miércoles 07 de diciembre de 2022
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Krauchuk y el Yasí

domingo 02 de octubre de 2022 | 6:00hs.
Krauchuk y el Yasí

I

Los feriantes se instalaron como todos los domingos, al costado de la plaza, exponiendo sus productos traídos de sus chacras para la venta en la ciudad.

Divididos en puestos que eran atendidos por familias, me llamó la atención no haber visto a Krauchuk, a quien solía comprar, en su lugar habitual en el extremo de la cuadra. Así durante los siguientes fines de semanas. Luego me contaron que se había accidentado y que se estaba recuperando en un hospital de la capital.

Pasaron siete meses cuando lo volví a ver; estaba más delgado y le faltaba un brazo, pero desbordaba de felicidad.

Descubrí el motivo: en su nueva camioneta estaba su esposa con el bebé, un motivo suficiente para comenzar de nuevo. Luego me preguntó si tenía tiempo para un relato. Su breve, pero fantástica historia de supervivencia merecía ser contada, sacada de las penumbras de la selva en donde pareció condenado a terminar sus días.



II

El gringo Krauchuk se inclinó para recuperar el celular que se le había caído. Buscó a tientas en el piso de la camioneta mientras trataba de no perder de vista el camino.

Caía la tarde ese verano sobre la 101 y no quería detenerse.

Pensaba en la linda sorpresa que le daría a su esposa al llegar antes ese viernes y no el sábado, como le había dicho.

No lo encontraba. “Puede estar entre los pedales”, se dijo para sí mismo. Afuera las chicharras daban un espectacular concierto al unísono.

Ignacio Krauchuk tenía sobradas razones para estar contento. Había tenido un buen día de ventas ese viernes en Puerto Iguazú y regresaba eufórico a su chacra de Colonia Cabureí.

Diez hectáreas de cultivos. Las verduras y frutas como sandías y melones, además de mandioca y maíz preparadas para la venta en un puesto en la ciudad, pero lo más importante, su esposa estaba embarazada de nueve meses del esperado primer bebé.

¡Acá estás! —dijo, al sentir la forma rectangular del aparato. Se inclinó un poco más para agarrarlo. Levantó la vista en momentos en que el venado atravesaba espantado la ruta 101. El acto reflejo fue maniobrar hacia su derecha, sin tiempo de frenar, la camioneta dio un salto hacia adelante empujado por la potencia del motor, atravesó sin obstáculos la tupida y enmarañada pared vegetal, continuó unos quince metros, increíblemente sin colisionar con los árboles, se precipitó hacia un profundo barranco y se detuvo en el fondo de este con un sordo ruido de metales rotos.

Las chicharras enmudecieron y una bandada de tucanes que se alimentaban con las frutas de un viejo y enorme paraíso levantó vuelo, asustados por el ruido.

La selva se cerraba tras las huellas de la máquina, cual telón de una trágica obra teatral.



III

En el gringo convergían la sangre portuguesa, materna, y la polaca, paterna. La frente ancha y su nariz aguileña le daban un toque intelectual. Los ojos celestes le daban alegría a un rostro surcado de arrugas y la castigada piel naranja denotaba el trabajo bajo el fuerte sol misionero. El cabello corto y enrulado era herencia de su madre, y su contextura fuerte, de su padre.

La familia de agricultores proveniente del sur del Brasil se estableció en Colonia Andresito. Aprovechando la oportunidad de colonización que ofrecía el gobierno le sacaron provecho a la tierra ganada al monte.

Aquí nació Ignacio y fue el tercer hijo de cinco que tuvieron sus padres.

Todos con las mismas oportunidades de estudiar y progresar para alejarse de esa vida dura, sacrificada y tan especial de las chacras.

Todos, menos él, se fueron a la ciudad. Se sentía responsable por sus padres, pero por sobre todo tenía un apego a la tierra y no concebía otro lugar para vivir que no fuera ese. Dominaba como nadie los secretos de la agricultura. Los tiempos de lluvia y las sequías, a enriquecer la tierra para sacarle los mejores frutos cultivando las mejores semillas.

Conocía el monte y respetaba la vida de los animales, a pesar de que en su adolescencia tuvo incursiones de caza con su padre y tíos que venían de visita del Brasil. No compartía la idea de sacar la vida a un ser vivo por deporte. El simple hecho de disparar al animal salvaje lo mortificaba.

Cuando fallecieron sus padres tomó la decisión de usar sus ahorros para comprarse tierras, en Colonia Cabureí.

Formó su familia casándose con Adela Keler, la hija de su vecino, en quien vio a su alma gemela. Juntos construyeron el hogar y trabajaron la tierra abonada hacía cientos de años por la fértil selva subtropical.



