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Aplicaciones peligrosas

domingo 14 de mayo de 2023 | 5:52hs.
Aplicaciones peligrosas

Cuando Enrique Vallejos llegó a su trabajo, a nadie llamó la atención que lo haya hecho una hora más tarde. Era uno de los gerentes y como tal, con seguridad se había estado ocupando de temas que tenían que ver con la marcha de la empresa y la incorporación de los nuevos equipos y software para diseño que recientemente se adquirieron para estar a la vanguardia en el mercado.

Saludó como siempre al grupo de empleados administrativos del sector y se encerró en la oficina.

Apenas cinco minutos después abrió la puerta y con tono enérgico preguntó quién dejó un sobre sobre su escritorio.

Los empleados alzaron la cabeza y se miraron sorprendidos. Nadie había visto nada.

Luego de preguntar por quién había llegado primero, la llamó a la oficina y la interpeló sobre todos los movimientos ocurridos desde el momento en que llegó.

Muy nerviosa, Silvia le comentó de la presencia de la persona que todos los días hacía la limpieza y le sugirió que observarse las cámaras del lugar.

Enrique Vallejos llamó a mesa de entrada y ante el desconocimiento del hecho por parte de la encargada, solicitó ver las cámaras instaladas frente a la oficina, acción por la que debía esperar debido a que el técnico llegaba cerca del mediodía.

Al regresar a su lugar de trabajo, tomó el sobre y volvió a mirar la foto y la frase que contenía. Ver a su esposa en los brazos de un desconocido le daba repulsión. Todo su mundo se derrumbaba y su corazón latía desordenadamente.

"Te lo mereces", decía el papel recortado con la mano que acompañaba la foto.

Puso la cabeza entre sus manos y se derrumbó sobre el escritorio sin saber qué hacer. Sentía mucha bronca por la traición de su esposa, la amaba profundamente.

En esa posición lo sorprendió Raúl, el responsable de la limpieza, quien luego de dar unos golpecitos en la puerta entró a la oficina.

- Sí, Señor, yo puse el sobre su escritorio. Apenas abrí la puerta estaba en el suelo, como si alguien lo hubiese deslizado por debajo de ella. Aquí estaba - y agachándose le mostró el lugar exacto donde encontró el sobre.

No tuvo ánimo para preguntarle más, en definitiva, las cámaras podrían darle las informaciones que necesitaba. Canceló todas las reuniones que tenía y se quedó encerrado en la oficina. No quería regresar a su casa.

Guardó la foto en la caja fuerte y esperó ansioso la venida del técnico. Cerca del mediodía lo llamaron para observar las cámaras. La pantalla mostraba lo filmado por la cámara que daba hacia la puerta de su oficina. Todo era calma por lo que aceleraron el paso de las imágenes hasta que apareció la figura inconfundible de una mujer, casi una hora antes que llegara el personal de la oficina.

Abrigo negro y un gran sombrero que cubría su rostro del alcance de la cámara.

Entró sigilosamente, se agachó frente a la puerta e introdujo el sobre. Inmediatamente salió, siempre escondiendo su cara debajo del ala del sombrero, dando la impresión que sabía muy bien la ubicación de la cámara.

Ni el técnico ni él la pudieron identificar. Le pidió que extrajera algunas fotos y las imprimiera.

No quiso volver a su casa por lo que mandó un escueto mensaje a su esposa que almorzaría algo ligero y seguiría trabajando. En realidad se quedó estudiando las fotos de la mujer del vídeo.

No encontraba un solo detalle que la identificara, solo preguntas que le venían a la mente... ¿Cómo entró?, ¿Nadie la registró al ingresar?, ¿Había empleados que ingresaban más temprano?

Todas esas preguntas las hizo a los responsables de la mesa de entrada. Nadie había advertido la presencia de la misteriosa mujer. Cada vez estaba más intrigado, algo no le cerraba.

Un pensamiento lo asaltó de repente…  ¿y si ahora que le avisó a su esposa que no iba a almorzar, ésta aprovechaba el momento para encontrarse con su amante?

