pronto una interrupción en la habitación, se abrió la puerta de repente, y entró un muchacho joven con el teléfono en la mano, acelerado, extasiado, dice bajito hacia la jueza: - Su Señoría! ¡Tengo una llamada urgente para usted!

Pidiendo disculpas se levanta, se aleja y cierra la puerta. Toma el teléfono y responde: - Buen día, Soy la Jueza del Juzgado de Familia. ¿Quién habla?

Luego unos monosílabos que hacían que el aire logre cortarse de espeso que estaba… mmmmm sí pero, no, no no, si sí sí …  mmm déjeme ver… tecleaba la computadora, se acomodó los lentes, y se volvió hacia los allí presentes, aun sentados en los sillones del costado del escritorio.

-Pueden llevar a los niños a la sala? Ya estaré con ustedes. Disculpen.

Luego de este momento, los llevan a un espacio con juegos para niños, mesas con rompecabezas, muñecos en los rincones, adornos infantiles… un árbol de navidad muy bien armado en la esquina contra la ventana, y un pesebre sin hijo, sin niño dios, porque como se sabe, el bebé en el pesebre se coloca en la navidad… se acerca al pesebre la pequeña Natalia, de apenas cinco años, se agacha en cuclillas y se queda viendo el pesebre, luego toma la imagen de san José y de mamá María, y corre hacia la psicóloga, le dice: ellos no tienen bebé, pueden llevarnos a nosotros!!!

Los adultos allí presentes sentían mucha pena, pero no podían hacer nada por ella en esos momentos más que acompañarla, y a ambos niños menores de diez años abrazarlos, escucharlos, y tratar de conseguirles una familia o un sitio hogar de tránsito, un hogar de menores, un espacio con adultos que los contengan como debe ser, pero Juntos Para Toda la Vida, como decía siempre Natalia.

Estaban aún allí acomodándose en el sitio para niños del juzgado, cuando se abre la puerta, y entran la jueza y el hombre joven que le llevó el teléfono.

- Tengo noticias. -Dijo. se sentó en una de las sillas y les hizo un ademán para que se acerquen los niños. -Vengan acá, siéntense conmigo, tenemos que hablar. -dijo con voz cálida y hasta amistosa.

Se acercaron los niños, y acomodaron las sillas en ronda los demás que allí estaban: la psicóloga con sus tacos altos, el joven del teléfono, la otra señora que los atendía siempre y no sabían que cargo ocupaba, pero siempre estaba cuando iban a las audiencias… la jueza, y los menores: Tomás y Natalia.

Tomas callado, con mirada grande como queriendo grabarse cada detalle de cada espacio, con su bermuda a cuadros, ya un poco sucia por estar sentado en el suelo casi todo el tiempo, con sus manitos frías y su cuello flaco asomando de una remera finita de color gris. Se acercó a la ronda de sillas alrededor de la mesa redonda, y puso una silla bien cerca suya para su hermanita, le dijo: - Siéntate acá conmigo. -Y así hizo la pequeña Natalia, que para ese momento ya tenía su moño a medio caer, y el fleco le caía sobre su carita vivaracha. Sus ojitos miel llenos de luz, sus manitos gorditas que aún atajaban las figuras de madera del pesebre, su vestido desacomodado por andar corriendo como toda niña infante, inocente y dulce palomita…

- Voy a poner a mamá María y a papá José en la mesa, para que escuchen. - dijo poniéndolos sobre la mesa paraditos y “viendo” a la jueza.

Ella los miró, sonrió descredita de lo que significaba eso, alejada de toda fe navideña, pero con ternura por la conducta de la pequeña de pedirles una familia para navidad.

Se miraron como sabiendo lo que diría la jueza, pero nadie explicaba nada aún. De pronto Tomás siendo el más callado de todos, se pone serio y con vos firme le dice a la jueza: - Mi hermana y yo queremos una familia para navidad. Yo ya se como funciona esto del Papá Noel, y todo eso, y se bien que no me va a poder dar una familia para navidad. Por eso vinimos. Porque mi hermana y yo, queremos pedirle a Usted que nos dé una familia. No importa si son ricos o pobres, si tengo que caminar mucho para ir a la escuela yo no me quejo. Ya se vestirme, bañarme, ordenar mi cama, se lavar los platos y aprendí a preparar arroz, huevos y mate cosido. Yo ya soy un niño grande. Pero usted nos tiene que dar una familia para navidad a mi hermanita y a mí. Porque no puedo cuidarla yo solo.

- Yo también ya soy grande -dijo Natalia separando sus mechones de sus cachetes -yo también ya me baño sola, y aprendí a atar mi propia zapatilla.

Todos los veían con amor, con ternura, eran un par de hermanitos realmente unidos, muy afectuosos, muy educados, a pesar de haber sufrido tanto este ultimo par de años… era muy duro para ellos todo, desde la enfermedad de su madre, hasta el presente, tuvieron que pasar muchas cosas, y eso les hacía madurar de una forma asombrosametne trágica.

La jueza la toma de la mano a pequeña Natalia, y le dice con ternura: - sí, yo se que ya sos grande, pero necesitas el cuidado de una persona mayor para que te cuide, te eduque, te lleve al doctor cuando estes enferma… aún sos muy chiquita para muchas cosas.

Lo mira a Tomás y le dice tomándole la mano sin soltar la otra mano de la manito de Natalia: - Sé que sos un muchachito muy responsable, buen alumno y me contaron que te sabes atender muy bien. Pero aún sos muy chico para muchas cosas, y como tu hermana necesitas una persona que se haga cargo de las cosas que aún no podes.

Soltó las manos de los pequeños, se acomodó los lentes que le quedaban apoyados en la punta de la nariz, y dijo con voz firme y segura, feliz del cometido porque era para ella un triunfo también. – Chicos, esta misma tarde estarán con una familia, los dos juntos.

-Juntos para Toda La Vida!!! -exclamó Natalia. Abrazando al hermano que se soltó a llorar como no había llorado hacía mucho tiempo.

- Porque lloras si tenemos una familia? -preguntó Natalia muy intrigada

- Estoy feliz, no sé porque lloro. -dijo Tomás secándose la carita.

Se abrazaron y luego los adultos que estaban allí, también los cobijaron en un abrazo grupal. Siguió la explicación de la jueza, contándoles que era un matrimonio que no tenía hijos, que estaban viajando en búsqueda de pedirlos a los dos. Llevarían a los dos niños a su casa. Y esta misma tarde estarían con ellos, porque le habían avisado que ya se subieron al avión que los traía. Para un par de horas, ese mismo día llegar al Juzgado y firmar los permisos que le darían para ser “familia”.

Los hermanitos Tomás y Natalia, en la víspera de las fiestas de navidad, recibían el milagro que tanto soñaron, cuando ya nadie creía posible, apareció la salida: UNA FAMILIA PARA LA NAVIDAD… Y PARA TODA LA VIDA.

 

Aideé Jéssica Martini

La autora es abogada, vive en Puerto Rico. ha publicado la novela Estampida de Emociones y participó en las antologías "los jóvenes cuentan" 2004 y 2005.

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