IV

—Pero… Qué carajo. —El hombre balbuceó saliendo lentamente de la inconsciencia. Los relámpagos se sucedían a medida que abría los ojos. Intentó incorporarse y un terrible dolor le bajó desde el hombro hasta el brazo izquierdo que había quedado aprisionado, quebrado debajo del chasis—. ¡No! Por favor… Dios, por favor —gritó al darse cuenta de lo sucedido.

La camioneta estaba volcada sobre su costado en el lecho de un arroyo, con sus ruedas mirando al costado del barranco cubierto de enormes helechos y güembés que sobresalían entre las finas tacuaras formando una perfecta bóveda de lado a lado del cauce. Desde arriba podía verse el brazo del hombre que sobresalía grotescamente hacia afuera, como si indicara alguna imaginaria dirección.

Los rayos del sol se filtraban entre el follaje. Acariciaban las tupidas margaritas que crecían en cantidad, dándoles un tinte naranja y adornando la banquina del rojo camino en esa última hora de la tarde.

Otra bandada, esta vez de pilinchos, cruzó el cielo y se posó en un enorme laurel. Las chicharras continuaron con su coro y el yasí silbó en algún lugar del monte.

Adela Keler sintió al bebé moverse inquieto.

La mujer era de estatura mediana, su pelo de color castaño le caía en ondulaciones hasta la cintura. Su tez blanca no reflejaba el rigor del trabajo y sus ojos color café tenían la mirada melancólica de las que esperan.

Acariciando su vientre se acercó a la enorme ventana de la sala. Observó la chacra recién arada. Una suave brisa le trajo el aroma a tierra revuelta. Donde culminaba el arado se levantaba el paredón verde del monte matizado con manchones oscuros allí donde el sol ya no iluminaba.

El monte nunca fue un misterio para ella. Sus recuerdos de la infancia eran de incursiones con sus hermanos a buscar frutas como el sabroso pacurí, de sabor agridulce, las mandarinas, que después de las heladas del invierno se tornan dulces al igual que las naranjas.

Conocía dónde crecían los yuyos medicinales como la carqueja, el icipó mil hombre o el cola de caballo, utilizados por sus padres para hacer infusiones, tomarlos con el mate o tereré.

Allí parada, con un vestido amarillo, hecho por su madre, vio el sol ocultarse detrás de los árboles y teñir de naranja el cielo. —Hermoso, lástima que Ignacio no esté —pensó. Mañana, sí. Una hora más tarde llegó la noche.



V

Atrapado en la destruida cabina el hombre sintió un gusto amargo en la boca y escupió sangre. Desesperado estiró el brazo y un crujido de huesos rotos acompañó a un nuevo grito que resonó en esa parte del monte.

Lentamente contrajo las piernas buscando un punto donde estribarse. El olor a gasoil inundó el lugar y un claro pensamiento de morir quemado lo llenó aún más de terror.

Volvió a estirar el brazo… otro alarido.

Observó, a través de la ventanilla destruida, a la enorme, pálida y majestuosa luna llena rodeada de estrellas brillantes cual finos diamantes colgados en la inmensidad.

El gringo había visto al venado hembra en varias ocasiones.

Solía estacionar su camioneta para contemplarla pastar los tiernos brotes de las caléndulas cargadas de rocío en el amanecer.

El animal se había acostumbrado a la presencia del hombre y raramente lo rehuía y en las últimas semanas notó que estaba preñada.

El vientre abultado y un andar cansino y pausado, no exentos de la habilidad de camuflarse y desaparecer delante de sus propios ojos, caracterizaban a la hembra. La observaba con admiración y respeto, y ella parecía corresponder manteniéndose tranquila ante su presencia. “Algo raro en los animales salvajes”, pensó Krauchuk.

Un enorme búho se posó en lo alto de la cañafístula. Era su puesto de observación. Desde allí tenía una panorámica hacia el barranco y más abajo, el arroyo, que formaba un pequeño remanso en esa parte de su recorrido.

Se sintió confundido al percibir el olor a gasoil en el aire. Levantó vuelo aleteando con fuerzas y se perdió en las penumbras.

Krauchuk comprendió que si no liberaba su brazo estaba condenado a morir allí. Tenía un hilo de sangre en la comisura de los labios y un agudo dolor en el pecho. Un pensamiento le vino a la mente. Desesperado y lleno de horror supo que era lo único que podía hacer y a tientas buscó el machete que siempre llevaba debajo del asiento.

Después de unos segundos, que a él le parecieron siglos, lo encontró.

Palpó el mango, suave y familiar. Lo levantó sobre su cara y el reflejo de la luna llena se dibujó en el filo del metal.

Se vio a sí mismo a la edad de cinco años observando a su padre afilar los machetes con la lima y luego asentarla con piedra esmeril. Nada se resistía a ese filo.

“Siempre tenés que tener afilado el machete”, le decía en ocasiones su padre, mientras le agitaba la rubia cabellera. El olor del tabaco picado, las manos ásperas y el cigarro entre los dientes, como adornando el gran bigote, eran recuerdos celosamente guardados en su memoria.