Se decidió a ir con la excusa de que olvidó algo y por las dudas llevó el arma que tenía en la oficina. Tomó el maletín y salió. Al pasar por mesa de entrada, el encargado lo llamó para decirle que revisaron minuciosamente los vídeos y constataron que no había ingresado nadie con las características dadas, salvo el personal de limpieza que lo hizo un rato antes de las siete de la mañana y eran todos hombres.

Pensó en hacer una reunión con los gerentes de las demás áreas pero luego desistió, no quería que luego se le burlaran por la traición de su esposa.

Salió hacia el garaje de la empresa dónde tenía estacionado el auto. Arrancó, pero algo le llamó la atención del gran contenedor de residuos que estaba a unos metros de su vehículo.

Bajó y se acercó hasta él. Era una manga de una prenda que sobresalía entre la tapa y el contenedor. Lo abrió y reconoció inmediatamente el abrigo de la mujer del vídeo. Más abajo el sombrero. Los cargó en el baúl y con más dudas que antes inició el camino a su departamento.

Me dijiste que no vendrías - le espetó su esposa apenas abrió la puerta, - no he preparado nada para esperarte.

Le convenció que se olvidó unos papeles que necesitaba para el trabajo y apenas los encontrase, se iría. Ella lo abrazó y lo besó.

- Te extrañé. ¡Quería que vinieras, quédate!

- Imposible, hoy debo entregar un informe urgente.  Te prometo que mañana me tomo el día y me quedo contigo.

Ella volvió a besarlo y lo dejo ir en busca de esos papeles.

Mientras Enrique "buscaba" sus papeles, miraba de reojo si algo le llamaba la atención sobre alguna presencia masculina en la casa.

Absolutamente nada, aparte le exasperaba la tranquilidad de su mujer. ¿Y si era una broma?

Se despidió de ella sin detectar nada que pudiera implicar una situación sospechosa.

Ya en la oficina, llamó a Silvia para que revisara la documentación que había llegado y la clasifique. Le agradó el perfume que usaba pero no le dijo nada, no estaba para galanteos.

Su cabeza le funcionaba a mil revoluciones tratando de encontrar una salida a la situación.

En el baúl del auto quedaron los papeles que había traído de su casa por lo que decidió buscarlos.

Apenas lo abrió, sintió el aroma de un perfume conocido. Tomó el abrigo, lo acercó a su nariz e inmediatamente pensó…  ¡Es el mismo de Silvia!

Puso el abrigo y el sombrero en una bolsa, de esas negras de consorcio que se deben tener en el auto y se dirigió a la oficina.

Luego de un rato en el que urdió su plan llamó a Silvia.

- ¡Ponte esto! - le ordenó, pasándole la bolsa. Apenas ella vio lo que había en ella se desplomó en la silla frente al escritorio y se puso a llorar.

- Fuiste tú - le dijo él. - ¿Por qué?

Ella levantó la mirada y en un tono suave le contestó:

- Porque lo amo, Señor.

- Y la foto, ¿de dónde la sacaste?

- A las dos fotos las creé con un software de inteligencia artificial instaladas en las nuevas computadoras.

Enrique se agarró la cabeza y le volvió a preguntar:

- ¿Dos fotos? ¿Cuál es la otra?

- Se la envié a su esposa.

Él se horrorizó más y acercándose a ella le volvió a preguntar:

- ¿Por qué no te registraron las cámaras?

No tuvo tiempo de contestar, la puerta se abrió violentamente. Era su esposa con una foto en la mano

- ¡Era verdad! ¡No tenés vergüenza de sacarte una foto con esta zorra ni de encontrarte con ella en tu oficina!  

Y sacando un arma de entre sus ropas los apuntó.

Esa tarde en la empresa se escucharon tres disparos. Al lado de los cuerpos, en medio del desastre, una foto en la que Enrique y Silvia posan con muy pocas ropas junto a una esquela cortada con los dedos que decía "Te lo mereces", quedaban como evidencias de un drama que nadie entendía.

Al día siguiente, los noticieros hablaban de la tremenda tragedia vivida en una empresa por la relación prohibida de dos empleados y una esposa engañada.

 

José Pereyra

Inédito. Pereyra es docente jubilado y reside en Virasoro, Corrientes. Es autor de los libros Ramos Generales: Mboyeré, editado en 2020 y “Cuentos y relatos que dejan huellas” – Editorial “Ediciones Misioneras” – Septiembre 2021

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