La fina cuerda de nailon que sujetaba las cajas de verduras colgaba a través de la destruida ventana trasera de la camioneta y al alcance de su mano. La estiró y cortó un tramo, lo suficiente para hacer un torniquete.

“Tengo que hacer un nudo unos centímetros arriba de la herida”, y de repente pensó en su madre.

La admiraba por muchas cosas, pero había algo en ella, una fuerza interior que transmitía a quienes la rodeaban. Dedicada a su familia compartía su tiempo con los hijos y el trabajo en la chacra. La recordaba con olor a lavanda, con el pelo castaño y largo, y sacando el pan casero del horno de barro. También le enseñó a curar sus heridas.

¿Estaba sintiendo esas mezclas de aromas? Todo le era irreal. Su mente lo estaba preparando para amortiguar el dolor y el miedo.

Con el brazo libre se anudó la cuerda por debajo de las axilas y a cuatro dedos del metal que lo había quebrado y aprisionado. Había decidido cortar entre los huesos partidos.

Allí solo estaban los músculos y la carne.

El gringo cerró los ojos y escuchó el murmullo del agua.

El yasí emitió nuevamente su embrujado silbido y el urutaú cantó su lamento al monte.

El agua se tiñó de rojo cuando el filo del machete terminó de cortar el brazo atrapado.



VI

Caminar… a pesar del dolor, caminar sintiendo las espinas rasgar la piel, caminar regando con sangre el lodo del arroyo que acompaña al gringo herido hacia la oscura bóveda vegetal. Caer y sentir el aroma del cieno. Caer y beber del agua que prolonga la vida. El tiempo se diluye y la noche se transforma en testigo de la agonía. Caer y… ¿para qué levantarse? ¿Para qué seguir prolongando esta testaruda marcha hacia la muerte?

La blanca luna se reflejó en los azules ojos del gringo. Nunca había visto una tan majestuosa. La luz se filtraba entre los claros que se formaban en el techo de la vegetación y caían en cascadas brillantes hacia la profundidad, diluyendo la oscuridad. Ahuyentando al dolor.

El yasí volvió a cantar en la espesura.

Sentado y de espaldas contra la pared del barranco el gringo levantó su único brazo y un haz de luz blanca, vívida, fantasmal, se posó sobre el machete que, ante sus ojos, se fue transformando en el brazo de un niño. Creyó estar al borde de la locura. De cuclillas, desnudo y de blanca piel que parecía irradiar energía, se vio a sí mismo, se vio a la edad de diez años con el pelo largo, en rulos hasta los hombros y flaco “como tacuara”, como le decía su padre. Pero había algo en sus ojos, era como si el tiempo hubiera anidado allí, carente de vida y humanidad. Detrás de las retinas se podía percibir el frío de la muerte y el calor de todos los soles del universo, pero también la sabiduría de los antiguos.

Antes de sumergirse en la oscuridad Krauchuk sintió una mano fría como el hielo en la cabeza.



VII

Veinte días más tarde Adela Keler dio a luz.

Luego de preparar al bebé el médico salió a dar las buena noticia a los familiares que esperaban afuera.

Recostado sobre su cama en la sala de internados el gringo vio entrar a su esposa en silla de ruedas trayendo al hijo tan esperado. Lo arropó con su único brazo mientras lloraba de alegría.

Los tres permanecieron juntos e inseparables mientras los relojes se detenían solo para ellos.

De regreso a su casa Krauchuk pidió a su primo que se detuviera unos minutos en el lugar del accidente. Una cinta de seguridad marcaba el lugar donde su camioneta descontrolada lo llevó al borde de la muerte. Su esposa lo aguardaba parada cerca del automóvil.

Los médicos no entendían cómo había sobrevivido. Después de cortarse el brazo, Krauchuk caminó y se arrastró por el monte toda la noche con tres costillas rotas, golpes internos y, prácticamente, desangrado.

Un productor lo encontró sentado e inconsciente contra un palo rosa al borde de la ruta mientras viajaba hacia Puerto Iguazú.

Adela se acercó, lo tomó de la mano y juntos regresaron al automóvil.

Al retomar la marcha el gringo observó a la distancia al venado hembra pastando y entre las flores lilas de las enredaderas que caían en racimos hasta el suelo, apareció su cría.

Su hijo comenzó a llorar y desde el monte les llegó el silbido del yasí.

Una sonrisa se dibujó en el demacrado rostro del gringo.

Javier Chamorro

*Yasí yateré o Fragmento de Luna es una leyenda guaraní del interior misionero y parte del Paraguay. El relato es parte de la obra Cicatrices del 2018. Chamorro vive en Puerto Iguazú. Tiene publicado además el libro La Colmena (2021).

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